sábado, 29 de septiembre de 2012

Cerrar los ojos

Miraba para arriba
como buscando algo,
queriendo seducir la vida
con ojos color cielo,
atrapando momentos
en fotos,
en poemas,
en un lienzo,
prendiendo linternas
en una noche desordenada.

Una paleta de colores
no alcanzaba
como no alcanzarían tampoco
las ganas de apurarse
sin antes ir despacio.

La sensibilidad se escucha,
no se mira
y menos a la distancia.

La sensibilidad se escucha:
en un caracol de mar,
en el eco de las grutas,
en el roce de párpados
al cerrar los ojos.

Colonia de tarde


En los granos de arena de la playa
atesoramos un instante de dicha.
En la puesta colonial de sol
del sacramento
y sus ruinas.
En el río…
que miramos y reímos.
Dos tardes, dos veces.
En tus senos que buscaré
mientras me dejes
tensos, morados
hacia el horizonte
durmiendo caricias.

En la puesta colonial del sol
del sacramento
y sus ruinas.
Dos tardes, dos veces,
dos noches,
dos vidas en noviembre
conteniendo la respiración,
flotando…
proponiendo no vivir más.
En esa tarde,
en ese instante..



martes, 18 de septiembre de 2012

Cae la tarde


La ví tan linda recostada sobre el pasto.

  

Cae la tarde otoña
en mi mirada
con sus hojas
de un amor dormido que se aleja
de glicinas, moradas, casi rojas
entre sábanas mojadas
que la acuestan.

Cae la tarde otoña
en mi mirada
sobre mi alma
con su sombra.

La deje ir…

tras el brillo de sus pasos
de luciérnaga.

Me deja.

Como hilo de nube en el crepúsculo,
como vuelo de blancas mariposas,
como pájaros detrás de los laurales
que se esconden y la hamacan con su canto.

Como prosa,

como rocío que roza las ramas
con su brisa
y la acaricia.

Despacio…

para no molestarla.

La miré.

Como si encontrara un pétalo de rosa
entre las hojas de un libro:

secas, mustias, ya borrosas
y las hojeara.

Allí estaba…
más linda que nunca.

Sonriendo…

con los ojos cerrados,
húmedos de lágrimas,
nublados.

Y pensé:

“A esa linda sonrisa
le falta una flor”.

La tarde ya se había ido.
Por suerte sin ella.

Suspiró.

Cerró el libro, llorando
y el pétalo de rosa ya no estaba.

Entre cortinados bordados
en la tarde triste
sobre Villa Elisa.

La dejó, como a mí.

De a poco.

De a poco
las viejas heridas convirtió en diamantes.

Me reflejé en ellos sobre el lago.
Por eso la seguí…

con el sol que quedaba
posado sobre el agua
todavía tibia de las termas
en el ocaso.

No sé porqué lloraba
y lloré por lo mismo.

Por melancolía,
por tristeza,
por qué sí.

Un llanto sin voz.

No le hice preguntas
y me fui acercando.

La tapé mirándola
con ojos de amor.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Carlos en la tumba



En tu rincón semejas
un niño que naciera
sin pies para la tierra,
sin ojos para el mar
y como las bestias
entre la noche ciega
sin día y sin crepúsculo
se cansan de esperar.

Victor Heredia


CARLOS EN LA TUMBA. Desespero.
Lo busco. No lo miro ni lo veo.
En los escombros del olvido,
en el desangrar de un vahido,
en el entierro.

Lo quiero.
Y no sé si se lo dije algún día.

Carlos en la tumba. De qué sirve.
Si no hablamos.
Tanto le dolía la vida que el cáncer se la quitó.
Anticipadamente.
Cobardemente le sacó la sangre a puñaladas
en un corralón con luz  y frente a mis ojos.

Por las noches un león lo perseguía
y de día lo mataba un tren sin frenos.
Sucedió varias veces.
Fue en sus sueños o en los míos.
Da lo mismo.

De chico se abrazaba a la pierna de su madre
mientras su padre lo negaba
antes que el gallo cantara tres veces.

Carlos en la tumba. Convulsiono.
Ya no sufre, ni pelea,
ni grita, ni golpea.
Ya no puede lastimarse ni lastimar.

Ni siquiera tiene que preocuparse
por ser feliz. Ni normal.
Que no fue.

Nunca nos conforman nuestros padres
y mucho menos nuestros hijos.
Pero podríamos haber sido más compañeros.
Excepto el ajedrez en la mesa hasta mis diez.
Que ya no está.

Sin embargo…
Alguna flor corrida por el viento queda.
Algunas nubes sopladas por Graciela.
Un perro ladra en una jaula,
atrapado, sin poder salir.
Esperando…
Solo.

Sufre.

Lloró por nosotros
al igual que su esposa,
a la que necesitó más
de lo que quiso
y fue mucho.

Su sombra nos saluda por la calle
con un clavel en la mano.
Camina, se diluye y corre.
Después se aleja y se pierde
para siempre.

Por desgracia…
Un pájaro de canto clásico se muere.
Un caballo de salto.
Tierra y cenizas. Humo.
Llanto.

Y una sonrisa flota
entre pétalos sin agua.
Se queda sin aire.
Se desangra, conmigo.
Y duerme una vez más.

¿Si hicimos lo mejor que pudimos?
Por qué nos sentimos culpables.

Santa Lucía


NACI VISCO. Como tantos, como algunos, que miramos como se inclina la vida a través de un ojo extraviado, o dos. Sin querer.
Nací visco…
Por un esfuerzo en el parto o una malformación de quién sabe qué cosa en la cabeza.
A esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí.
Porque ya estoy grande y ya llovieron muchas lágrimas en los anteojos como para ponerme a llorar en otro día nublado.
Hace poco más de cinco años me volví a operar de la vista.
- ¿Por qué? 
- Por capricho, por estética, por ese afán mío de sentir que el dolor que padecí alguna vez se repita cada tanto para decir la cicatriz que el cuerpo ya no muestra por las cirugías.
Estaba en la sala de espera del hospital. Cuando de pronto lo vi.
Su estrabismo era monstruoso. Nada que ver con el mío. Parecía que no tenía nariz, sus ojos se chocaban el uno con el otro, en el medio de la cara, como pidiendo ayuda.
Me miró…
(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hice)
Me miró y dijo:
- ¿Vos estás para la doctora González?
- Sí, pero pasá si querés.
-Yo estoy esperando que me llame la Dra. Laiserowitch. Vine al Santa Lucía por una interconsulta porque me voy a operar, pero en otro lado, y como mi oftalmóloga también atiende en éste hospital y confía plenamente en la Dra. González (dicen que es una eminencia), quiere que ella me vea para asegurarse que es factible la operación.
- ¿Y de qué te vas a operar vos? Si no tenés nada.
- Del ojo derecho. Me operaron los dos de chico, el izquierdo quedó bien, pero vés: el derecho, en cambio, se va un poco para adentro y otro poco para arriba si me saco los anteojos.
- ¿Estás loco? ¿Vos me viste a mí?
- Sí.
(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hice)
- ¿Y entonces?
-Escuchá lo que te voy a decir: cualquier operación de ojos, por pequeña que esta sea, es un riesgo y lo que vos tenés o te quedó, como decís, no se nota, no existe. Porque no mirás un poco a tú alrededor y te detenés a observar los ojos de todos, los que como vos, también estamos acá, esperando.
(Nunca vi tantos viscos adultos juntos. Yo siempre me atendí en consultorios privados o en sanatorios y por lo general, los pacientes que concurren para atenderse por estrabismo son menores y uno se siente un pelotudo entre tantos chicos)
-¡Haceme caso! En serio, te lo digo. No te operes.
A cualquier otro le hubiera explicado, pero a él. Cualquier cosa que dijera hubiera parecido una cargada.
Y cargadas eran las que me iban a hacer en la escuela, según mi padre, por tener los ojos así. Y como para él, que me cargaran iba a ser un hecho inevitable me tuvo que enseñar a boxear, como autodefensa nomás, para poner en su lugar a cuanto boludo se le ocurriera burlarse de mi defecto a lo largo de la vida.
No tuvo mucha suerte, el pobre, con esto del boxeo conmigo. Y aunque aprendí con sus clases a tirar un par de golpes, no logró que fuera un gran boxeador, pero sé defenderme.
Y eso justamente es lo que tuve que hacer la mañana de mayo en la escuela primaria en un acto de escuela.
Defenderme.
Formábamos fila en el patio, esperando el ingreso de la bandera de ceremonia cuando, de pronto, el gordo Tiburi que estaba ubicado a dos compañeros de distancia en la fila, me dice:
- ¿Vos me estás mirando a mí?
(Me tomé unos segundos antes de contestarle)
Y no, no le contesté.
Y a la segunda vez que me preguntó lo mismo, me acerqué sigilosamente por el costado de la fila para que no me viera venir y se diera cuenta de lo que tenía planeado hacer.
Me soné la nariz (estaba resfriado) y entonces pegué el pañuelo lleno de mocos en su cara con saña, lo frote varias veces hasta hundirlo finalmente en uno de sus ojos. No le dí tiempo a reaccionar y ahí nomás le apliqué el uno, dos que a cualquiera que quiera aprender boxeo le enseñan en su primera clase. Y yo había ido a más de una de las clases de mi padre, aunque sea por obligación.
Fue ahí cuando lo knockeé. Se cayó al piso como si fuera una bolsa de papás. Todavía puedo escuchar el ruido que hizo al caer. El brillo de las baldosas reflejaron su sombra color gris y mi victoria, aunque borrosa. Porque me había sacado los anteojos para pelear y es así de la manera que mis ojos vieron aquel día mi victoria: borrosa. Porque yo veo así. Y mientras esa imagen corría las sombras con el sol de un trompazo, me agarró el director de la escuela de una oreja y me llevó a la dirección.
- ¿A usted le parece bien, Ayala, lo que hizo? En el medio de un acto patrio y en pleno izamiento de la bandera.
- ¿No le da vergüenza?
- Perdóneme, señor.
- No pida perdón. Perdón se le pide a Dios y yo no soy Dios.
- ¿Pero al menos digamé por qué lo hizo?
- Porque me estaba cargando. Por mi ojo…sabe.  Me estaba cargando.
- Yo sé lo de su ojo. Si dos veces por semana lo autorizó a salir antes del horario escolar para que vaya a hacer su bendita recuperación. Así que no me diga que yo no sé de su ojo.
- ¿Y hoy por qué no tiene el parche puesto?
- Porque me gusta una chica nueva y me lo saqué. No quería que me viera así.
- ¿Y hace cuánto de…?
- ¿Qué me gusta la chica?
(Se hizo silencio)
- Ya veo que coincide el tiempo en que le gusta esa chica y se sacó el parche.
¡Por eso se peleó, para impresionarla!
- No sé. Lo que pasa es que cuando me saco el parche del ojo izquierdo, el derecho se desvía mucho y se vé que Gustavo Tiburi advirtió la diferencia en mi mirada y me preguntó si yo lo estaba mirando a él o a quién. ¡Me estaba cargando, sabe!
- ¿Y usted cree que estas cosas se arreglan peleando? ¿Quién le enseñó a pelear así?
- Mi papá.
- Mañana no puede entrar a la escuela si no viene acompañado por su padre.

Mi papá no fue, pero al otro día me presenté a primera hora acompañado por mi madre.
Nunca supe que conversaron el director y mi mamá esa mañana, porque yo no estuve presente en la charla. Además al “gordo de mierda” ese, de Tiburi, no le pasó nada. Se cortó un poco el labio y no mucho más. Si mi papá se hubiera enterado de lo que pasó, me hubiera dicho que no lo lastimé lo suficiente porque no seguí yendo a sus clases de boxeo y que esas cosas me pasan por no hacerle caso.

Mi mamá siempre se sintió culpable por mi estrabismo. Alguna vez algún médico le dijo que se debía a un esfuerzo producido en el parto porque nací de nalga, pero no es seguro que haya sido por eso. Me hizo operar de estrabismo a los 3 años en el Sanatorio Guemes que pertenecía a la obra social de los obreros católicos y me hizo tomar la comunión a los 8 en la Parroquia Santa Lucía, qué está ubicada en la calle Gascón en Palermo, como si alguna especie de patrona de los ojos me pudiera ayudar a ver mejor; y más con el palo dando que a Dios rezando mi ojo derecho logró tener algo más de visión y por lo menos hoy distingue la luz. Una luz gris, que titila, porque las cosas aparecen y desaparecen ante mi ojo derecho de ese modo si me tapo el izquierdo, para mostrarse más tarde aún más borrosas por el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar.

Pero ya no sé si por un esfuerzo en el parto o por una malformación de no sé que cosa en la cabeza me desvío de lo que les quería contar.

-Damián pasá, que la Dra. González te quiere ver, me dijo Laise. Laise es mi oftalmóloga, que de tanto vernos nos hicimos un poco amigos. Igual todo el mundo la llamá Laise a Alejandra Laiserowitch y eso no me da más confianza que a los demás.

Yo pasé tan ilusionado, pensando que de una vez por todas cuando me operara ya nadie le iba a decir a mi mujer que estaba casada con un visco. Si se entera que pensé eso en ese momento, me diría que soy un pelotudo, que esa estupidez únicamente yo la puedo pensar, que a ella no le importaba eso, que los grandes ya no te cargan por ese tipo de cosas y que yo hace rato que deje de ser un chico.

Ya aprobada la operación y con fecha programada salí del Hospital Santa Lucía sabiendo que de concretarse la misma, así corriera el mayor de los éxitos, la tendría que repetir en unos años porque como el ojo derecho prácticamente no ve, con el tiempo y el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar va a volver a su posición de descanso. Porque técnicamente es un ojo vago, que si carece de estímulo tiende a irse hacia adentro y hacia arriba, como por lo general hago yo, buscando escapatoria. Pidiendo, por favor, que lo dejen (o que me dejen tranquilo) y que de una vez por todas le permitan (o me permitan escapar) de quien sabe que cosa.

Al cruzar la puerta de entrada del hospital me tropecé con un chico en la vereda y mis anteojos lamentablemente se cayeron, pero por suerte no se rompieron. Los levanté, no tenían huellas del golpe que habían recibido, ni siquiera un rasguño y antes de llegar a ponérmelos, el chico me miró a los ojos como si me conociera.

Se ve que de tanto forzarlos con los diferentes estudios médicos que me hicieron, o porque para variar me puse nervioso, cuando me miró a los ojos ese chico, estaba más visco que de costumbre y lo notó.
(Pudo haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia:
- “¿Vos me estás mirando a mí?”
Pero no la hizo)
-El chico, más por curiosidad que por asombro, no dejó de mirarme nunca a los ojos y me dijo:
- ¿Te duele?
(Pensaba contestarle que no. Porque ya estoy grande y a esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí)
Espere que la pregunta se repitiera en mi memoria una y otra vez.
- ¿Te duele?...
- ¿Te duele?, repitió.
(Se hizo un silencio)


- A veces.

Susana

“ISTAMBUL está en Constantinopla”.
Cantaba. Una y otra vez.
Repetía: “Andate, mamá, andate”,
le decía a su madre muerta.
Sentadas frente a frente
en camas separadas
conversaban.
Le contaba sus miedos,
cuando José la engañaba.
“Andate, mamá, andate”,
le decía cuando yo llegaba.
Y otra vez cantaba:
“Istambul está en Constantinopla”.
“Istambul está en Constantinopla”.
-¿Qué hacías?
- Nada.
Y otra vez lloraba.
Y otra vez reía al verme.
Atrás quedó Turquía, las alfombras de Anatolia,
la Diosa Cali, Delia Tadei y su simpático José,
el olor a huevo frito, el azúcar en las empanadas,
el arroz con leche y canela, el mate y el pan,
el piano de cola y cuanto turco iba a oírla tocar.
Debió enamorarlos pero no lo hizo
o fue ella la que no se enamoró. Quien sabe.
Lloraba cuando yo lloraba.
Reía cuando yo reía.
Estudiaba conmigo, dormíamos la siesta.
Cuarenta estacadas sufrió una tarde.
Respiraba mi aire en el mismo cuarto.
Todavía la quiero, todavía la extraño.
La invoco cada tanto:
Cuando transpiro, cuando me enojo,
cuando siento temor, la invoco.
Después de la diarrea
el problema desaparece.
Y el dolor.
Fue medium en la tierra y en mi vida,
fue canción de noche latina,
fue Poncio Pilato atado en pañuelo
y desatado después.
Fue pan francés que se volvió árabe
por sus manos asesinas.
Odalisca sensible tapada con velos
para que no la tocasen manos sin deseo.
Sus ojos celestes, transparentes, de Mar Negro,
iluminan mis noches.
Fue sombra.
Fue abuela de sus nietos. Mamá la celaba.
Fue herida que de tanto cantarla
se volvió canción.
Cayó en la cocina con olla y vergüenza
por no haberme hecho la comida.
Ya no caminaba.
Y otra vez lloraba, temblaba.
No me dejaba levantarla.
No me dejó besarla.
Le tuvo miedo a la vida, la asustaba.
La operaron siete veces.
La última de cáncer de mamas.
Una mañana la encontré dormida para siempre.
Quizás despierta no lo hubiera permitido.
La tomé entre mis brazos para cobijarla
pero ya no había pecho
que abrazara su alma.

Norita


LE HUBIERA DADO mi vientre
en esos días de haber podido.
A las dos, a mí.
Para que no lloraran por las noches.
Para sentir lo que ellas estaban sintiendo.
Para sentir lo mismo,
aunque distinto, pero así.

Le hubiera dado mi vientre
en esos días de haber podido.
Para amortiguar el golpe en la caída
de un barranco que no se deja
y nos empuja.
Me quedé con la mano extendida
cuando sonó un disparo y corrimos.
Sin dirección, desesperados, mal heridos.
Corrimos.

Hacia Pereyra Lucena, al Hospital Italiano, al vacío.
Al absurdo de una ilusión que se nubla y que se aleja.
A la casa de amigos para no sentirnos solos.

En el dolor del insomnio. Al lado mío.
Palpita.
Cierra los ojos, sufre.
Y otra vez al Británico, sin consuelo.
Al Evita. Sin remedio.
Ya tarde.

Sus labios cerrados no supieron de risas.
Me enojé con el mundo, con los que no estuvieron.
Conmigo.

El disparo se escuchó en la calle Arcos.
Pero si estábamos ahí. ¿Por qué corrimos?
En el cuarto que dejamos para ella.
Un clavel, un racimo de violetas.
Inicio, madrugada, siesta, fresias.
Y una parte de mí se fue a buscarla.

La soñé hija, mujer, serena, bella.
Con la cara de Norita mirándome,
Pidiéndome que no la abandonara.
Pero no pude.

La soñé hija, mujer, serena, bella.
Con la cara de Norita mirándome,
Pidiéndome que no la abandonara.
Pero no pude.

Hoja caída del árbol de araucaria
que tenemos en casa
que juntaría por el resto de mi vida
si fuera necesario, si eso la calmara.

El canto suave de una gorriona apichonada
despertó mis ojos y mis ganas de llorar
en esa noche.

Me levanto.
-No se porque me está pasando esto
justo el día de mi cumpleaños-.
Entre camelias y jazmines
la imagino jugando en el jardín.
Creciendo.
Como flor de pascua
asoma entre las margaritas.
Me atraganto.
Y no puedo soñar más.