sábado, 29 de septiembre de 2012

Cerrar los ojos


Miraba para arriba
como buscando algo,
queriendo seducir la vida
con ojos color cielo,
atrapando momentos
en fotos,
en poemas,
en un lienzo,
prendiendo linternas
en una noche desordenada.

Una paleta de colores
no alcanzaba
como no alcanzarían tampoco
las ganas de apurarse
sin antes ir despacio.

La sensibilidad se escucha,
no se mira
y menos a la distancia.

La sensibilidad se escucha:
en un caracol de mar,
en el eco de las grutas,
en el roce de párpados
al cerrar los ojos.

Colonia de tarde


En los granos de arena de la playa
atesoramos un instante de dicha.
En la puesta colonial de sol
del sacramento
y sus ruinas.
En el río…
que miramos y reímos.
Dos tardes, dos veces.
En tus senos que buscaré
mientras me dejes
tensos, morados
hacia el horizonte
durmiendo caricias.

En la puesta colonial del sol
del sacramento
y sus ruinas.
Dos tardes, dos veces,
dos noches,
dos vidas en noviembre
conteniendo la respiración,
flotando…
proponiendo no vivir más.
En esa tarde,
en ese instante..



martes, 18 de septiembre de 2012

Cae la tarde


La ví tan linda recostada sobre el pasto.

  

Cae la tarde otoña
en mi mirada
con sus hojas
de un amor dormido que se aleja
de glicinas, moradas, casi rojas
entre sábanas mojadas
que la acuestan.

Cae la tarde otoña
en mi mirada
sobre mi alma
con su sombra.

La deje ir…

tras el brillo de sus pasos
de luciérnaga.

Me deja.

Como hilo de nube en el crepúsculo,
como vuelo de blancas mariposas,
como pájaros detrás de los laurales
que se esconden y la hamacan con su canto.

Como prosa,

como rocío que roza las ramas
con su brisa
y la acaricia.

Despacio…

para no molestarla.

La miré.

Como si encontrara un pétalo de rosa
entre las hojas de un libro:

secas, mustias, ya borrosas
y las hojeara.

Allí estaba…
más linda que nunca.

Sonriendo…

con los ojos cerrados,
húmedos de lágrimas,
nublados.

Y pensé:

“A esa linda sonrisa
le falta una flor”.

La tarde ya se había ido.
Por suerte sin ella.

Suspiró.

Cerró el libro, llorando
y el pétalo de rosa ya no estaba.

Entre cortinados bordados
en la tarde triste
sobre Villa Elisa.

La dejó, como a mí.

De a poco.

De a poco
las viejas heridas convirtió en diamantes.

Me reflejé en ellos sobre el lago.
Por eso la seguí…

con el sol que quedaba
posado sobre el agua
todavía tibia de las termas
en el ocaso.

No sé porqué lloraba
y lloré por lo mismo.

Por melancolía,
por tristeza,
por qué sí.

Un llanto sin voz.

No le hice preguntas
y me fui acercando.

La tapé mirándola
con ojos de amor.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Carlos en la tumba



En tu rincón semejas
un niño que naciera
sin pies para la tierra,
sin ojos para el mar
y como las bestias
entre la noche ciega
sin día y sin crepúsculo
se cansan de esperar.

Victor Heredia


CARLOS EN LA TUMBA. Desespero.
Lo busco. No lo miro ni lo veo.
En los escombros del olvido,
en el desangrar de un vahido,
en el entierro.

Lo quiero.
Y no sé si se lo dije algún día.

Carlos en la tumba. De qué sirve.
Si no hablamos.
Tanto le dolía la vida que el cáncer se la quitó.
Anticipadamente.
Cobardemente le sacó la sangre a puñaladas
en un corralón con luz  y frente a mis ojos.

Por las noches un león lo perseguía
y de día lo mataba un tren sin frenos.
Sucedió varias veces.
Fue en sus sueños o en los míos.
Da lo mismo.

De chico se abrazaba a la pierna de su madre
mientras su padre lo negaba
antes que el gallo cantara tres veces.

Carlos en la tumba. Convulsiono.
Ya no sufre, ni pelea,
ni grita, ni golpea.
Ya no puede lastimarse ni lastimar.

Ni siquiera tiene que preocuparse
por ser feliz. Ni normal.
Que no fue.

Nunca nos conforman nuestros padres
y mucho menos nuestros hijos.
Pero podríamos haber sido más compañeros.
Excepto el ajedrez en la mesa hasta mis diez.
Que ya no está.

Sin embargo…
Alguna flor corrida por el viento queda.
Algunas nubes sopladas por Graciela.
Un perro ladra en una jaula,
atrapado, sin poder salir.
Esperando…
Solo.

Sufre.

Lloró por nosotros
al igual que su esposa,
a la que necesitó más
de lo que quiso
y fue mucho.

Su sombra nos saluda por la calle
con un clavel en la mano.
Camina, se diluye y corre.
Después se aleja y se pierde
para siempre.

Por desgracia…
Un pájaro de canto clásico se muere.
Un caballo de salto.
Tierra y cenizas. Humo.
Llanto.

Y una sonrisa flota
entre pétalos sin agua.
Se queda sin aire.
Se desangra, conmigo.
Y duerme una vez más.

¿Si hicimos lo mejor que pudimos?
Por qué nos sentimos culpables.

Santa Lucía


NACI VISCO. Como tantos, como algunos, que miramos como se inclina la vida a través de un ojo extraviado, o dos. Sin querer.
Nací visco…
Por un esfuerzo en el parto o una malformación de quién sabe qué cosa en la cabeza.
A esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí.
Porque ya estoy grande y ya llovieron muchas lágrimas en los anteojos como para ponerme a llorar en otro día nublado.
Hace poco más de cinco años me volví a operar de la vista.
- ¿Por qué? 
- Por capricho, por estética, por ese afán mío de sentir que el dolor que padecí alguna vez se repita cada tanto para decir la cicatriz que el cuerpo ya no muestra por las cirugías.
Estaba en la sala de espera del hospital. Cuando de pronto lo vi.
Su estrabismo era monstruoso. Nada que ver con el mío. Parecía que no tenía nariz, sus ojos se chocaban el uno con el otro, en el medio de la cara, como pidiendo ayuda.
Me miró…
(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hice)
Me miró y dijo:
- ¿Vos estás para la doctora González?
- Sí, pero pasá si querés.
-Yo estoy esperando que me llame la Dra. Laiserowitch. Vine al Santa Lucía por una interconsulta porque me voy a operar, pero en otro lado, y como mi oftalmóloga también atiende en éste hospital y confía plenamente en la Dra. González (dicen que es una eminencia), quiere que ella me vea para asegurarse que es factible la operación.
- ¿Y de qué te vas a operar vos? Si no tenés nada.
- Del ojo derecho. Me operaron los dos de chico, el izquierdo quedó bien, pero vés: el derecho, en cambio, se va un poco para adentro y otro poco para arriba si me saco los anteojos.
- ¿Estás loco? ¿Vos me viste a mí?
- Sí.
(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hice)
- ¿Y entonces?
-Escuchá lo que te voy a decir: cualquier operación de ojos, por pequeña que esta sea, es un riesgo y lo que vos tenés o te quedó, como decís, no se nota, no existe. Porque no mirás un poco a tú alrededor y te detenés a observar los ojos de todos, los que como vos, también estamos acá, esperando.
(Nunca vi tantos viscos adultos juntos. Yo siempre me atendí en consultorios privados o en sanatorios y por lo general, los pacientes que concurren para atenderse por estrabismo son menores y uno se siente un pelotudo entre tantos chicos)
-¡Haceme caso! En serio, te lo digo. No te operes.
A cualquier otro le hubiera explicado, pero a él. Cualquier cosa que dijera hubiera parecido una cargada.
Y cargadas eran las que me iban a hacer en la escuela, según mi padre, por tener los ojos así. Y como para él, que me cargaran iba a ser un hecho inevitable me tuvo que enseñar a boxear, como autodefensa nomás, para poner en su lugar a cuanto boludo se le ocurriera burlarse de mi defecto a lo largo de la vida.
No tuvo mucha suerte, el pobre, con esto del boxeo conmigo. Y aunque aprendí con sus clases a tirar un par de golpes, no logró que fuera un gran boxeador, pero sé defenderme.
Y eso justamente es lo que tuve que hacer la mañana de mayo en la escuela primaria en un acto de escuela.
Defenderme.
Formábamos fila en el patio, esperando el ingreso de la bandera de ceremonia cuando, de pronto, el gordo Tiburi que estaba ubicado a dos compañeros de distancia en la fila, me dice:
- ¿Vos me estás mirando a mí?
(Me tomé unos segundos antes de contestarle)
Y no, no le contesté.
Y a la segunda vez que me preguntó lo mismo, me acerqué sigilosamente por el costado de la fila para que no me viera venir y se diera cuenta de lo que tenía planeado hacer.
Me soné la nariz (estaba resfriado) y entonces pegué el pañuelo lleno de mocos en su cara con saña, lo frote varias veces hasta hundirlo finalmente en uno de sus ojos. No le dí tiempo a reaccionar y ahí nomás le apliqué el uno, dos que a cualquiera que quiera aprender boxeo le enseñan en su primera clase. Y yo había ido a más de una de las clases de mi padre, aunque sea por obligación.
Fue ahí cuando lo knockeé. Se cayó al piso como si fuera una bolsa de papás. Todavía puedo escuchar el ruido que hizo al caer. El brillo de las baldosas reflejaron su sombra color gris y mi victoria, aunque borrosa. Porque me había sacado los anteojos para pelear y es así de la manera que mis ojos vieron aquel día mi victoria: borrosa. Porque yo veo así. Y mientras esa imagen corría las sombras con el sol de un trompazo, me agarró el director de la escuela de una oreja y me llevó a la dirección.
- ¿A usted le parece bien, Ayala, lo que hizo? En el medio de un acto patrio y en pleno izamiento de la bandera.
- ¿No le da vergüenza?
- Perdóneme, señor.
- No pida perdón. Perdón se le pide a Dios y yo no soy Dios.
- ¿Pero al menos digamé por qué lo hizo?
- Porque me estaba cargando. Por mi ojo…sabe.  Me estaba cargando.
- Yo sé lo de su ojo. Si dos veces por semana lo autorizó a salir antes del horario escolar para que vaya a hacer su bendita recuperación. Así que no me diga que yo no sé de su ojo.
- ¿Y hoy por qué no tiene el parche puesto?
- Porque me gusta una chica nueva y me lo saqué. No quería que me viera así.
- ¿Y hace cuánto de…?
- ¿Qué me gusta la chica?
(Se hizo silencio)
- Ya veo que coincide el tiempo en que le gusta esa chica y se sacó el parche.
¡Por eso se peleó, para impresionarla!
- No sé. Lo que pasa es que cuando me saco el parche del ojo izquierdo, el derecho se desvía mucho y se vé que Gustavo Tiburi advirtió la diferencia en mi mirada y me preguntó si yo lo estaba mirando a él o a quién. ¡Me estaba cargando, sabe!
- ¿Y usted cree que estas cosas se arreglan peleando? ¿Quién le enseñó a pelear así?
- Mi papá.
- Mañana no puede entrar a la escuela si no viene acompañado por su padre.

Mi papá no fue, pero al otro día me presenté a primera hora acompañado por mi madre.
Nunca supe que conversaron el director y mi mamá esa mañana, porque yo no estuve presente en la charla. Además al “gordo de mierda” ese, de Tiburi, no le pasó nada. Se cortó un poco el labio y no mucho más. Si mi papá se hubiera enterado de lo que pasó, me hubiera dicho que no lo lastimé lo suficiente porque no seguí yendo a sus clases de boxeo y que esas cosas me pasan por no hacerle caso.

Mi mamá siempre se sintió culpable por mi estrabismo. Alguna vez algún médico le dijo que se debía a un esfuerzo producido en el parto porque nací de nalga, pero no es seguro que haya sido por eso. Me hizo operar de estrabismo a los 3 años en el Sanatorio Guemes que pertenecía a la obra social de los obreros católicos y me hizo tomar la comunión a los 8 en la Parroquia Santa Lucía, qué está ubicada en la calle Gascón en Palermo, como si alguna especie de patrona de los ojos me pudiera ayudar a ver mejor; y más con el palo dando que a Dios rezando mi ojo derecho logró tener algo más de visión y por lo menos hoy distingue la luz. Una luz gris, que titila, porque las cosas aparecen y desaparecen ante mi ojo derecho de ese modo si me tapo el izquierdo, para mostrarse más tarde aún más borrosas por el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar.

Pero ya no sé si por un esfuerzo en el parto o por una malformación de no sé que cosa en la cabeza me desvío de lo que les quería contar.

-Damián pasá, que la Dra. González te quiere ver, me dijo Laise. Laise es mi oftalmóloga, que de tanto vernos nos hicimos un poco amigos. Igual todo el mundo la llamá Laise a Alejandra Laiserowitch y eso no me da más confianza que a los demás.

Yo pasé tan ilusionado, pensando que de una vez por todas cuando me operara ya nadie le iba a decir a mi mujer que estaba casada con un visco. Si se entera que pensé eso en ese momento, me diría que soy un pelotudo, que esa estupidez únicamente yo la puedo pensar, que a ella no le importaba eso, que los grandes ya no te cargan por ese tipo de cosas y que yo hace rato que deje de ser un chico.

Ya aprobada la operación y con fecha programada salí del Hospital Santa Lucía sabiendo que de concretarse la misma, así corriera el mayor de los éxitos, la tendría que repetir en unos años porque como el ojo derecho prácticamente no ve, con el tiempo y el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar va a volver a su posición de descanso. Porque técnicamente es un ojo vago, que si carece de estímulo tiende a irse hacia adentro y hacia arriba, como por lo general hago yo, buscando escapatoria. Pidiendo, por favor, que lo dejen (o que me dejen tranquilo) y que de una vez por todas le permitan (o me permitan escapar) de quien sabe que cosa.

Al cruzar la puerta de entrada del hospital me tropecé con un chico en la vereda y mis anteojos lamentablemente se cayeron, pero por suerte no se rompieron. Los levanté, no tenían huellas del golpe que habían recibido, ni siquiera un rasguño y antes de llegar a ponérmelos, el chico me miró a los ojos como si me conociera.

Se ve que de tanto forzarlos con los diferentes estudios médicos que me hicieron, o porque para variar me puse nervioso, cuando me miró a los ojos ese chico, estaba más visco que de costumbre y lo notó.
(Pudo haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hizo)
-El chico, más por curiosidad que por asombro, no dejó de mirarme nunca a los ojos y me dijo:
- ¿Te duele?
(Pensaba contestarle que no. Porque ya estoy grande y a esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí)
Espere que la pregunta se repitiera en mi memoria una y otra vez.
- ¿Te duele?...
- ¿Te duele?, repitió.
(Se hizo un silencio)


- A veces.

Susana

“ISTAMBUL está en Constantinopla”.
Cantaba. Una y otra vez.
Repetía: “Andate, mamá, andate”,
le decía a su madre muerta.
Sentadas frente a frente
en camas separadas
conversaban.
Le contaba sus miedos,
cuando José la engañaba.
“Andate, mamá, andate”,
le decía cuando yo llegaba.
Y otra vez cantaba:
“Istambul está en Constantinopla”.
“Istambul está en Constantinopla”.
-¿Qué hacías?
- Nada.
Y otra vez lloraba.
Y otra vez reía al verme.
Atrás quedó Turquía, las alfombras de Anatolia,
la Diosa Cali, Delia Tadei y su simpático José,
el olor a huevo frito, el azúcar en las empanadas,
el arroz con leche y canela, el mate y el pan,
el piano de cola y cuanto turco iba a oírla tocar.
Debió enamorarlos pero no lo hizo
o fue ella la que no se enamoró. Quien sabe.
Lloraba cuando yo lloraba.
Reía cuando yo reía.
Estudiaba conmigo, dormíamos la siesta.
Cuarenta estacadas sufrió una tarde.
Respiraba mi aire en el mismo cuarto.
Todavía la quiero, todavía la extraño.
La invoco cada tanto:
Cuando transpiro, cuando me enojo,
cuando siento temor, la invoco.
Después de la diarrea
el problema desaparece.
Y el dolor.
Fue medium en la tierra y en mi vida,
fue canción de noche latina,
fue Poncio Pilato atado en pañuelo
y desatado después.
Fue pan francés que se volvió árabe
por sus manos asesinas.
Odalisca sensible tapada con velos
para que no la tocasen manos sin deseo.
Sus ojos celestes, transparentes, de Mar Negro,
iluminan mis noches.
Fue sombra.
Fue abuela de sus nietos. Mamá la celaba.
Fue herida que de tanto cantarla
se volvió canción.
Cayó en la cocina con olla y vergüenza
por no haberme hecho la comida.
Ya no caminaba.
Y otra vez lloraba, temblaba.
No me dejaba levantarla.
No me dejó besarla.
Le tuvo miedo a la vida, la asustaba.
La operaron siete veces.
La última de cáncer de mamas.
Una mañana la encontré dormida para siempre.
Quizás despierta no lo hubiera permitido.
La tomé entre mis brazos para cobijarla
pero ya no había pecho
que abrazara su alma.

Norita


LE HUBIERA DADO mi vientre
en esos días de haber podido.
A las dos, a mí.
Para que no lloraran por las noches.
Para sentir lo que ellas estaban sintiendo.
Para sentir lo mismo,
aunque distinto, pero así.

Le hubiera dado mi vientre
en esos días de haber podido.
Para amortiguar el golpe en la caída
de un barranco que no se deja
y nos empuja.
Me quedé con la mano extendida
cuando sonó un disparo y corrimos.
Sin dirección, desesperados, mal heridos.
Corrimos.

Hacia Pereyra Lucena, al Hospital Italiano, al vacío.
Al absurdo de una ilusión que se nubla y que se aleja.
A la casa de amigos para no sentirnos solos.

En el dolor del insomnio. Al lado mío.
Palpita.
Cierra los ojos, sufre.
Y otra vez al Británico, sin consuelo.
Al Evita. Sin remedio.
Ya tarde.

Sus labios cerrados no supieron de risas.
Me enojé con el mundo, con los que no estuvieron.
Conmigo.

El disparo se escuchó en la calle Arcos.
Pero si estábamos ahí. ¿Por qué corrimos?
En el cuarto que dejamos para ella.
Un clavel, un racimo de violetas.
Inicio, madrugada, siesta, fresias.
Y una parte de mí se fue a buscarla.

La soñé hija, mujer, serena, bella.
Con la cara de Norita mirándome,
Pidiéndome que no la abandonara.
Pero no pude.

La soñé hija, mujer, serena, bella.
Con la cara de Norita mirándome,
Pidiéndome que no la abandonara.
Pero no pude.

Hoja caída del árbol de araucaria
que tenemos en casa
que juntaría por el resto de mi vida
si fuera necesario, si eso la calmara.

El canto suave de una gorriona apichonada
despertó mis ojos y mis ganas de llorar
en esa noche.

Me levanto.
-No se porque me está pasando esto
justo el día de mi cumpleaños-.
Entre camelias y jazmines
la imagino jugando en el jardín.
Creciendo.
Como flor de pascua
asoma entre las margaritas.
Me atraganto.
Y no puedo soñar más.

Loco corazón


AL FINAL los molesto a todos con mi bombo. ¡No sé para qué lo traigo!  ¡Si ni siquiera lo sé tocar! Ustedes vienen de trabajar, preocupados con sus cosas. Seguro que están  cansados, quieren volver a sus casas lo más rápido posible. Y yo acá, lo más cómodo, sentado, ocupando dos lugares en el vagón del tren.
Yo le digo que se corra:
-¡Correte, che! ¡¡Corre-e-te!
-Pero él no se corre, no me hace caso.
Tengo ochenta años y me da vergüenza contarles lo que le voy a contar.
Pero nunca tuve una novia.
Se ve que a las mujeres no les gustan los hombres de mi edad, y mi canción desafinada.
Que de tanto cantarla solo, se volvió bolero. Un bolero triste y pegajoso. Monótono.
Se ve que ya no les gustan los boleros a las mujeres de mi edad.
-¿Qué opinan, mis amigos?
-¡A las más jóvenes, quizás sí!
Pensar que de chico me seguían las gurisas y yo me les escapaba.
Y ahora que estoy grande ya no me quieren, porque soy viejo, porque no tengo plata.
Porque a las mujeres les gusta presumir.
-Ja, ja, ja…
-¡Me entienden, no!

(Nadie le contestaba, ni siquiera le hablaba a alguien en particular. Tenía la mirada fija en la ventana de enfrente, porque la palabra Talleres de la Estación de Escalada era la única imagen que se movía entre tanta apatía. Y el necesitaba que un pedazo de vida se moviera en ese instante)

-¿Saben qué?
-Mi amor no es impotente. Se vino viejo de tanto amar… sin suerte, sin saber a quién.
-¡Tengo hambre!
Y no tengo plata para comer. Por eso pido.
Lo único que tengo es este bombo, que no se corre.
Y mi canción cada vez más desafinada.
Al final, con los años estoy peor…
-¡Me entienden, no!

(De pronto, se paró y volvió a decir…)

-¡Tengo hambre!
-¡Tengo hambre!
-¿Pero que estás diciendo, Evaristo?
-¡Escuchate!
-¡Escuchate!
-Si estás hablando como si fueras un hombre.
-Y yo no soy un hombre.
-Soy un pájaro.
-Un pájaro que silba.
-Un pájaro que silba en los vagones del tren.
-Un pájaro que silba en los vagones del tren,
esperando,
que una ruiseñora le ofrezca
“la manzana partida
de su loco corazón”.


Le temps qui reste


“CUEN7TA /ME como te ha ido /
si has conocido / la felicidad “,
le preguntaron en La Habana.
No contesto.
La esperaban los Cayos:
Guillermo, Coco, Santa María, Bayo;
apurada por llegar
a su viaje interrumpido en los ’60
antes de casarse.

La Habana quedó lejos, antigua, desolada,
como plegaria sin fin, acobardada..
Sin poder llorar.

Cuando la sombra entorpece los pasos
un bolero calipso la tropieza,
le pone el pie una baldosa tiesa,
zaguán de noche, piedra, temporal
y  cae.

Hasta un árbol caído cae
sobre la tierra mojada
por el trajín y el cansancio que dan los años.

Una paloma cae y se levanta
con la cara sangrando, machucada
y calla.

No descargo su ira contra ninguno de nosotros.
Sintió la soledad
Le faltó un hombro en que apoyarse.
Pero no se quejó.

Como no se quejo ante el cáncer de su esposo,
los perros, la suerte, los peces,
los pájaros, los gatos, los monos,
hacerse cargo siempre de todo y de todos,
las internaciones, los hijos, los padres, los abuelos,
los nietos, los gritos, los desaires, las deudas ajenas,
las cucarachas, la falta de agua caliente, la locura,
la casa de Caballito en la que llovía adentro,
la de Palermo sin papeles ni ternura
que abrazara la muerte.

Ya nadie la espera, ni la controla, ni la cela.
Ni tiene que dar explicaciones pero las da.
A mí, a Nené, a Graciela.
Si se las pidiera quizás a alguien más.

Le temps qui reste, suma.
-¿A dónde vas?-, le preguntaron.
-Quo vadis-, contesto.
-¿Y qué es quo vadis?-
-A dónde vas-.

Le queda poco tiempo por eso el apuro.
Por eso Cuba y esa caída níspera.
Por eso las cataratas, las termas,
el vino rosado casi puro
o con hielo.
Brasil, el Aconcagua, el glaucoma,
la maculopatía, la rodilla,
la pierna, la artrosis y una silla
para sentarse a no esperar.

Cuando nos damos cuenta que soñamos
los sueños se terminan
como puntada en el ojo a descansar.
Son pocos los que sueñan viajes como ella.
Su corazón anhela Centroamérica,
sus playas paradisíacas, el calor del trópico,
las palmeras y el mar.

Un sol inalcanzable la tapa y la deja ver
cada vez menos. Pero no importa.
Le temps qui reste,  suma.
Un naipe sin marcar en la baraja
de malecón cubano y a gozar.
Amapola, flor rozada por el viento.
Nos conocimos contra marea y voluntad
y nos quisimos…
hasta entonces y más.

No se permitió llorar en las malas.
Una lágrima, acaso, se dejó escapar.
Una sola.
A escondidas seguro que hubo más.

Su cara a la mía se parecen.
Herida que sangra sin querer sangrar.
Se hizo tiempo para vivir por nosotros
y por ella. Y por algunos más.

Puso la otra mejilla sin dudar
y rezó.
Se hizo camino al andar…y rezó.
Si no hizo lo correcto no lo dijo.

“Cuen / ta / me / como te ha ido /
si has conocido / la felicidad “,
le preguntaron de nuevo.
Su voz callada no contestaba
o acaso no quiso escuchar.
Entre charangas y rumbas,
tal vez ya no escuchaba más.

Guarda uno o dos secretos,
en silencio
que no está dispuesta a revelar.

Parteaguas



Que yo sé que la sonrisa
que se dibuja en mi cara
tiene que ver con la brisa
que abanica tu mirada.

Estopa



Desde sus ojos miré desde su ventana
al Congreso.
No caminó senderos verdes conmigo.
Caminó piedra, arena, sombra, ríos,
playas, montañas y extravíos,
cerros, valles y quebradas al sol
y el hastío del amor sin hastío,
rutas, calles y añoranzas, lluvias
con sentido y sin sentido.

Desde sus ojos miré su cuerpo malherido.
Lo curé y lo enfermé con el mío.
Un aljibe sin agua nos esperaba.
Un tren al sur envejecido.
No había que apurarse ni ir despacio.
Había que esperar cada momento
como si fuera el último,
como si fuera obvio,
como si ya lo hubiésemos vivido.

Tuve que descubrir que le gustaban
las manzanas y ser amiga de sus amigos,
las papas, las artes, los oficios y los higos,
la mermelada de sauco, de grosella, de zarzamora,
de frambuesa, de rosa mosqueta con tostadas,
los gatos y en especial una o dos gatas,
los afectos incondicionales, las rabas,
la pasión si hay condiciones y a su ritmo,
donde están sus lealtades, sus alianzas.
(Cuando elige no hay vuelta atrás.
Te da un tiro, quizás dos, y no falles).
Algunos pocos gozamos de su perdón,
las máscaras, los cuadros, la madera,
el galponcito de su abuelo que va a ser nuevo
y también de ella.
El psicoanálisis, los libros inconscientes,
Lacan, Freud, Cortázar, Clarice Lispector,
Margarite Duras, Pizarnik, Hrabal, Sabina.,
Charly, Fabi, Andrés y otra vez Sabina,
el mate, las galletitas y la camita,
el chocolate amargo y dormir:
dormir hasta tarde en la mañana,
algún licorcito para calentar el pechito
en invierno, la puna,
el cigarrillo que dejo y que recuerda,
los viajes, la cordillera casi Suiza,
las cositas que venden los artesanos,
las fotos, guardar todo por si acaso,
el jardín, las plantas y los árboles.

Fue maestra mayor de obra de su casa,
fue su obra y su dicha, también la mía.

Preciosa, enfurecida, dormida, castaña, bella,
morocha, mujer sin aros, ni pollera,
valiente, sin estrella
ni alma.

No hay oscuridad que la apague en la noche.

Terrenal, suave, tensa, contenida, libertaria,
inteligente muy inteligente, buena muy buena,
de sonrisa eterna y ojos marrón pardos,
de las estaciones eligió primavera
o el otoño.

No tiene mapa, ni brújula, ni trazo,
se golpea, por eso el llanto a veces.
Si los tiene. Hay que seguir sus pasos,
los indicios que deja caer como olvidados
para que vos se los recuerdes y la beses.

Desde sus ojos miré el horizonte
y ví mis ojos derechos. Nací visco.
El  reflejo en el agua y en espejo.

Puedo seguir sumando cosas
y el resultado va a ser el mismo
con o sin elipsis de sujeto.

Desde sus ojos miré y encontré:
caricias, brisa, tempestad, metáfora.

“Si ella no está no hay milagro”

Parteaguas de mi vida,
su vida.

Tengo miedo del final

SOÑABA QUE VIAJABA en un camello y despierta dormida entre mis brazos.
Entonces la noche se hace larga… -Pero aún no había terminado-.

Un hombro mío que no tenía qué (…) se mueve, y la despierta. Cabizbajo.
Un jaleo constante cada vez más intenso la vuelve a despertar y no tanto.
Respira profundo un sueño arrebatado. Después del amor, suspira. Se acomoda.
Abre los ojos y los cierra. El derecho se queda pestañando.

Entonces la noche se hace larga… -Pero aún no había terminado-.
Yo me agarro fuerte de su mano. Me sostengo. Como si eso me salvara.
Entre sábanas cruzadas una ráfaga de aire fresco entra por la ventana,
y enfría nuestros cuerpos destapados. Tibios todavía. Acurrucados.

Nos acolchamos con un amor de paso que se queda,
                                                                          -hace poco más de nueve años-
E insiste:
Tímido, rebelde, inquieto, inseguro. Agazapado.

De guitarra criolla, de mantas brasileras, de manteles con aguayos.
De manos que se buscan por la noche,
de charlas a la hora de la siesta,
de máscaras, de paseos, de comidas, de arreglos en la casa,
de cortinados blancos.
De cuerpos desnudos traspirados.

Es dueña de una belleza enfurecida.
Sus ojos un enigma, bellos, misteriosos, penetrantes.
Marrones casi pardos.
Son mi penumbra, mi sur, mi guía, mi descanso.

Nos acompañamos.

Una tarde nos besamos en un beso prolongado.
Cuando me dijo que con ella iba a conocer el mundo
y en la estación José Hernández, de la línea “D” del subte,
nos perdimos para encontrarnos.
Sin destino ni salida ni fecha de vencimiento ni contrato.

Lo acordamos.

Una vez un amigo me pregunto:
-¿La aventurera es ella? o ¿El aventurero sos vos?-
Al notar que yo tardaba en contestar…
Prefirió hacerlo por mí y se dijo: (…)
-¡Ella!- (…)
-¿Y vos?-
(Sonrió como sólo pueden sonreír aquellos que te conocen demasiado).
-“Vos la seguí-ís”-

Soñaba que viajaba y habíamos viajado.

Por ladrillo y terracota al Talampaya estrellado,
a la luna y su valle entre abril y marzo,
por lagos que se cuentan de a siete y ese verde claro,
del Huechulafquen que no pude olvidarlo.
Las playas calientes de un Brasil extraño,
lejano
y sus pies descalzos.

De mochilas llenas. Del Uruguay a Buenos Aires
y otra vez a las afueras, cruzando el Riachuelo.
Regresando.

Nuestro jardín se construye de plantas y de flores.
Al entrar, me detengo.

Flores que crecen cuando quieren. Paredes recién pintadas de amarillo. Gotera.
Gotas de lluvia que golpean en la chapa. Hojas de araucaria que caen.
India que va y viene… y se queda, en su almohadón.
Vos estás dormida. Yo me acuesto a tú lado y pienso que este lugar es más mío que cualquier otro en el que estuve. Mi amor me ancla. A esta casa, a tú compañía.
Ojalá  siempre esté donde están mis afectos.
El lugar puede cambiar. Lo que no puede cambiar es ese aroma a azucenas
que creía no percibir y las flores de tilo que robamos en la calle San Martín
doblando por Pasco.

Ya no llueve.
Soñaba que viajaba en un camello y despierta dormida entre mis brazos.

Sus labios balbucean un: te a-amo. Al oído.
Da media vuelta y se acuesta de su lado.
En la oscuridad la miro.
En esas noches de insomnio, custodiando.

Un amor:
Seguro, incansable, desconfiado,
detenido en ese instante, apresurado.

A fuego lento, entre brasas.
De ojos abiertos y cerrados.
Simple, complejo, complicado.
De silencios, de dientes apretados,
de palabras lindas, de gritos callados,
de color azul, de celeste pálido.
Ingobernable a veces, asustado.

Malhumorado, molesto, fastidioso, irritado,
de mal carácter.
Desvelado.

A la madrugada me levanto y una vez más fracaso.
Siguiendo el camino de la babosa en el mosaico.
De restos de chocolate suizo,
de piezas robadas al ferrocarril
y de juegos de la abuela.
Heredados.

Hacia el baño. Me tropiezo, conmigo.

Dejé de dejarme querer para querer como nunca antes había querido.
Dejé mis fantasmas de lado y los de ella.
Dejé tantas cosas desde que la conozco, que me sentí dejado.

Y así la vida, en un Tigre desolado, de pájaros cantando.
Hacia el Paraná de las Palmas donde el río se hace llanto.
Una mujer suspira, conmovida,
deslumbrada ante tanto encanto.

El paisaje anula a su adversario.
Y este abandonado, culpable por amarla tanto.

-Uno puedo estar celoso de otra persona, ¿pero de un paisaje? -
-Uno puede estar celoso de un paisaje, ¿pero de un sueño que decidió soñar sola?
O le tocó. En viaje y en camello. Despierta queriendo dormirse.

Y yo que esta vez no pude seguirla.
Ni con los celos a cuestas ni de a ratos.

Todavía guardaba su olor en mi cuerpo, tan perfumado.
Su piel, sus cabellos largos.
Y esa humedad que deja la lluvia en las casas viejas.
Su cansancio.

Pero no me alcanzó.

Todavía guardaba su olor en mi cuerpo
y la huella de sus ojos en los míos.
La misma cicatriz que sangra, y el orgasmo.

Pero no me alcanzó.

Con la luz apagada ya no la veía como antes, como siempre.
Tan cercana.
Ya no atrapaba sus besos remolones con mis labios.

Entonces un escalofrío corrió por mi  espalda
y me caí en el piso.
Desplomado.

Me tropecé, conmigo,
en el pasillo antes de entrar al cuarto.

Su sueño era tan suyo, su viaje, su camello, su aire. Tan suyo
que asfixiaba (…) el sentirla respirar profundamente. Llena de placer.
Parecía colmada.
Decirle que su amor silencioso, dormido, me estaba ahogando
que condenaba mis deseos y mis ganas,
y  la vigilia de mi corazón en esa noche.

Al abrir mis ojos, frente a ella. Seguí durmiendo.
India abrazada a mis piernas ronroneaba.
Ella estaba apenas un poco más a la derecha de la cama.
Descansando.
Y si no fuera por ese -apenas-.
Todo me hacía pensar que el descalabro de imágenes previas:
mi ida al baño, las babosas y su camino a ninguna parte,
mi tropiezo, los celos. No pasaron. Aunque dudé.

Pero a la distancia:

¿Puede uno estar celoso de aquello mismo que ha generado?
¿De un viaje al qué no fue invitado? Y que la hacía tan feliz.

Tal vez porqué:

El amor no pasa. Te atraviesa.
Te desbasta. Te envuelve. Te ilusiona.
Te confunde. Te atrapa.
También en pesadillas.

Tal vez porqué:

“Nos amamos hace una vida. Hace un momento.
Nos amamos sin certeza del principio.
Por eso no sabemos, si este amor, terminará alguna vez”.

Dos cuerpos que se encuentran, pero uno de ellos se pierde, cada tanto.
Y olvida y se siente desplazado.

Nuestra casa se construye de ladrillos,
de memoria en las manos
y de granos de barro.
Mojados.

Un capricho, para que este amor y no otro,
sea el primero.
Un sueño que nos une y nos aleja estando.
Que me traiciona imaginando.

Tengo miedo
que nuestras manos por las noches
no se encuentren ni se busquen,
ni se contengan, ni se extrañen.,
ni se rocen, ni se quieran.
Tengo miedo
que nuestro amor se quede sin aire.
Asfixiando.
Tengo miedo de un final,
celoso de sus actos.

Tengo miedo…