miércoles, 15 de mayo de 2013

Làgrimas dulces


LAGRIMAS DULCES
endulzan mi cara
con gusto a algodòn.

Suaves:
como caricias de amor
que espero
aunque ya estè un poco grande.

Tensas:
como caricias de amor
a la distancia
que no van a venir.

Temerosas:
como caricias de amor
entre frazadas
que un dìa de pronto
nos dejaron de cubrir.

Moribundas:
como morir entre tus brazos
una noche cualquiera
yo quiero.

Como quisiera irme contigo
si apenas un minuto
de mi vida te vas.


lunes, 8 de abril de 2013

Cartas amarillas


COMO CARTAS AMARILLAS y españolas que juegan un truco que al cantar envido y tener que mostrarlo, suspenden el engaño a través de los años y desaparecen. Mientras vuelan las hojas escritas por el viento norte en la esquina de Guatemala y Gurruchaga: solas, empujadas, sucias, borrosas. Perfumadas todavía con olores extraños del amanecer de alguna mañana.
Arrojadas por dos chicos de menos de diez años. Indignados ellos, porque nadie de la familia les había contado nada, porque nadie se hizo cargo jamás, ni escucharon un mísero comentario del asunto alguna vez. Y asustados ellos también -lo bastante asustados- porque quizás mirar (o mejor dicho saber) los hiciera cómplices de por vida de una trampa que ayudaron a tender sin darse cuenta, entre risas cada vez menos ingenuas y cada vez más fuertes.
“Esas risas que al final y mientras tanto, escondían vaya uno a saber que secreto, pero que sospechaban en murmullos y que incluso con la duda a cuestas los divertía fantasear mentiras ajenas y al oído”.

-¿A dónde irá el abuelo con esa valija verde? ¿A dónde?, se preguntaban cada vez que se iba- .

Cada fin de semana, o mejor dicho, cada quince días. Cada verano, cada primavera, cada otoño. -En invierno menos-. Cada vez que doblaban cuidadosamente la chomba a rayas marrón planchada por el perfume de una supuesta cita y la acomodaban en la valija verde limón para que no se arrugara porque efectivamente iba a reunirse con algún empresario inmobiliario (tal vez importante, ¡muy importante!) de la zona balneárea  que une las playas de Ostende con Pinamar, para comprar unos terrenos donde edificar una propiedad que traería dividendo para todos y una casa en la costa.
-“Chau, chau”-, decía, mientras cerraba la valija con un cierre relámpago y hermético y un silencio misterioso y cómplice que fascinaba únicamente a él –quizás- y por supuesto a sus nietos, y se iba. Cuando caía la sombra y asomaba la punta del ovillo de un hilo delgado y tenso dispuesto a ceder de a poco.
Total no podían hacer nada, total para qué le iban a avisar a dos menores de menos de diez años que les causaba gracia que un tipo que se las daba de empresario exitoso de la construcción; que siempre vivió a expensas de su hermano menor porque la plata que heredaron los dos, él se la gastó toda y ya no contaba con ella; que edificó dos edificios de tres pisos y que decía que había construido más de veinte en la zona de Palermo viejo y era mentira; que soñaba con levantar una propiedad de más de tres pisos alguna vez (cuando el código de edificación lo permitiera) del otro lado de la Avenida Canning hacia la Iglesia Guadalupe porque las viviendas allí tenían un valor mayor de venta y potencialmente sería un excelente negocio (pero los terrenos eran muy caros y lamentablemente nunca pudo hacerlo); que vestía siempre de traje gris oscuro y corbata lisa entre semana (por eso les causaba gracia a sus nietos cada vez que les pedía que acomodaran la chomba a rayas marrón para la ocasión. Porque era toda una novedad que se vistiera así); que nació en La Coruña, en la zona gallega de España, que vino a vivir a Buenos Aires alrededor de los nueve años cuando su familia puso una panadería sobre la calle Paraguay entre Gurruchaga y Acevedo (ahora la llaman Armenia) y habitaban el piso de arriba: él, su papá, su mamá y sus hermanos: tres varones y una mujer; que se fue a estudiar de adolescente el secundario a Madrid, que volvió y enamoró a una mujer bellísima que nació en Estambul, Turquía y que trajeron de muy chica a la Argentina (previo paso por Brasil, lugar del cual emigraron cuando la fiebre amarilla arrasó con la vida de su hermana menor que apodaban “Orito”) y ella también terminó en Buenos Aires y en Palermo viejo como él; que se instalaron en la calle Nicaragua a unas pocas cuadras de donde él vivía y que la propiedad ahora es de una Escuela pública primaria denominada “Cuba” –imagínense el tamaño que tenía la casa-; que al silbido de su “Chuuu…” de cada tarde adoptó el sobrenombre, que le pusieron las hermanas de su joven enamorada: “ahí está otra vez ese galleguito con ese: Chuuu… rompiendo las guindas” cuando la iba a visitar de novio y le quedó “Chu” para siempre; que le escribía cartas que se volvieron amarillas con el paso del tiempo que concluían siempre con la misma frase: “De tu simpático Manuel” y que terminaron unidos en infeliz matrimonio hasta que la abuela de los chicos desgraciadamente murió.
Total no podían hacer nada, total para qué le iban a contar a dos menores de menos de diez años que les causaba gracia la anécdota de la valija, lo que estaba pasando.
¿Para qué?
Donde el tiempo se descuelga húmedo como goteras en la pared que vendan los ojos de miradas cabizbajas: conocidas y no, de ventana a ventana, de valija en valija, de maleta en maleta, de verde a verde oscuro y de verde oscuro a verde limón, de puerta a puerta de una casa a la otra y otra vez de regreso como si nada hubiera pasado.
Ese miedo a ser descubierto por los que de cualquier manera ya lo sabían y callaban y jamás intentaron quitarle la careta, su abuelo no lo tenía; pero sus nietos sí.
Nublado pasado, donde cualquier movimiento en falso encendía la chispa que prendía el fuego que quema los trapitos que salían al sol en cada viaje a la costa, en cada despedida, en cada “chau, chau”, en cada “hasta pronto” y los consume en cenizas de cartas amarillas sopladas por el viento para que todos los vecinos dejaran de curiosear de una vez. Y lo hacían como tantos de puros cagones nomás y no por otra cosa.
Sin ton ni son veían al engaño alejarse solo desde las puertas de su casas y no hacían ni decían nada.
¿Total para qué?
Menos dos chicos que se tomaron el trabajo de revisar cada cajón, cada placard, cada mueble, cada recoveco, cada rincón debajo de la cama y arriba también, cada vitrina dejando resbalar la mirada cada vez más curiosa esperando encontrar un indicio, una huella que se prolongara en las grietas de los mosaicos avejentados y una y otra vez. Una tras otra las piezas que conformaban este cruel rompecabezas.
Bastaba atravesar la calle y todo el barrio ya conocía el cuento, dejando también que la mirada resbale cada vez más curiosa, chusma sobre la acera mojada de las señoras que salían a baldear la vereda sólo para verlo partir y regresar después, y cuando ya no había que baldear las barrían, acaso por lo mismo.

-“Taxii”- ¿Y quién sabe a dónde iba?
-“Taxii”- ¿Y quién sabe de dónde venía?

Porque nadie sabe de los suspiros nocturnos de un hombre casado, padre de familia y abuelo, que a la mañana siguiente se queja insistentemente porque no encuentra el anillo de casado y aunque no quiera y aunque quiera quedarse, y le jure a gritos que la ama tanto, que es “el amor de su vida”, se tenga que ir.
El relámpago de luces del amanecer que vela toda evidencia, toda disculpa, evaporando los motivos que nadie hace suyos, porque cada quien está solo en sus mentiras y no reconoce a nadie de regreso a su casa.
¿A cuál de las dos?, a los reflejos de neón que lo encandilan en el disparo instantáneo de una foto familiar.
Porque nadie sabe de las excusas diarias de un hombre casado, padre de familia y abuelo, que a la noche se queja insistentemente porque tiene puesto el anillo de casado y aunque no quiera y aunque quiera irse, y se jure a gritos que ya no la ama tanto y que ya no es “el amor de su vida” y calle, se tenga que quedar.
Más adentro, cruzando el umbral nadie podría imaginar lo que hacía en su ausencia. Ninguna esposa por más mal pensada que fuera reconocería a su gran amor haciendo malabares con su amante para ocultar las pruebas que lo comprometen, para esconderlas entre los pantalones. Porque no le conviene. Porque Manuel era un caballero y bajo ningún punto de vista podría hacerle una cosa así: “si ella le dio hasta lo que no tenía, si le dio un hijo varón como él tanto quería y permitió que se gastara toda la fortuna que heredó de su familia sin decir una palabra”. Porque le duele pensar. Porque de todos modos la amante es la otra y ella era su esposa y por eso no iba a dejarla.
Para volver como si nada silbando un “Chuuu…” que se quedaba de a poco sin las vocales y emigraba en una “chhh” cada vez más muda. Y soportar una vez más la mirada casi siempre desafiante y el desprecio de su nuera (que por supuesto, sabía perfectamente lo que hacía, porque se había dado cuenta, porque era mujer y lo había enfrentado más de una vez con suerte diversa, pero decidía no hacer escándalo, por su marido tal vez). La vergüenza y la bronca de su hijo (que también lo sabía y nunca pudo terminar de digerirlo y quizá por eso jamás lo enfrentó). La fascinación y sospecha de sus nietos (que por no saber y por la “inocencia” de su edad lo ayudaban a armar la tramoya encubierta en valija y empacada en un viaje). Y la resignación y sumisión de su esposa (que por el tipo de educación conservadora que recibió y por temor a que se fuera) prefería hacerse la enferma para retenerlo, más que sea en la semana o por el tiempo que durara su ilusión de matrimonio “real”, porque de “ideal” le quedaba muy poco.
Y se conformaba con tomar unos mates con empanadas de carne roseadas con azúcar o acompañadas con un rico pan dulce, con empujar la bombilla hacia su boca con saña para darle un mate “bien, pero bien caliente” cuando se quedaba dormido del otro lado de la cama, como reclamando una atención que no iba a durar más que el tiempo que durara el reproche, y de paso cañazo quemarle los labios cada vez más fríos como su corazón. Simplemente para que reaccionara, para burlarse, pero nada más. Y a decir verdad, esto que le hacía era una maldad infantil comparada con las que él le propiciaba a diario y ella le perdonaba de por vida.
Y se conformaba con hacerle la comida por las noches; con mandarlo a hacer la compras por la tardes; con gritonearlo cada tanto; con mandonearlo un poco más, con consentir con la cabeza cada vez que una vecina alababa la cara de santo que su marido tenía: “igualita a la del Papa Juan Pablo II, decían”; con prolongar una relación totalmente desgastada: si su marido ya no la tocaba porque decía que le habían unido las trompas y que por eso no tenía sensibilidad y el que no tenía sensibilidad alguna era él.
Si ya no tenía un solo gesto de cariño para con ella. Porque decía que era una mujer desequilibrada totalmente, al igual que su hijo. ¡Que antes no era así! ¡Que culpa tenía èl!
Hasta que el día de su entierro (porque la abuela de los chicos por desgracia murió unos años antes que él) expresó sin una sola lágrima de sal que le cayera de los ojos y al menos se los irritara y contuviera la pena una especie de confesión que lo delató aún más ante los oídos de su nieto varón repitiendo: “era una buena mujer”, “era una buena mujer”.
-¡Y claro que lo era!-, porque así lo sentían sus nietos, sintiendo el dolor en la cicatriz de ya no estar con ella cuando cae la sombra y asoma la punta del ovillo de una madeja que no se puede desenredar hasta pasados los años.
Así, giraba la confusión y se queda el entierro bajo un manto de piedad solo y no tanto, envuelto en pañuelos de tela que una vez cerrados vaya uno a saber si secaron lágrimas o no.
Por eso le creían, porque los chicos aunque quisieran no podían salir de su asombro. Porque sí tal vez. Porque es más fácil quizás. Porque es más fácil creer. Lo que no se dice, nadie lo sabe y un rumor por más fuerte que suene no es lo mismo que una verdad a ciegas.
En ese caso no podían hacer nada, total ya le avisaron a su padre y no quiso saber, no quiso, no escuchó o prefirió mirar para otro lado.
En realidad no había nada más que pudieran hacer ellos, si el hecho estaba consumado, que había un señor de unos cuarenta y pico de años, algo menor que su papá y un poco más alto y más flaco, muy bien vestido, que no paraba de mirar el féretro de su abuela como si algo les quisiera decir y no se animaba.
Su padre no se dio por aludido y se mantuvo aferrado a la manija del cajón donde llevaba a su madre cada vez más fuerte, como si eso lo salvara de la noticia, como si nada le hubieran dicho sus hijos, como si su padre no tuviera nada que ver con ese señor que desapareció tan rápido como apareció ante la invisible mirada de todos.
Aún así, mientras los chicos intentaban horas después configurar en vano la imagen de ese hombre no lograban hacerlo, porque tampoco ellos salían de su asombro: por un lado, que tuviera el tupé de apersonarse nada más y nada menos que en el entierro de su pobre abuela y frente a su padre; y por el otro, que su papá no haya manifestado reacción alguna, como si no le importara o como de lo contrario le importara tanto que no supiera que hacer.
Muchas cosas ocurrieron desde que apareció ese hombre en sus vidas flotando a la deriva por los mosaicos trisados de la última pieza de ese cruel rompecabezas: que empezaba a tomar forma con la valija verde limón que ayudaban los chicos a armar y terminaba con él. Y es por lo visto en diferido que el mismo acto se reitera en el rodaje. Las cosas seguían en el mismo lugar como invisibles, y no tanto.
Es así, que en apariencias el abuelo de los chicos seguía haciendo las mismas cosas sin que nadie le dijera nada ni nada lo detuviera: armaba la valija y se iba los fines de semana a la costa atlántica, pero ya no cada quince días, sino cada siete, total ya su esposa no lo retenía. A alimentar la mentira de viajar a ver su famoso terreno de la zona balneárea  que unía las playas de Ostende con Pinamar donde iba a edificar una propiedad que traería dividendo para todos y una casa en la playa.
Pero las apariencias engañan y así es la ley de los que viven a la sombra de un cielo endiablado y repartido, cuando el teléfono no paraba de sonar y del otro lado de la línea se escuchaba la voz de un señor de unos cuarenta y pico de años preguntando por un tal Manuel Santamarina, su abuelo.
Y todo esto junto, formaba un cóctel explosivo para el estómago sensible de su padre que seguía sin poder digerir la noticia y cortaba los llamados o directamente les prohibía a todos los demás atender el teléfono, excepto cuando se trataba del llamado de las 14.30 que era cuando se comunicaba su esposa, que era la madre de los chicos, para ver cómo estaba todo, y lo hacía desde la escuela primaria donde trabajaba porque era docente.
Todavía goteaba a baldes el placer húmedo de la axila del abuelo de los chicos por haber ocultado durante tanto tiempo el tener otro hijo. ¿Pero si había otro hijo había otra mujer? ¿Por qué si no donde se iba cada verano, cada primavera, cada otoño…  cuando sus nietos con infantil inocencia le armaban la valija? ¿Y dónde vivía durante esos días? ¿En Pinamar? ¿En Ostende? ¿Dónde?
Fue ahí, cuando los chicos se fueron corriendo al cuarto de sus abuelos con las manos traspiradas en sospechas y la mirada fija con el objetivo de revisar cada cajón, cada placard, cada mueble, cada recoveco, cada rincón debajo de la cama y arriba también, cada vitrina dejando resbalar la mirada cada vez más curiosa esperando encontrar un indicio, una huella que se prolongue en las grietas de los mosaicos avejentados y una y otra vez, una tras otra las piezas que conformaban este cruel rompecabezas, que al fin se había completado con la última pieza que faltaba, pero buscaban las pruebas que comprometieran a su abuelo y cerraran definitivamente el caso.
Al final de cuentas, lo único que encontraron en los cajones de la cómoda fueron los pañuelos blancos atados por su pobre abuela y desatados uno por uno por ellos con lágrimas que cerraban los ojos, tratando de unir de un tirón los deseos que no fueron cumplidos en cada pedido, en cada ruego, en cada suplica, a un tal “Poncio Pilato” cuando rezaba en voz alta: “Pilato, Pilato, hasta que no se cumpla mi deseo no te desato”, “Pilato, Pilato…” Y los deseos cuales quiera que fueran, por lo visto, no se cumplieron, y los chicos desataron cada pañuelo con lágrimas que cerraban los ojos, llorando porque es triste ver como los ríos huyen, como la vida se escapa a veces y no podemos seguirla porque no nos dice a donde va, como un cuerpo y su sombra, que se ha acostado a la espalda del sol mientras dormía a descansar. Y abrieron cuidadosamente cada sobre y leyeron en cada escrito cada letra de lo que decía y en todos decía lo mismo: “No dejes que me deje. Por favor, te pido: No dejes que me deje, Pilato”.  Como si en ese sitio de “no me dejes” no hubiera lugar para que pasara lo que pasó.
Los cajones de la mesa de luz y del ropero de su abuelo en cambio estaban cerrados bajo siete llaves y no pudieron abrirlos y los muebles que tenían en común ya no poseían asuntos ni cosas que le fueran comunes.
El sendero entre los surcos se volvió tan estrecho y el llanto tan alto que humedeció los trajes colgados en la puerta del placard del abuelo de los chicos con el rocío de la tristeza olvidada de su abuela que subía desde el piso. ¿Por qué ya no debería preocuparse que su ropa estuviera mojada? Si prácticamente ya no la pensaba usar más. Si cada vez volvía menos a la casa y ahora eran más los días que vestía chomba que trajes. Hasta aseguran algunos vecinos que lo conocieron que ahora tiene varias chemises de marca francesa más la chomba a rayas marrones, cuando aún la contención de la foto con la imagen de su esposa se evacuaba sobre el retrato y la da vuelta en la mesa de luz porque da culpa mirar, pero no la quita.
Así, frente a la puerta, el padre de los chicos tuvo que hacerse cargo de más de cuarenta años de ausencia cuando el susodicho se le presentó cansado que no le atendieran el teléfono y si lo atendían no le pasaban los llamados al señor Manuel -si se lo podía llamar señor- y siempre las mismas excusas: “que no estaba”, “que se fue”, “que no sabían cuando volvía”, “que no moleste más, por favor”, “que esta es una casa de familia”, “que no conocían a nadie con ese nombre”, “que acá no vive”, “que no insista”, “que no está”, “que acá no es”.
Así, frente a la puerta, el padre de los chicos tuvo que hacerse cargo de lo que nunca se hizo cargo cuando se le presentó y le extendió la mano para saludarlo, y él en cambio, lo echó a los gritos e intentó golpearlo, como liberándose de una cadena perpetua de rabia contenida y silencios que aturden al verlo llegar.
Bastaba atravesar la calle y todo el barrio ya conocía el cuento, dejando también que la mirada resbale cada vez más curiosa, chusma, sobre la acera mojada de las señoras que salían a baldear la vereda sólo para ver lo que estaba pasando esta vez y cuando ya no había que baldear las barrían, acaso por lo mismo. Esfumando vidrios de ventanas que corriendo telones de tul dejaban salir del mar los tiburones que no se ven, pero atacan a mansalva en la orilla a los indefensos con “el qué dirán”. Y al padre de los chicos le importaba más “el qué dirán” que saber positivamente que tenía un hermano de casi su edad oculto durante tantos años.
Como si hubiese sido ayer el día que murió su madre y desde aquel día no pudo dormir tranquilo nunca más por la amenaza latente de un llamado insistente que dejo de ser llamado para volverse persona de carne y hueso por obra y gracia de un espíritu no tan santo frente a sus ojos y burló la fantasías más espantosas de todos y todas y de los que preferían no saber u ocultar.
Cuando el fulano se presentó a los gritos diciendo: “pero de que está hablando, ¡loco de mierda! Por qué no deja de pegarme y me escucha. ¡Yo no soy el hijo de su padre! Su padre me debe un montón de plata, ¿sabe?, por unos terrenos que compró en Pinamar hace varios años para construir un complejo turístico que dejó a medio hacer y que nunca terminó y que cada vez que viene por la costa -y le aseguro que son muchas las veces- me visita en la inmobiliaria y se la pasa “llorando” que tiene problemas financieros y me promete que esta vez si me va a pagar, pero que tengo que esperar unos meses más, que solucione esos benditos incovenientes que tiene. ¿E imagínese, que yo no puedo esperar más?
Pero ahora hace un tiempo que no aparece por mi oficina y estoy un poco podrido, ¿sabe?, y yo necesito cobrar. ¿O por qué cree que lo estoy buscando hace un par de meses? Si encima el muy cínico me dio una dirección trucha y cuando fui a buscarlo me encontré con un muchacho de más o menos nuestra edad o un poco menos
que vive en la calle Paysandú al 2300 en la localidad de Ituzaingo con su mujer y sus dos hijos más o menos de la misma edad que los suyos, justo adelante de la casa de su madre y me aseguró que no conocía a ningún Manuel Santamarina y que no tenía la menor idea de por qué le habían dado la dirección de su casa y le creí.
En cambio, a usted no le creí cuando me dijo lo mismo: una, porque dio muchas vueltas al decirlo y un poco que tartamudeaba; y otra, porque sabía efectivamente que vivía acá. Lo confirme el día del entierro de su madre cuando los vi a todos juntos en la foto familiar del sepelio. También sé que está poco y nada por acá, que se la pasa más tiempo afuera que en su casa y no precisamente trabajando ni buscando la forma de pagarme, por eso no me mandé antes sin avisar y llamaba y llamaba una y otra vez esperando que me atendiera para acordar el encuentro por desagradable que este fuera para ambos.
Pero usted, se volvió loco o algo así y no sé qué carajo pensó y empezó a gritarme y a querer golpearme. Diga que sé defenderme y me pude imponer y si no lograba hacerlo entrar en razones usted me mata y eso que tengo cancha en esto de perseguir morosos, ¡ehh!
¿No sé que se pensó usted? Pero le aseguro que yo no soy el hijo de su padre y lamento mucho que usted lo sea, porque ésta de una forma u otra me la va a pagar. Su casa esta como garantía, ¿sabe? Y si no aparece de una vez por todas y paga lo que debe, se la saco a remate.  Porque me debe un montón de plata y si no le ejecuté antes los pagarés que tengo firmados de puño y letra por él, ni le mandé un matón hasta ahora para que lo cague bien a trompadas, es simplemente porque le tuve piedad por esto del fallecimiento de su madre y lo noté dolido la última vez que lo vi en Pinamar, y aunque le parezca mentira me conmovió, porque hace poco se murió mi mujer y se lo que se siente. Y entonces, le perdoné la vida por lo de su esposa y porque además es un señor ya bastante grande y boludo para hacer las cagadas que hace.
Imagínese que estaba tan nervioso por la muerte repentina de su esposa la última vez que lo vi en mi casa de Pinamar que se olvidó una valija verde que tengo guardada en la camioneta.
-¿Si quiere se la doy?”
-…No fue repentina la muerte de mi madre-, contestó el padre de los chicos.
-¿Eso fue lo único que escuchó de todo lo que le dije? ¿Usted es un enfermo? ¿No le importó todo lo demás? ¿Noo?
-¿Quiere la valija o no quiere valija?
-(…)
-¿Me va a contestar o no?
-(…)
-Ma sí, yo se la doy y listo ¡loco de mierda! y avísele a su padre cuando lo vea que lo estoy buscando y que es mejor que me llame. Por el bien de él y de los suyos, le digo, ¿sabe? ¿Porque en algún momento lo va a ver, no? Dígale que me pague o me traspase de una vez por todas la maldita escritura de los terrenos, así los puedo volver a vender. ¿Me pregunto cómo pude confiar en él? ¡Que pelotudo!
-Hasta luego y lamento no poder decirle: “Buenas noches”, mejor dicho: “Buenas tardes” y ¡la puta madre que los parió a todos ustedes!
El padre de los chicos agarró la valija con bronca. Entró al departamento con más bronca para arrojar después la valija verde limón, con más rabia aún, en la cama vacía de su padre y se encerró en su cuarto sin decir palabra en el silencio que flamea con el viento de la vergüenza de callar lo que no fue, durante tanto tiempo, esperando únicamente que su esposa volviera del trabajo.
Fue ahí, cuando los chicos se fueron de inmediato corriendo al cuarto de su abuelo con las manos traspiradas en sospechas -aunque ahora eran otras- y la mirada fija con el objetivo de revisar la valija verde que tantas veces ayudaron a armar y se morían de ganas de desarmar por última vez una por una, cada una de las piezas del cruel rompecabezas que empezaba con la valija verde y terminaba con ese hombre ¿o acaso con quién?
Fui ahí, cuando no les hizo falta en absoluto revisar cada cajón, cada placard, cada mueble, cada recoveco, cada rincón debajo de la cama y arriba también, cada vitrina dejando resbalar la mirada cada vez más curiosa esperando encontrar un indicio, una huella que se prolongue en las grietas de los mosaicos avejentados y una y otra vez.
Una tras otra las piezas que conformaban este cruel rompecabezas, que al fin se había completado con la última pieza que faltaba, que paradójicamente se trataba de la primera, pero buscaban las pruebas que comprometieran a su abuelo y cerraran definitivamente el caso de una vez y para siempre.
Al final de cuentas, con sorpresa, lo único que encontraron en la valija verde -que por supuesto se volvió mucho más misteriosa del momento en que la vieron por última vez- fue: varias cartas documentos enviadas por algún que otro abogado; un pedido de inhibición por alguna sentencia firme por algún juicio comercial perdido; muchas boletas de impuestos y muchos pagares impagos; ¡muchos! y con montos imposibles de afrontar; la chomba a rayas marrón que la abrazaron como si abrazaran un recuerdo dispuesto a volver y la miraron durante un largo rato, simplemente porque les gustaba recordar; una foto de una casa en venta de dos plantas y parque con otra casa a medio construir en el fondo ubicada en la calle Paysandú al 2300 en la localidad de Ituzaingó; un aviso para publicar esa casa en el diario Clarín los días sábados y domingos; un sobre con unos cuantos dólares; un título de propiedad de un condominio en el barrio Miraflores en la zona de Pinamar; el título de propiedad del departamento de la calle Guatemala donde vivían todos que para colmo estaba hipotecado; otro título de propiedad de la casa de Ituzaingó a nombre de Manuel Santamarina; una carpeta para pedir un crédito en el Banco Supervielle que justificaba los ingresos que no tenía y ponía como garantía la casa de Ituzaingò; y cartas y más cartas, infinidad de cartas húmedas que el encierro de los años en valijas las volvieron amarillas.
Los chicos las leyeron una por una con los ojos cada vez más achinados y rojos producto del asombro y del esfuerzo por mirar con mayor atención hasta que se hizo la noche, mientras disminuía la luz natural asfixiada por las luces recién prendidas de los veladores y decían: “Soñé que volvía a amanecer, soñé con otoños lejanos / Mi luz se ha apagado, mi noche ha llegado; busque tu mirada y no hallé / La lluvia ha dejado de caer, sentado en la playa del olvido formé con la arena tu imagen serena, tu pelo con algas dibujé / Y busqué entre las cartas amarillas mil te quiero, mil caricias y una flor que entre dos hojas se durmió / Y mis brazos vacíos se cerraban aferrándose a la nada, intentando detener mi juventud / Al fin hoy he vuelto a la verdad, mis manos vacías te han buscado; la hiedra ha crecido, el sol se ha dormido, te llamo y no escuchas ya mi voz / Y busqué entre las cartas amarillas mil te quiero, mil caricias y una flor que entre dos hojas se durmió / Y mis brazos vacíos se cerraban aferrándose a la nada, intentando detener mi juventud / Y busqué entre las cartas amarillas mil te quiero, mil caricias y una flor que entre dos hojas” que no pudo elegir, agobiado por las deudas, y se fue cantando con sus cartas amarillentas bajo la lengua, un envido en un juego de truco que al tener que mostrarlo suspendió el engaño a través de los años mientras volaban las hojas escritas por el viento norte en la esquina de Guatemala y Gurruchaga: solas, empujadas, sucias, borrosas. Perfumadas todavía con olores extraños del amanecer de alguna mañana, cuyo remitente decía: “De tu simpático Manuel”.
Arrojadas por dos chicos de menos de diez años por la distancia que separa una casa de la otra.



miércoles, 20 de febrero de 2013

Lágrimas de desamor


No hay peor cosa
que una tormenta sin truenos
y un amor sin lágrimas.


   A LA VUELTA DE LA ESQUINA: hay sueños destapados, de sábanas frías y un alma escapando. Durmiendo en la calle, viviendo de a ratos, de limosnas cómplices que huyen de espanto. Para que el mismo espanto las acerque una mañana de sol volviendo del Botánico. Sin mate ni biscochos ni nada para ofrecer pero con palabras tan finas que no caben los recuerdos.
A la vuelta de la esquina: vendedores ambulantes, ansias de inmigrante, de pasado pobre. De Lima a Buenos Aires, en micro, dejando una esposa y dos hijas. Bajo promesa de enviar plata ni bien pueda. Pero ya conoció otra mujer en el viaje, peruana también. Y como se sabe -y más si viene de un hombre- hay promesas que se las lleva el viento y se cumplen a medias. Se los ve juntos buscando pensión donde vivir y un modo de subsistencia que los una.
A la vuelta de la esquina: hay sexo durmiendo, a la espera de un orgasmo que le calme el día, porque la noche está quieta, demasiado quieta, entre tanta demanda espontánea y un amor… esclavo. Esclavo del sexo, de un sexo bien pago, a veces. Nació hombre en Jujuy, alquila una pieza en la calle Thames con baño y cocina compartidos, tiene un sueño escondido y desde los dieciséis  se llama Rocío, como la Durcal.
A la vuelta de la esquina: te confías y te acuestan, infancia de rugbier, de colegio privado, de piso en Vicente López, apellido ilustre y familiares ricos que ya no ve. Los años le hicieron  perder la parafina de surfer pero no las mañas. De nombre Lisandro, casado, una hija, vive por ahora en Almagro y mucho el barrio no le gusta. Al menos eso dice.
A la vuelta de la esquina en Guemes entre Thames y Gurruchaga con Borges de testigo y el tránsito que cambió de mano hay corazones en sangre viva, perdidos, desolados.
Soñando con los ojos abiertos.

   POR ENTRE FRAZADAS IMAGINARIAS que le quitaban la calma por las noches Esa noche, se decía:
-Tapate, Ramiro, tapate que hace frío- . Por eso estás temblando. Pero no se tapaba.
Y seguía¨
-¿Y la colcha? ¿Por qué no me la alcanzás?-
-Por que no está, la colcha, no está-
-Si Memeca me iba a traer una-
-Tapate, Ramiro, tapate que hace frío-
(Pero Memeca no vino esa noche)
-Te das cuenta es por eso que quiero dormir durante el día-
Para poder cuidar las cosas, las pocas cosas que tengo, porque si no te las roban.

Manchas grises en el cielo, lágrimas de lluvia que caen.
Trastos, la ropa está sucia y mojada, la vereda rota.
El frente de la ventana donde deja sus cachibaches.le hace las veces de repisa.
Una taza,….
La comisaría 23 en la esquina mira para la Av. Santa Fe y lo olvida. Los vecinos lo incorporan al paisaje y le gritan: “Ramiro”, “Ramiro”.
-No me digas Ramiro, decime “calle” (por favor, te pido, decía para adentro)
Un chica rubia alta lo saluda con un beso. Ramiro traspira humedad, yagas en las manos, cayos, uñas negras quebradizas, largas y lee, mucho lee, a veces escribe.

Se adueño de la calle, dice Beba y se encargó de difundirlo por todo el barrio. Lo denunció en la comisaría de la esquina, pero ahora con esto de los derechos humanos la policía está atada de pies y manos, “que van a hacer los pobres, si tienen más derecho los delincuentes que la gente de bien y esté vago que vive en la vereda de enfrente afea mi balcón cada vez que salgo a mirar a la calle y lo veo” Cada vez que voy a la comisaría el propio comisario y todos los agentes me tratan muy bien y me toman la denuncia, ya tengo seis, pero no hacen nada. Ni bien consiga el número del Gobierno de la Ciudad voy hacer la queja. Me lo va a pasar una amiga que vive en la calle Malabia. Ellos me van a escuchar. ¡Estamos en Palermo, a una cuadra de la Avenida Santa Fé y parece una villa!

Amanece.

-Memeca, exclama Ramiro-
-Oui., Ramiro, Oui.
La reconoció por el modo de andar y por que arrastra levemente la pierna derecha. Ese zumbido en la baldosa y el perfume a lavanda de su piel eran inconfundibles para él, porque la amaba.
Todavía estaba medio dormido
-Te  sirvió la colcha que te traje-
-Aquí está-
-Anoche no pude venir porque fui a la casa de mi hija a cuidar a mis nietos-

                                                                                                                       (continuará)

domingo, 6 de enero de 2013

Tablas


LEVANTÀBAMOS LA MESA después de comer, a veces ni siquiera eso, corríamos el mantel con el propósito de hacer lugar para colocar el tablero a cuadros marrones y blancos y jugar al ajedrez, mientras mi mamá gritaba insistentemente en vano que la ayudáramos a llevar los platos a la cocina. Pero no le hacíamos caso, parecíamos no escucharla. Al menos no siempre. Mi hermana en cambio sí.
Jugábamos después de cenar, después de almorzar, los sábados por la mañana y a veces  también los domingos. Jugábamos todo el tiempo desde mis cinco años hasta aproximadamente mis doce. Éramos bastante buenos jugando al ajedrez o simplemente eso creíamos, porque ninguno de los dos habíamos jugado contra otros rivales. En realidad miento, porque mi papá sí. A mi papá le había enseñado a jugar al ajedrez mi padrino que era también mi tío abuelo y con él, que era su tío, había jugado varias veces. Mi padrino siempre contaba que había sido federado en la Asociación Cristiana de Jóvenes, el la llamaba la YUMEN o algo así, ahora creo se llama YMCA y decía haber ganado algún que otro torneo juvenil hacía ya mucho tiempo. Pero mi padre jugaba mucho mejor que él o al menos así lo hacía en la época en que yo los vi jugar, aunque Gabino ya estaba bastante viejo y tal vez el parámetro no fuera el real.
A mí, en cambio, me enseñó mi padre. Yo nunca había jugado contra mi tío abuelo, ni con otra persona que no fuera con mi papá. Tampoco me interesaba mucho hacerlo, es más: ni siquiera me lo planteaba.

-¿Con qué piezas jugás, Juan Carlos?
-¿Blancas o negras?
-Blancas papá, blancas, contestaba.
Y la partida empezaba.
-Peón, cuatro rey, movía yo.
-Peón, cuatro reina, movía él, planteando el desafío.

De tanto jugar el mismo juego, de tanto tocar una pieza “pieza tocada, pieza movida, decíamos” y moverla, y después otra y otra, y así hasta el final del juego, nos hicimos expertos. A veces ganaba él y otras veces ganaba yo, pero casi siempre salíamos tablas. Tablas en el ajedrez equivale a un empate, un empate de fuerzas que nunca compitieron porque a nosotros no nos gustaba competir y lo digo en serio, ¿saben? Lo digo muy en serio. ¿Y saben por qué? ¡Porque nosotros no competimos! No estamos para eso. Sería un acto mezquino y nosotros no somos mezquinos. Nosotros en la medida de lo posible ayudamos a los demás en lo que podemos, ayudamos a los otros y lo hacemos en todos los órdenes de la vida y ésta no era una excepción y más si ese otro se encuentra en inferioridad de condiciones respecto de las nuestras. Y lo hacemos simplemente porque nos sabemos mejores -¡por fanfarrones tal vez!- Puede que lo seamos un poco…a esta altura ya no lo sé. Lo hacemos simplemente porque nos sabemos mejores en este juego que ambos ejercitamos desde chicos y que más por práctica que por talento conocíamos bastante bien. ¡Porque nosotros no competimos…! O al menos esa nunca fue la intención. Hasta qué…a eso de mis diez años, mejor dicho, diez años para once pasó lo que les quiero contar:

-Juan Carlos, te voy a llevar a jugar al Parque Rivadavia. ¿Vos sabés que por la tarde se arman partidos bastante interesantes ahí  y van tipos que juegan más o menos bien al ajedrez. ¡Bueno! – al menos eso dicen ellos-  y me gustaría que le jugaras a algunos a ver qué tal son.
-A mi me gusta jugar con vos, papá. ¡Pero si  querés que vayamos, no hay drama! Vamos.

-¿Podemos jugar?, preguntó mi padre al llegar al parque.
-Sí, por supuesto, le contestaron de inmediato, pero tienen que esperar su turno porque hay otros amigos, como ustedes,  que también son bienvenidos y quieren jugar también. Acá el sistema es así: el que gana se queda sentado en la mesa y sigue jugando y el que pierde se va o se queda a la espera de una nueva oportunidad. ¿Pero eso como ustedes quieran?
-No hay problema, esperamos, respondió sereno mi padre. Como sabiendo que teníamos grandes chances de ganar, porque el ya había estado ahí mirándolos jugar sin decirme nada y los sabía inferiores a cualquiera de nosotros. Porque a cualquier juego que te dispongas a jugar es importante conocer las reglas, ¡claro!, pero más importantes es conocer a los rivales con los que te vas a enfrentar. Eso decía siempre mi padre. Porque el no hacía nada sin antes conocer el terreno donde iba a pisar, era su estilo, ¿saben?
Porque él no hacía nada sin antes haber hecho un estudio minucioso del caso, un cálculo preciso de las probabilidades reales que teníamos de ganar. Porque el ajedrez es un juego de probabilidades que tiene infinidad de posibilidades, pero infinidad no son todas y por lo tanto, como comprenderán, conocer la mayor cantidad de combinaciones es el mayor desafío de cualquier ajedrecista. Y en este caso, a decir verdad, él y yo éramos el mismo –aunque jugáramos de manera distinta- y sin decirme nada los días previos a ir al parque me entrenó para ganar.
Y si yo ganaba, ganaba él y me parece que eso nunca lo entendí del todo.

-Juan Carlos, quedate por acá, por favor. No te vayas muy lejos, que en un rato jugamos.
-(…)

Yo me fui a ver las revistas de comics que vendían en los puestos de revistas y libros de la plaza. Había muchas de Paturuzú, de Patoruzito y de Isidoro Cañones que a mí tanto me gustaban. Otras con los personajes de Disney. También había colecciones completas del Tony y de Dartagnan que le gustaban más a mi papá que a mí y que a veces me compraba como para entusiasmarme y tener algún que otro tema más para compartir conmigo, pero a mí mucho no me gustaban, las de Disney menos.
Cualquier otro padre me hubiera dicho que si le ganaba alguno de los viejos que jugaba al ajedrez en el parque me compraba una revista o dos, pero no era su estilo. Tal vez porque nosotros no necesitamos estímulos materiales para hacer las cosas, ni premios, porque nunca los hubo, porque ideológicamente estamos parados en la vereda contraria, porque nosotros no teníamos mucha plata y más después que mi papá se enfermó y por eso se quedó sin trabajo y con el sueldo de mi madre no alcanzaba para todos, aunque la pobre hacía el esfuerzo e incluso consiguió otro trabajo para poder mantenernos. Porque nosotros éramos seis: mi mamá, mi papá, mi hermana, mis abuelos y yo, y la única que traía plata a la casa era mi vieja y mi abuelo un poco, pero éste muy de vez en cuando. Era medio pelotudo, ¿saben?, pero así y todo aportando poco y nada, incluso sin proponérselo, alguna función en la familia debe haber cumplido. Porque nosotros ayudamos al otro, –eso hacemos, y eso siempre me lo machacó hasta el cansancio mucho más mi madre que mi padre, más con el ejemplo que diciéndolo-.  ¡Porque nosotros no competimos!, -acordate Juan Carlitos- porque nosotros no le ganamos a los demás por el solo hecho de ganar, ni festejamos los triunfos, ni los cargamos por perder, ni los gozamos, ni nos burlamos de la desgracia ajena, porque todos perdemos alguna vez. Porque son más las veces que se pierde en la vida de las que se gana, porque nosotros perdimos muchas veces y no perdimos en el ajedrez simplemente porque no competimos, si no también hubiéramos perdido.
Hasta qué…pasó lo que les quiero contar:

-Juan Carlos, vení que jugás.
-¿Cómo no iba a jugar usted?
-No, el que va jugar es mi hijo.
-Pero este chico no tiene más de nueve años.
-Diez.
-¿Y sabe jugar?
-Si, sabe. Yo le enseñé.
(Si le hubiera dicho: “Mejor que vos, viejo pelotudo”, hubieran sido las palabras de mi padre, pero por suerte prefirió ser educado y le dijo el correcto:
--“Si, sabe. Yo le enseñé”.

-¿Con qué piezas jugás, pibe?
-¿Blancas o negras?
-Blancas señor, blancas, contesté.
Y la partida empezó.
-Peón, cuatro rey, moví yo.
-Peón, cuatro rey, movió él, más cauto que mi padre.

Porque aunque yo era un chico, el señor no tenía manera de saber de qué modo jugaba yo, además era una persona correcta, y en el ajedrez como en casi todos los órdenes de la vida, es inteligente ser cauto y no subestimar al rival, aunque este sólo tuviera diez años. Y está muy bien ir despacio, pausado, tranquilo, de a poco, como midiendo al adversario, como tanteando la cosa, ¿saben? Con el propósito posterior de acorralarlo y ahí sí, tender las redes que lo vayan enredando y lo conduzcan inevitablemente a una trampa de la que no tuviera escapatoria. De ninguna manera, aunque se lo proponga. Porque ya es tarde, demasiado tarde. Porque aunque quisiera no iba a poder salir.
Y a esa trampa lo vas a tener que ir acercando, también de a poco, en silencio, esperando el momento preciso en que tropiece y caiga. Porque va a caer, pero recién cuando ya no tenga escapatoria y no antes. Y para eso hay que saber esperar el momento preciso y tener paciencia, mucha paciencia. Cuando sin darse cuenta, casi por sorpresa empiece a desesperarse y mire para los costados y nada, y vuelva a mirar para los costados y otra vez nada. Porque ya no le queda nada por hacer, aunque quiera, aunque lo intente.
Pero segundos antes, ¿saben?, uno de los dos se sintió ganador, porque la sensación de triunfo o de fracaso casi siempre se siente unos segundos antes –y ese fui yo- y anuncié esta vez internamente –como lo hacíamos con mi padre- la jugada maestra que anticipa el final.
Porque el ajedrez es un juego de conocimiento y el conocimiento se sabe, no se intuye, ni se cree, ni se motiva, ni se supone y nosotros simplemente sabíamos jugar al ajedrez, conocíamos el juego bastante bien, lo habíamos jugado muchas veces y aunque le parezca mentira en los momentos cruciales la diferencia se nota.
Así me lo enseñó mi padre y yo, lamentablemente, -acaso por un desvío emocional que tengo y no por otra cosa- cuando juego al ajedrez le juego a todos los rivales como si el que estuviera en frente fuera él. Es una estupidez, pero no lo puedo evitar, ¿saben? y a decir verdad, tampoco lo intenté mucho. Yo no tengo ninguna estrategia, ¡ninguna!, pero se utilizar perfectamente la estrategia del otro y lo hago a la inversa, invierto su juego, lo doy vuelta con una facilidad que a veces incluso a mí mismo me asusta. Definitivamente... ¡Eso hago!, pero les juro que lo hago casi sin darme cuenta, incluso por deformación educativa, hasta con culpa.
El otro propone el juego, me hago el que no quiero jugar (a veces es verdad y otras no) y en principio aceptó su planteó tal cual lo propone y  un poco se la hago creer y otro poco no me animo y otro poco le sigo la corriente –como a los locos, dirían por ahí-.  Eso hago.
Por favor no se enojen, ¡fue un chiste (…)! y juego en su terreno por un tiempo, el tiempo que sea necesario, y lo hago como para no despertar sospecha. Pero después me salta la hilacha y se me escapa algún comentario inoportuno y empiezo a sobrarlos.
Más por pereza que por soberbia, ¿saben?, porque me sé superior pero me cansa demostrarlo y por eso trato de no hacerlo y no porque tenga algún talento especial para el ajedrez porque no lo tengo –se los aseguro- si no porque lo practiqué todos los días de mi vida desde los cinco años y ese señor –sin ánimo de desmerecer- estoy seguro que empezó a jugar al ajedrez recién en la vejez para matar el tiempo, supongo, como lo hacen tantas personas de su edad, o esperar que irremediablemente el tiempo lo mate a él. Y sepan disculpar la ironía, porque les juro que ese señor no jugaba bien al ajedrez aunque le haya ganado a los dos contrincantes anteriores con cierta facilidad y pareciera feliz por eso. ¿Seguramente se trataba de jugadores peores que él? ¿Qué culpa tengo yo?
Apenas sabía mover las piezas, apenas…-Sin ánimo de desmerecer, repito- no entendía el juego. ¡No lo entendía!
En cambio yo sí, por desgracia yo sí y eso que a mí no me gustaba en absoluto jugar al ajedrez. De hecho hoy no lo juego.
Y fue así como le gané al primero y después al segundo y luego al tercero y todos me hacían las mismas preguntas:

-¿Cómo te llamás?
-Juan Carlos.
-¿Cuántos años tenés?
-Diez para once.
-¿En qué grado estás?
-Pase a sexto.
-¿Tenés novia?
-Todavía no.
-¿Te gusta jugar al ajedrez?
-Sí.

Y es ahí donde se detenía siempre el cuestionario, bastante pelotudo por cierto, porque empezaba a sentirme un mentiroso contestando las mismas preguntas de la misma manera. Si no les estaba diciendo otra cosa que lo que querían oír y les empezaba a poner cara de orto y ya no podía disimular mi fastidio porque a mí nunca me gustó el ajedrez.
Lo jugaba porque era un juego para mí, casi el único juego que jugaba con mi padre. A mí me gustaba la patineta y el fútbol, pero a mí papá el fútbol no le gustaba para nada y cuando le preguntaban de que cuadro era: “decía de River, porque Juan Carlos es de River”, pero nada más. Y la patineta, por supuesto, mucho menos, si un día, ¿saben?, me llevó a una pista que habían montado en la galería Harrods Gath y Chaves en la calle Florida y ni siquiera me alquiló las rodilleras y el casco y dejó que me golpeara por todos lados para demostrarme que no era un deporte para mí Y fue el ajedrez entonces, por descarte, el juego que nos unió durante mucho tiempo hasta que pasó lo que les quiero contar… y únicamente por eso lo jugaba y no por otra cosa.
Tampoco se muy bien porque me llevó a ese parque ese día a jugar con otros ajedrecistas. Supongo qué, porque aunque no lo dijera abiertamente, en el fondo quería que compitiera en algún deporte como lo hizo él en su juventud -aunque como ya les dije antes y no me canso de repetirlo: “el ajedrez era un juego para mí y no un deporte y menos una competencia” y un juego que sólo quería jugar con él-, porque él había sido Campeón sudamericano de equitación y fue el único jinete argentino de salto que pasó de la categoría “D” a la “A” en un año y compitió para el Club Alemán primero y para el Club Hípico después y hubiera ido a las olimpíadas de no ser porque mi padrino Gabino –ese que le enseñó a jugar a mi papá al ajedrez y que decía haber ganado algún que otro torneo juvenil, pero que jugaba mucho peor que él- le hubiera dado el mejor caballo a mi padre y no a un tal Arrambire y dejara trunco para siempre su sueño olímpico.
Porque después ya no pudo, porque después se casó y nunca más tuvo otra oportunidad, porque las oportunidades no abundan en la vida, ¡sépanlo!
Como no tuvieron otra oportunidad de jugar conmigo los cinco tipos a los que les gané con cierta facilidad porque nunca más volví a jugar al ajedrez a ese parque. Porque nos fuimos ofendidos, molestos, irritados, de mal humor, y como no nos íbamos a ir de ese modo, “si el nivel no era el esperado”, cuando mi padre fastidiado en mi nombre  o en nombre de los dos –porque yo, le juro, no emití palabra- dijo:

-El chico está cansado, así que no juega más.
-Vámosnos Juan Carlos, que tu mamá debe estar preocupada y ya está oscureciendo.
-Chau, chau, gracias por todo.

-Hasta luego, señor, Hasta luego, señor, le dije a uno por uno de manera educada y nos fuimos.

-Papá, para que me trajiste a jugar acá,
-Para ver si estoy viejos boludos eran buenos, pero por los visto no lo son. Además, yo ya no te puedo enseñar más.
-Esas pastillas de mierda que me dan, me dan mucho sueño y algunos mareos y ando un poco depresivo, ¿sabés?
-La semana que viene, si vos querés, vamos a Barrancas de Belgrano donde hay tipos que me parece que juegan bien al ajedrez y espero que sean un poco mejores que los que vienen a jugar acá, que por lo visto son bastante malos.
-Si vos querés vamos, pero… ¿Puedo llevar la patineta?
-Sí, Juan Carlos, podés llevar la patineta, si querés.

Ya en las Barrancas de Belgrano frente a las vías del ferrocarril, en una de esas tardes que mejor olvidar, no gané un solo partido, tampoco hice un gran esfuerzo, ni lo intenté demasiado.
Estaba desconcentrado, acaso disperso, maravillado por el tobogán de barrancas de ladrillo color naranja que hacía las veces de pista para deslizar mi patineta pro class en un escenario natural muy diferente al de Harrods y mucho más seductor, aunque lo que finalmente deslicé fueron mis huesos uno por uno: primero los de mis codos y después los de mis rodillas, luego los de mi pera, los de mi frente y espalda por la cantidad de golpes que recibí. Porque el suelo no era propicio para andar en skate y para nada liso, más bien todo lo contrario, y yo no era precisamente un experto en el arte del skate y aunque lo fuera tampoco había cuerpo que pudiera soportar ni sortear tanto desnivel, ni tanto ajedrecista adulto ensañado en ganarle a un chico de diez años que esa vez, les juro, no tenía ganas de jugar…
Totalmente desconcentrado, ido, con la cabeza en otra parte, perdido, que no soltó la patineta pro class en toda la tarde porque después de jugar al menos tres partidos de ajedrez estaba autorizado por su padre a andar “culo patín” más que en skate por aquellas barrancas golpeadas a moretones.
Por eso preferí perder lo más rápido posible y no por otra cosa, porque eso fue precisamente lo que hice –dejarme ganar-.
Porque en ningún momento pude hacer pie bajando las barrancas de un parque que si no fuera por la cantidad de edificios que construyeron en frente, tendría una hermosa vista al río que inundó de gotas de lluvia mi llanto desde aquel día y para siempre.
Porque en el rezongar del vínculo que nos unía con mi padre se enojó mucho conmigo: por mi falta de concentración en el ajedrez, porque me dejé ganar y él, por supuesto, se había dado cuenta, porque lo único que quería aquel día era andar en patineta cuesta abajo y que para eso no me había llevado a aquel parque ese día.
“Me estás haciendo perder el tiempo”, dijo.
Pude ver la desilusión en sus ojos, ¿saben? y nuestra relación a partir de ese momento no siguió siendo la misma. Empezamos a tener distintos intereses –siempre los tuvimos-pero con el paso del tiempo se acentuaron aún más: a mí me gustaba jugar a la pelota y por lo visto andar en patineta, y él cada vez quería jugar menos al ajedrez conmigo, y él con otra persona ya no jugaba o no le interesaba mucho jugar. Y a mí nunca me gustó el ajedrez. Hasta qué… pasó lo que les quiero contar:

Una mañana de sol, de comienzo de clases, en el sexto grado de la escuela José Gervasio Artigas del barrio porteño de Caballito conocí al cabezón Mateos. Tenía una especie de hidrocefalia que con los años avanzó sin parar hasta que su desenlace terminó de la peor manera.
Era tímido, en realidad, más que tímido era un tipo un tanto nervioso, extraño -diría-, tenía rulos, era flaco, muy flaco y un poco encorvado –en eso se parecía a mí- era el único chico de mi grado más petiso que yo y después, en cambio de grande, terminó midiendo un metro ochenta –yo no tuve esa suerte- apenas mido 1,71. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído, pero yo lo vi y doy fe que fue así.
Se llamaba Alejandro Sergio Ramiro Mateos, en la casa lo llamaban Alejandro pero él pedía que lo llamaran por su segundo nombre: Sergio, y eso hacíamos, y le gustaba mucho jugar al ajedrez. Andaba siempre con uno chiquito encima, demasiado chiquito para mi gusto, pero ¡bueno! el tenía ese. Era de plástico, de un plástico lo bastante duro para que no se rompiera. Lo llevaba siempre bajo el brazo, tenía como todos, un tablero pero éste hacía las veces de caja donde se guardaban las piezas y para mí, que el único ajedrez que había conocido hasta ese momento era uno de madera tallada que todavía conservo, era toda una novedad. Un día, me acuerdo, me dijo:

-¿Querés jugar?, me preguntó, con la certeza que sabía con quien estaba hablando y que por supuesto, sabía jugar…
-¿Y cómo sabés que sé jugar?
-Por la forma en qué mirás el ajedrez.

Me preguntó tan ilusionado si quería jugar, que no me dio la cara para decirle que no. Al preguntarme su mirada me hizo acordar a la de mi padre.
Además nadie en el grado le quería jugar, les preguntaba a todos los compañeros de la escuela: uno por uno y nadie le quería jugar. O porque no sabían, o porque no se lo bancaban demasiado. O simplemente porque ya los tenía podridos a todos preguntando. Así que le dije que sí. No me costaba nada hacerlo. Y calculo que él me hizo la pregunta sabiendo perfectamente que la respuesta iba a ser positiva, porque aunque insista en negarlo, no pude disimular el brillo en mi mirada cuando miré su ajedrez, ni el hecho que me llamó sorpresivamente la atención la forma en que me miró al preguntar, parecida a la de mi padre.

-Bueno, le dije.

-¿Con qué piezas jugás?
-¿Blancas o negras?
-Blancas, contesté.
Y la partida empezó.
-Peón, cuatro rey, moví yo.
-Peón, cuatro rey, movíó él, más cauto que mi padre.

Nunca vi a alguien jugar al ajedrez con tantas ganas y hacerlo tan mal. Tengo miedo de exagerar pero creo que no me ganó nunca. Pero eso no importa ahora, estaba orgulloso de jugar conmigo –porque decía que yo jugaba muy bien- y sospecho que eso un poco me halagaba, aunque a mí el ajedrez nunca me gustó.
Sergio se la pasaba diciéndole a cuanto conocido tenía y que sabía le gustaba el ajedrez que yo era buenísimo. Así fue como me hizo jugar primero con su padre, después con su hermano, y así con toda la familia, hasta con un tío y hasta con amigos de amigos de su tío que competían de manera profesional. ¡Me tenía repodrido!, ¿saben? No paraba de hacerme jugar al ajedrez.

Una tarde en el colegio me presentó a un chico de séptimo –porque nosotros íbamos a jornada completa y a la tarde por “h” o por “b” no teníamos clase porque faltaba alguna maestra-.
Camilo creo que se llamaba, pero puede que ese no sea su nombre verdadero porque en realidad no me lo acuerdo. ¡Ese pibe sí que jugaba bien!, jugamos una sola vez cuando nos escapamos de la clase de gimnasia con Sergio y el chico tenía hora libre porque había faltado la maestra de música que por lo visto faltaba con frecuencia.
Me acuerdo que salimos tablas, ¡fue un gran partido!, ¡ese pibe sí que jugaba bien! Nos dimos la mano al despedirnos, un abrazo y ahí quedó todo.
Después hubo en la escuela una selección para un torneo intercolegial y salimos seleccionados los dos, el chico éste de séptimo y yo, pero yo al final no pude participar porque la competencia se hacía los sábados a la mañana y en ese horario tenía que asistir al oftalmólogo a hacer una especie de reeducación de la vista, porque casi no veo del ojo derecho –aún hoy, a pesar de distintos tratamientos- y no pude concurrir y en mi reemplazo fue orgullosamente el cabezón Mateos que me acuerdo me dijo:

-¡Juanqui, no te preocupés! Te voy a hacer quedar muy bien.
-Eso no importa, Sergio.”Andá y jugá”. “Hacé lo mejor que puedas y va a salir todo bien”, (la frase la decía siempre mi abuela y cada tanto la repito, como una manera de recordarla y no por otra cosa)

-“Hacé lo mejor que puedas y todo va a salir bien”. ¡Pero hace lo mejor que puedas!-

A ninguno de los dos les fue bien en el torneo intercolegial, pero eso a mí en lo personal no me importó. Puse cara de circunstancia cuando me lo contó el cabezón Mateos, pero nada más y a los directivos del colegio me parece que les importó menos que a mí. Tenían que mandar a dos representantes y listo, pero a Sergio si le importó y mucho. Porque el siempre quiso mejorar en el ajedrez y se dispuso a tomar clases con un profesor y se anotó después en un club de ajedrez que se llamaba -y creo que se sigue llamando- el Club Argentino de Ajedrez y hasta llegó a competir como federado en algunos campeonatos juveniles y todo.

(-A mí, me importaba un pito el ajedrez, aunque les parezca mentira.
Lo digo en serio, ¿saben?
¿Para qué? Si mi papá ya no quería jugar conmigo -ya no quería… ya no quería eso ni muchas otras cosas, y eso sí me dolía, me dolía aún más- y yo con el tiempo tampoco quería jugar al ajedrez más con él.
¿Para qué?
Si ya no te quieren… si ya no quieren estar con vos, si uno siente eso.
Si una de las pocas cosas que nos unía se había ido de a poco.
…Que se yo…Se fue.
¿Para qué?, ¿saben?
¿Para qué?
…Si a mí me importaba un pito el ajedrez-)

Sin embargo, como dice la letra de una de las canciones de Divididos que más me gusta –porque por lo general escucho música cuando escribo- me detuvo en esta parte de la letra que un poco me identifica y suena como bises que se repiten a coro en mi cabeza cada tanto en este instante:

 “Vengo a velas con el mal del cagón,
 me tropiezo con mis piernas,
gambeteando gente vengo
del placard de otro”.

Y otra vez en el secundario nos encontramos con Sergio, Sergio es el cabezón Mateos, ¿se acuerdan?, –nos habíamos dejado de ver por un tiempo, ya no nos encontrábamos ni siquiera en el club de Ferro- pero como teníamos la misma edad y vivíamos en el mismo barrio, más por cercanía que por casualidad los dos fuimos al mismo colegio bachiller, al Nacional 17 “Primera Junta” sobre la Av. Rivadavia entre Hidalgo y Parral en frente del Hogar Obrero, también en Caballito, pero a divisiones distintas.
Yo estaba en 2do tercera y él en  2do segunda o en cuarta –una de las dos, no me acuerdo bien- y digo en segundo año y no en primero, porque en primer año nos suspendieron a todos por portarnos mal y con Sergio por ese tiempo nos saludábamos en los pasillos y no mucho más.
En realidad, suspendieron al curso entero al que iba yo por jugar en el aula a una especie de guerra de monedazos: el juego consistía en tirarle un monedazo al compañero y si es posible pegarle. Para eso volaban las monedas de veinticinco de un lado al otro, eran pesadas, ¡lindas! y si no corrías o te cubrías rápido la ligabas.
Jugábamos habitualmente en los recreos y por supuesto, yo fui parte del asunto.
Todavía Damián Siano me mira la frente cuando nos encontramos los días 9 de julio con los ex compañeros de colegio desde hace 3 o 4 años –algunos creo que se reúnen desde hace más tiempo- porque asegura que con el terrible monedazo que me pegó en la frente el turco Fernández aquel día, la marca tiene que permanecer ahí, para siempre, invisible, como marca indeleble arriba de la ceja derecha y en la memoria de todos los que lo vieron, y a los que le contaron, y el cómo es médico hace la parodia de que me tiene que revisar la herida cada vez que me ve.
Y por eso no nos dejaron participar del Campeonato de ajedrez del colegio, ni en ninguna otra disciplina a ningún alumno de 1er tercera, porque nos suspendieron a todos y en ese todos estaba yo. Pero en segundo año sí pude participar, a la vez que todos mis compañeros de división en diferentes disciplinas.
El Campeonato de ajedrez, como les digo, era una prueba más dentro del marco de los “Juegos deportivos del Nacional 17”que se hacían una vez por año en el colegio y ese día, por suerte, no teníamos clases de modo convencional.
Competíamos en ajedrez, damas, atletismo, fútbol, handball, voley, básquet – estas son algunas de las disciplinas que me acuerdo pero en realidad había algunas más- y yo me había anotado en ajedrez y en fútbol, pero estaba mucho más pendiente del primer partido del campeonato de fútbol que por el ajedrez, porque de la manera que lo habían organizado se superponían los horarios, motivo que me tenía un poco preocupado. Es por eso que le pedí por favor a Damián que no dejara de llamarme cuando nos tocara jugar porque yo iba a estar en el aula de arriba en el torneo de ajedrez y seguramente no iba a escuchar el timbre en el momento en que sonara si no me avisaban. Y a decir verdad, por nada del mundo me quería perder el partido de fútbol.
El torneo de ajedrez se jugó por sistema suizo: siete partidos con siete rivales distintos designados por sorteo aunque hubiese más de ocho jugadores anotados en la competencia. ¡No lo expliqué muy bien, no! ¡Me da la sensación! Si fue así disculpen. Pero eso que importa, lo importante es que gané los cuatro primeros partidos con cierta facilidad y que en el quinto me tocó jugar con un tal (Alfredo) Adamoli que a mi entender me venía ganando, ¡jugaba bastante bien!, se encontraba en una posición de ventaja respecto de la mía, (yo ya no practicaba el juego y por ende mi nivel había decaído considerablemente y me anoté sencillamente porque el cabezón Mateos me insistió y un poco en honor a su amistad que estábamos reconstruyendo, acepté, porque de otro modo no lo hubiera hecho), en el preciso instante en que por suerte lo llamaron para el partido de básquet que también tenía que jugar y él sí escuchó la señal sonora sin necesidad que lo vinieran a buscar.
(Por lo visto el ajedrez no era la competencia principal para muchos de nosotros)
Me saludó cordialmente y se fue y en consecuencia y por fortuna gané yo por abandono.

-¡Jugaba bastante bien, el flaco!-

El sexto partido me tocó jugar con un tal Sorín que estaba en quinto año, ¡jugaba muy bien también! Pero en ese partido por alguna razón estaba más concentrado que de costumbre y no me daba la sensación que pudiera perder.
¡No sé porque!, a lo mejor porque su juego me hacía recordar al de mi padre y sabía perfectamente como contrarestarlo o simplemente porque de a poco estaba empezando a recuperar la confianza. Parecía sobrar las jugadas, como desganado, como si estuviera en otra cosa más importante que el estar ahí, incluso parecía un poco fastidioso por tener que enfrentar a un chico de segundo año con anteojos que se los acomodaba todo el tiempo con el dedo índice izquierdo y un tanto encorvado de tanto jugar en cuclillas en las baldosas del patio de su casa un juego que simulaba un partido de fútbol con arcos de plástico y todo, una pelotita de papel y dos chapitas con las fotos de algún jugador movidas por un palo de rasti largo, color gris. Y eso lo hice durante muchos años de mi vida y probablemente fue una de las causas por la cual me quedó de por vida –porque tampoco hago nada por corregirla- cierta inclinación en la columna y no logro pararme derecho aunque a veces lo intento, salvo que alguien me lo diga o simplemente me acuerde de hacerlo y artificialmente cambie la postura por un rato, pero nada más.
Porque yo no voy erguido por la vida…
Pero en ese partido, ¡no sé por qué!, estaba más concentrado que de costumbre. Me sentía expectante, como si algo conocido volviera a pasar, como un recuerdo, como esperando la jugada maestra que anunciábamos –exteriormente- con mi padre que anticipa el final, irremediable por cierto, y de no ser porque Damián me vino a buscar a los gritos porque estaba por empezar el partido de fútbol y yo jugaba de número cuatro y me interesaba mucho ir, le hubiera ganado tranquilamente a este tal Sorín, sin ningún contratiempo ni sobresalto, pero apuré los movimientos, algo que por supuesto, no es mi estilo y por eso salimos tablas y no por otra cosa.

El séptimo partido me tocó jugar con el cabezón Mateos que era como tener en frente al hermano varón que no tuve –y encima por suerte estábamos volviendo a recuperar nuestra amistad-. Estaba totalmente desconcentrado porque habíamos perdido 6 a 1 en el fútbol y yo jugaba en la defensa y gran parte de los goles que nos hicieron habían sido por culpa mía y me la pasé recordando cada gol del rival más de una vez, mientras los gritos de Siano todavía retumbaban en mi cabeza y no me dejaban concentrarme aunque quisiera mientras jugaba el partido de ajedrez, y Sergio encima estaba jugando muchísimo mejor que hace un par de años y la diferencia de concentración se notaba demasiado. Porque él ahora era federado del club Argentino de Ajedrez y competía habitualmente y de haber querido ese día me hubiera ganado, pero no quiso.
De sí, que Sergio estaba pendiente de como iba la tabla de posiciones del torneo en ese momento, y yo por supuesto no, y que aunque él me ganara no tenía chances matemáticas de ser campeón –y a él le gustaban mucho las matemáticas y por eso las usó-. Porque había perdido con ese tal Sorín y como éste ya había ganado su último partido, técnicamente ya era el único campeón, excepto que alguien lo empatara en el primer puesto y ese alguien era yo. Por lo qué, yo podía empatar el primer puesto si y sólo si, él se dejaba ganar –estaba al tanto de eso-, o mejor dicho si le ganaba. Y a mí nadie me saca de la cabeza, que ese día me dejó ganar. Si yo estaba como en otro lado, y así no podía ganarle.
A la mañana siguiente en el amanecer del primer recreo le mostraba orgullosamente a todos los que querían escuchar y a los que no, la planilla con los resultados de las competencias pegadas en las paredes del patio del colegio y les remarcaba insistentemente y a los gritos que su amigo, Juan Carlos Botana, había empatado el primer puesto del Campeonato de ajedrez con Ariel Sorín, “Campeón Sudamericano juvenil de ajedrez”, a días de consagrarse Maestro internacional en mayores cuando le computaran los puntos que sacó en un torneo en Bogotá, Colombia.
El lo sabía porque como les dije ahora era federado del club Argentino de ajedrez y estaba en el tema y Sorín jugaba para Torre Blanca que era otro de los grandes clubes argentinos de ajedrez junto con la Asociación Alemana de Villa Ballester y me presentaba a todos para que me felicitaran, y yo con vergüenza y un poco de fastidio optaba por agachar la cabeza y decirle a uno por uno: “gracias”, “gracias”, “muchas gracias”.
Fue ahí cuando recordé la frase de mi padre –o de mi madre tal vez, ya no me acuerdo bien de quien era-: “nosotros no competimos”, y traté de no engancharme mucho en esa. Hasta qué… pasó lo que les quiero contar:

Tanta alharaca hizo el bueno de Sergio que este tal Sorín se me apareció totalmente desencajado en la puerta del aula de 2do tercera en el segundo piso y enfurecido me dijo:

-¿Vos te creés mejor que yo, no?
-¿Qué decís…?
-¿Vos te creés mejor que yo, no?
-¿En qué…?
-(…)
No.
-Y qué es eso que andan diciendo que si no me salvaba la campana del campeonato de fútbol, del que no ganaron un solo partido por culpa tuya ¡porque sabés muy bien que dicen que al fútbol sos de madera!, me hubieras ganado el torneo de ajedrez del colegio que ganó hace cuatro años y ahora lo tengo que compartir con vos, un pendejo de segundo con anteojos y lleno de caspa.
-¿Y yo que tengo que ver? Si el que no ganaste fuiste vos. Además yo no anduve diciendo nada. En serio te digo.
Di media vuelta y me fui, tan tranquilo como sorprendido, sin mirar para atrás.

-¡Che, vos, sos boludo!, me dijo.
¿Sos boludo…?
-¡Lo de boludo se te escapó, no!
-Está bien, perdona…lo de boludo.
Te juego mañana en el recreo de las 10 hs que es el más largo, el de 15 minutos. ¿O tenés miedo que te gane esta vez?
-¿Miedo de qué…?
-¿De qué te gane esta vez?
-¿Eso querés? Contestame. ¿Vos querés eso…?
-Si quiero eso.
-Si me das tiempo para comer un alfajor antes, te juego. Porque yo a las 10 todos los días como un alfajor. Porque me agarra un poco de  hambre a esa hora. ¿Sabés?
(Se lo dije para joderlo)
-Mañana a las 10, entonces.
-Mañana a las 10.
Pero vos y yo nada más, sin público, le dije. ¡No hagás boludeces!

Al día siguiente, había puesto una mesa con dos pupitres en el medio del patio y esta vez no había que levantar ningún plato, ni estaba mi madre suplicando que la ayudáramos, ni mi hermana quejándose que siempre lo terminaba haciendo ella sola, ni mi padre –como hubiera querido- para decirme como antes:

-¿Con qué piezas jugás, Juan Carlos?
-¿Blancas o negras?
-Blancas papá, blancas, contestaba.
Y la partida empezaba.
-Peón, cuatro rey, movía yo.
-Peón, cuatro reina, movía él, planteando el desafío.

Pero me lo dijo él, aunque antes le pedí que corriéramos  la mesa a un lugar menos visible, cerca del baño, por ejemplo, y fue ahí donde jugamos, para no estar tan expuestos a las miradas de los otros y aceptó, como también aceptó esperar a que terminara de comer mi alfajor y dijo:

-¿Con qué piezas jugás, Botana?
-¿Blancas o negras?
-Blancas Sorín, blancas, contesté.
Y la partida empezó.
-Peón, cuatro rey, moví yo.
-Peón, cuatro reina, movió él, planteando el desafío.

El pelotudo le había avisado a todo el colegio, incluso a los profesores y a las secretarias -que por lo visto lo conocían bastante bien- incluso a la vicedirectora y al forro del portero. ¿Que cómo se lo iba a perder? ¡Si era más chusma!
Lo trataban como un hijo prodigo, “Arielito de acá, Arielito de allá”…¡Arielito, Arielito, chupame el culito! Arielito de acá.  ¡Arielito y la puta que te parió!

 ¡PEDAZO DE PELOTUDO!

Si yo lo único que hice fue anotarme en ese maldito torneo de ajedrez porque me insistió el cabezón Mateos, porque de otro modo no lo hubiera hecho, si yo ya no jugaba al ajedrez hace más de dos años y miren en el quilombo que me vine a meter por este pelotudo. Lo digo por Ariel no por Sergio.
¡Porque no mandaré todo a la concha de la lora y me dejo de joder de una vez!
De todos modos, por algo lo hice. Además, Arielito ya me tenía un poco hinchado los huevitos. Lo trataban como quien sabe quien carajo era. ¡Así que a lo mejor estaba bien jugarle y de ser posible ganarle!
Puede que esté exagerando pero se movía como si fuera un rey –o al menos eso sentí yo en ese momento-.
En cambio a mí, todo lo contrario, me trataban como a un mendigo –o al menos eso sentí yo en ese momento-.
Una porque era más chico que él y otra porque a mí mucho no me conocían, excepto por la carga de un apellido ilustre –como decían algunos profesores- que para mí no lo era ni lo es, o por el parecido asombroso con mi madre que la vieron alguna rara vez -por desgracia para ella, supongo- las veces que tuvo que ir al colegio por algún problema puntual que había tenido y no fueron muchas.
Tampoco, a decir verdad, me había hecho conocer demasiado hasta ese fucking momento. A lo mejor me conocían un poco porque llegaba siempre tarde y eso mucho no le gustaba a la vicedirectora que se la pasaba en la puerta de entrada mirando quién llegaba tarde y quién no y menos al portero que se creía el dueño del colegio y por supuesto como buen botonazo era buchón de la vice.
Al portero todos lo tenían como un ídolo y yo en cambio no lo podía ni ver y él lo sabía perfectamente, más de una vez se lo hice sentir. Quizás por eso no me dejaba entrar por el pasillo del costado de la puerta de entrada que estaba pegada a la del Banco de Italia y del Río de la Plata, como hacía con casi todos los demás –tampoco nunca se lo pedí- las veces que llegaba tarde -que por supuesto eran muchas- y me retenía en la puerta de calle el mayor tiempo que le fuera posible y después el preceptor Hernán Palacios en consecuencia por la hora que era –y más bien era tarde- me ponía media falta una vez, media falta otra vez y siempre me repetía la misma cantinela: “¿Por qué llega tarde, Botana? ¡Mire que le voy a tener que poner media falta!” ¡Ponela de una vez y dejate de joder, pelotudo!, ¡Si te morís de ganas!, pensaba para adentro cada vez que me lo decía y como yo jamás podría ser amigo de alguien que por algún motivo me perjudicara aunque éste tuviera razón nunca se la caretié ni a Palacios ni a la vice ni al portero que como dice la canción de Andrés Calamaro del vigilante medio argentino: “Además es barato, además es barato”. Disculpen la ironía que, por supuesto, la hago extensiva para alguno más.
Tampoco mi aspecto me ayudaba mucho. Tenía puesto siempre un blazer azul lleno de caspa y mi aseo y presentación como decía el boletín desde mi escuela primaria no daba precisamente prolijo. Tenía el pelo un poco largo para la época -todavía recuerdo el enérgico: “ afeítese la cabeza, Botana” del profesor Zabatela en la clase de biología y el inmediato: “ bien sentados, respaldados”, porque los benditos milicos todavía no se habían ido a mediados del ‘83, pero casi…(y todavía tenían algunos defensores entre los profesores, aunque los menos), pero casi…

Casi que estaba a mi nivel, pero no. Había practicado para ese partido toda la noche, había vuelto a jugar con mi padre que a menudo sufría de insomnio y por eso nos quedamos los dos despiertos. Por esas pastillas de mierda que le daban los médicos para mantenerlo tranquilo. Para que no imaginara cosas, para que no se lastimara ni se golpeara y se sintiera menos peor y esa noche conmigo había vuelto a reír.
Y esperamos otra vez juntos la jugada maestra que anticipa el final, el rey vencido por un plebeyo de blazer azul que usaba anteojos y tenía caspa. Porque en algún lugar de su corazón se que deseaba que yo compitiera y para eso -y no por otra razón- me entrenó desde mis cinco años y ese día lo hice.
¡Lamentablemente y creo sin buscarlo, lo hice!
Y toda esa perorata que decía que no había que competir y demás aparentemente era puro cuento. Probablemente lo decía para que no compitiéramos entre nosotros o con alguien que lo sabíamos en inferioridad de condiciones, no cuando en el camino se te presenta un pelotudo que se cree mucho mejor que vos y encima te provoca y te trata de boludo y te falta el respeto, ¿quién mierda se creía que era?
En ese caso ponerlo en su lugar era un acto de justicia o de defensa propia, ¿no les parece?, se trata de ubicarlo en la palmera, de acomodarle los patos.  Para que no vuelva a subestimar a los demás por más campeón de no sé que campeonato sudamericano de mierda haya sido –si yo ni siquiera lo sabía, si ni siquiera sabía quien carajo era él- y en lo sucesivo fuera más respetuoso porque en la vida no siempre triunfan los mejores si no los que se animan a competir.
Y ese día me animé a competir. Y lo hice: por él, por mí, por el cabezón Mateos que lo odiaba y hasta ese momento no sabía muy bien por qué y por que se fueran a la puta madre que los parió todos los pelotudos que llevó como hinchada para que lo alentaran en esa mañana de sol y que se iban a meter su fervoroso aliento en el culo. Porque ese no había sido el trato, porque esto era exclusivamente entre él y yo, o mejor dicho entre él y él. Porque me pone un poco nervioso la mirada de los otros, ¿saben? –y en eso por desgracia me parezco a mi padre- y no me estaba sintiendo cómodo y cuando me pasa eso les confieso que no es bueno para nadie y mucho menos para mí.
Porque ganarle me duró exactamente, el tiempo que tardé en comer el alfajor, correr la mesa del centro del patio hasta un sitio más apartado cerca del baño, mirar hacia el costado y ver un montón de gente, algunos conocidos y otros no, mirando el partido como si fuera la final del mundo cuando habíamos quedado en que no iba a haber público ni testigos, ni nadie que alentara. Solamente él y yo. Porque la mirada de los otros me pone un poco nervioso, aunque no parezca, aunque me vean tranquilo y más si esperan algo de mí que yo no me comprometí a darles.
Por suerte la única cara que reconocí entre la multitud fue la del cabezón Mateos, ¡también con el balero que tenía el pobre!, o su mirada, no sé (estaba tan contento):
(pero este cuento me encontró escuchando música mientras lo escribía y sin darme cuenta se me hizo más largo de lo previsto, ¡sepan disculpar!,  mientras de fondo en mis oídos sonaba la canción de Callejeros y la voz de mi padre diciendo…)

“Voces, sólo voces, como ecos;
como atroces chistes sin gracia.
Hace mucho tiempo escucho voces y ni una palabra.
y mis ojos maltratados se refugian en la nada y se cansan
de ver un montón de caras y ni una mirada.
(…)
y los sueños no soñados,
ya se amargan la garganta y se callan.
Y eso, casi siempre (o siempre), les encanta.
Van quedando pocas sonrisas,
prisioneros de esta cárcel de tiza.
Se apagó el sentido,
se encendió un silencio de misa”.

Y a la voz de mi padre diciendo: “Hay viene la jugada maestra, hay viene la jugada maestra (que anticipa el final)” porque eso mismo iba a pasar, porque la sensación de triunfo o de fracaso se siente unos segundos antes, y en ese momento me sentí ganador cuando el movimiento de jaque al rey lo dejó contra las cuerdas, atónito, perdido, tumbado, como si todo lo que le había enseñado su prolijo y disciplinado entrenamiento de club de primera de ajedrez hubiera caído de golpe en un saco roto, o mejor dicho, en un blazer azul con pintas blancas color caspa que lo manchó para siempre.
“Y el vamos, Ariel” de la vicedirectora no le alcanzó, “Y el bien sentados, respaldados” de Zabatela, tampoco, y el aliento de su hinchada menos y el recreo que duró aproximadamente media hora porque el portero al que tenía de aliado y que por suerte no me acuerdo el nombre porque nunca fue amigo mío, lo alargó lo más que pudo esperando acaso una reacción favorable por parte de Ariel, que no iba a tener, para que el timbre que anunciaba la vuelta a clases no sonara a campana final de combate de box y lo viera morder la lona desvanecido, como a un simple novato ante los ojos de todos.
Y la música que siguió sonando en mis oídos decía:

“…menos horas en la vida, más respuestas a una causa perdida:
de porqué los sentimientos, vuelven con el día.

Solo, como un pájaro que vuela en la noche
(libre de vos...pero no de mí)
vacío, como el sueño de una gorra
lleno de nada, sin saber donde ir.
Duro como un muerto en su tumba que murió de miedo,
por el valor de vivir.
Las nubes no son de algodones y las depresiones son maldiciones.
Te va distrayendo, te enrosca,
te lleva y te come.
Te lastima y no perdona y en algún lugar te roba la cara,
la sonrisa, la esperanza, la fe en las personas.

Solo, como un pájaro que vuela en la noche…”

(…)

Y a la voz de mi padre diciendo: “Hay viene la jugada maestra, hay viene la jugada maestra, Juan Carlos (que anticipa el final)”porque eso mismo iba a pasar, porque la sensación de triunfo o de fracaso se siente unos segundos antes, y en ese momento me sentí ganador cuando el movimiento de jaque al rey lo dejó contra las cuerdas, atónito, perdido, tumbado, como si todo lo que le había enseñado su prolijo y disciplinado entrenamiento de club de primera de ajedrez hubiera caído de golpe en un saco roto, o mejor dicho, en un blazer azul con pintas blancas color caspa que lo manchó para siempre.
Fue ahí, cuando se levantó enojado y se fue, porque a ningún jugador de ajedrez y menos a un profesional -y más si se la hicieron creer del modo que se la hicieron creer- le gusta ver morir a su rey o lo que es peor, tener que verlo tirado, cabizbajo, moribundo, agonizando en el tablero a cuadros marrones y blancos y no poder hacer nada para salvarlo, sin remedio que lo pueda curar.
No les gusta.
Por eso se levantó y se fue y caminó entre la multitud que él mismo había convocado para que lo alentara -sin poder mirarlos a los ojos- la misma que quedó callada sin saber que decir ni hacer. Para después tener que volver cada uno a su clase donde, por supuesto, todavía no había llegado ningún profesor ya que estaban todos allí, mirando al chico que salía en los diarios llorando desconsolado en cuclillas al pie del mástil donde izó la bandera un nuevo campeón, aunque le diera vergüenza serlo, pero campeón al fin.
Y a mí solo me abrazó el cabezón Mateos porque estaba claro que yo no tenía que ganar ese día, excepto para Sergio y para mi padre que me alentó desde la clínica en la que estaba internado.
Y la música que siguió sonando en mis oídos decía:

“…duro como un muerto en su tumba que murió de miedo,
por el valor de vivir.
Las nubes no son de algodones y las depresiones son maldiciones.
Te va distrayendo, te enrosca,
te lleva y te come.
Te lastima y no perdona y en algún lugar te roba la cara,
la sonrisa, la esperanza, la fe en las personas.

Solo, como un pájaro que vuela en la noche”.

(y la noche anterior volvió  a volar, porque fue él quien me entrenó)

Porque fue el bueno de Sergio el que armó este entuerto y festejaba a lo loco como si hubiera ganado él. Porque fue él quien le mostró a todo el colegio que yo había empatado con el mismísimo Ariel Sorín el primer puesto del campeonato del colegio -y yo, les juro, no tenía la menor idea de quien era Ariel Sorín-. Si a mi encima el ajedrez nunca me gustó y lo aprendí a jugar sólo porque le gustaba a mi padre y ni siquiera de eso ahora estoy seguro. A veces creó que lo estimuló en mí porque fue el único juego que conocía y porque una vez que empezamos a jugar creyó que tenía algunas condiciones y a su modo, tal vez un poco extraño para algunos, quiso explotarlas.

Porque fue el bueno de Sergio el que armó este entuerto:
(En la puerta del colegio, el mismo día del Campeonato de ajedrez delante de todos los que estaban presentes)

-¿Sorín, que pasó? ¿Te encontraste con uno mejor que vos, eh? Juega bien mi amigo Juan Carlos.
-¿Quién, Botana?
-Sí, Botana. ¿Juega bien no? De sí que te salvó la campana si no perdías. Y  que le gusta más el fútbol que el ajedrez, si no te rompía el culo. ¡Estoy seguro!
-Tuvo suerte. Y me dijeron que al fútbol es malísimo.
-Si, probablemente sea como vos decís y al fútbol sea malísimo, ¡pero al ajedrez no! y vos sabés mejor que yo que en el ajedrez no hay suerte. Andá a Torre Blanca, andá, y contales a tus compañeros y entrenadores que un pendejo de tu colegio de 2do juega mejor que vos, ¿A ver qué te dicen?
-¡No juega mejor yo, porque salimos tablas!
-Vos y yo sabemos que juega mejor que vos. Lo conozco desde los once y nunca vi a un chico de su edad jugar así. Además no entrena, hacía más de dos años que no tocaba un tablero y eso lo sé perfectamente porque es mi amigo. Andá a Torre Blanca, andá, y contales que un pendejo de tu colegio de 2do juega mejor que vos a ver si se cagan de risa como te cagaste de risa vos de mí cuando en el Torneo Metropolitano me ganó un tal Urbano de tu club, ese que vos entrenabas. ¿Te acordás?. Seguro que te acordás, porque vos estabas ahí, si no como te ibas a rebajar a ir a un torneo local de morondanga, ¿a ver si te contagian de algo? Y se burlaron los dos juntitos del tamaño de mi cabeza por un buen rato y de lo nervioso que me puse cuando se me salió la venda que me cubre el drenaje, ¿por qué vos sabes que yo tengo un drenaje? y me patearon la venda para que no la alcanzara y me pusiera más nervioso todavía. ¿Te acordás no? Como no te vas acordar. ¡Hijo de puta!

Ariel dio media vuelta y se fue bastante más caliente de lo que había venido y espero avergonzado.

Porque fue el bueno de Sergio el que armó este entuerto:
(En la clínica de Flores donde estaba internado mi padre, el mismo día del Campeonato de ajedrez por la tarde y le contó la historia)

Le comentó orgulloso la tramoya que había armado y como caí en la trampa como un chorlito y que necesitaba de su ayuda incondicional para que su plan saliera perfecto y de solo pensarlo se rieron como locos porque por lo visto se conocían bastante bien y mucho más me conocían a mí.
Le comentó orgulloso también que había logrado que volviera a jugar al ajedrez y que no estaba intacto, pero que si me tocaban alguna fibra íntima –esa que sólo usted sabe, Carlos- su plan orquestado con precisión matemática iba a salir tal cual lo planeó.

-Don Carlos, acá le traje los recortes de los diarios con las diez últimas partidas de ajedrez del muchacho que le hablé, se llama Ariel Sorín, es bastante bueno, ¿sabe?, pero Juan Carlos es mejor y acá le dejo el ajedrez con el que jugaban ustedes, mírelo,  es el mismo –me lo dio su hija- y lo traje para que practiquen.
-El ajedrez si querés llevalo, Sergio, porque el tablero por suerte todavía está en mi cabeza, lo conozco de memoria y no lo necesito.
-Téngalo, don Carlos, porque tenemos poco tiempo y yo sé que mañana Juan Carlos lo va a venir a visitar. Es muy probable que él no le cuente del Campeonato de ajedrez del colegio o sí, pero como de eso no estoy seguro me anticipo. ¿Usted sabe mejor que yo cómo es él con esas cosas? Lo que si estoy seguro es que no va a traer un juego de ajedrez y lo va a necesitar para jugar de la manera que lo haría Ariel Sorín y Juanqui  con la facilidad que tiene para entender el juego no me queda ninguna duda que va a resolver cada una de las dificultades que se le presenten, y si no lo puede hacer en ese momento, le va a quedar el interrogante dando vueltas en la cabeza y la próxima vez que se le presente el problema va a saber como resolverlo. -Porque él es así. Usted lo conoce mejor que yo-. Y si todo sale como lo planeé la próxima vez va a ser pasado mañana cuando se vuelvan a enfrentar.
-Usted llámelo para asegurarnos que venga. Nada más.  Que de lo demás me encargo yo.
-Hasta luego, don Carlos y gracias por todo.
-¡No se olvide, llámelo!
-Hasta luego Sergito y gracias por la visita.
-De nada.
-¡No se olvide, llámelo!
(Y cómo no me iba a llamar y participar de este entuerto, si estaba lo más aburrido en esa clínica esperando el remedio de una cura que no iba a llegar)

Unos minutos más tarde mi padre dijo: ¿Roberto me presta el teléfono?, que necesito llamar a mi hijo. Si, claro, don Carlos, acuérdese de marcar el cero para que le dé tono y después recién marque el número. Cómo no. ¡Muchas gracias, Roberto!

-Hola, Juan Carlos, papá te habla.
-Hola, papá.¿Cómo estás?
-Bien, bien. ¿Vas a venir mañana, no?
-Si, papá, a las 6 de la tarde estoy por ahí. ¿Querés que te lleve algo?
-La revista “Caninos” si podés que salió un Bull terrier en la tapa, es blanco como los que nos gustan a nosotros y tiene un parche negro en el ojo, y algunos chupetines si podés, así fumo un poco menos.
-A las 6 nos vemos, papá. Un beso.
-A las 6 nos vemos, Juan Carlos.

Sobre la calle Culpina, a metros de Av. Rivadavia en el barrio de Flores.

-Buen día señor Roberto.
-Buen día, Juan Carlitos.
-Vengo a ver a mi papá, sabe.
-Sí, claro, pasá, que te está esperando en el salón comedor.

-¡Permisoo…!

-¡Me viniste a visitar Jaime! ¡Me viniste a visitar…!
-No señora, no soy Jaime y no la vine a visitar a usted, vine a visitar a mi papá Carlos que está allá.  Discúlpeme, por favor.
-¡Jaime me viniste a visitar!
-No señora, discúlpeme.

¡-Permisoo…!

-¡Cigarrilloo! ¡Cigarrilloo! ¿Tenés un cigarrillo pibe?
-No, no tengo, señor, no fumo, pero le puedo dar un chupetín.
-Bueno querido, está bien, que vamos hacer, dame un chupetín entonces si no tenés cigarrillos. ¡Gracias igual! ¿Pero quién sos vos? ¿Me viniste a visitar…?

¡Permisoo por favor!

-Papá…
-Acercate, Juan Carlitos.
-Acercate, por favor. ¡Mirá lo que tengo!
-Es el mismo que jugábamos nosotros. ¿Cómo lo conseguiste? ¿Te lo trajo mamá o Graciela?
-Algo así. No importa. Lo importante es que lo tengo.

El mantel estaba apenas corrido y todavía quedaba algún plato sin levantar de la mesa, que mi papá pidió por favor que no se lo llevaran para montar la escena.

-¿Con qué piezas jugás, Juan Carlos?
-¿Blancas o negras?
-Blancas papá, blancas, contestaba.
Y la partida empezaba.
-Peón, cuatro rey, movía yo.
-Peón, cuatro reina, movía él, planteando el desafío.

¿Y saben por qué? Porque jugar la mayoría de las veces es el juego que a menudo repite la ilusión de jugar. Por eso jugamos toda la noche como en los viejos tiempos, como si el tiempo nunca hubiera pasado y no nos hubiera hecho una mala jugada a dos expertos jugadores como nosotros. Para recodar tal vez…. Jugamos hasta que los dos caímos rendidos en el sillón de la sala de espera, sin parar.
El señor Roberto no nos molestó en ningún momento y las enfermeras por suerte tampoco. Supongo que fue por expreso pedido de mi padre... La gente del lugar lo consentía, porque era un tipo especial, muy especial.
Yo pedí antes de irme a dormir que me levantaran a eso de las 7.30 hs. porque a las 8.20 entraba al colegio. Pero me quedé dormido y por supuesto, una vez más llegué tarde.

Porque fue el bueno de Sergio el que armó este entuerto:
(En la puerta del colegio, la mañana siguiente del Campeonato de ajedrez delante de todos los que estaban presentes y el día anterior al final del juego)

-¿Sorín, que pasó? ¿Te encontraste con uno mejor que vos, eh?
-Juega bien mi amigo Juan Carlos.
-¿Quién, Botana?
-Si, Botana. ¿Juega bien no? De sí que te salvó la campana si no perdías. Y  que le gusta más el fútbol que el ajedrez si no te rompía el culo. ¡Estoy seguro!
-Tuvo suerte. Y me dijeron que al fútbol es malísimo.
-Si, probablemente sea como vos decís y al fútbol sea malísimo, ¡pero al ajedrez no! y vos sabés mejor que yo que en el ajedrez no hay suerte. Andá a Torre Blanca, andá, y contales a tus compañeros y entrenadores que un pendejo de tu colegio de 2do juega mejor que vos, ¿A ver qué te dicen?
-¡No juega mejor yo, porque salimos tablas!
-Vos y yo sabemos que juega mejor que vos. Lo conozco desde los once y nunca vi a un chico de su edad jugar así. Además no entrena, hacía más de dos años que no tocaba un tablero y eso lo sé perfectamente porque es mi amigo. Andá a Torre Blanca, andá, y contales que un pendejo de tu colegio de 2do juega mejor que vos a ver si se cagan de risa como te cagaste de risa vos de mi cuando en el Torneo Metropolitano me ganó un tal Urbano de tu club, ese que vos entrenabas ¿Te acordás?. Seguro que te acordás, porque vos estabas ahí, si no como te ibas a rebajar a ir a un torneo local de morondanga, ¿a ver si te contagian de algo? Y se burlaron los dos juntitos del tamaño de mi cabeza por un buen rato y de lo nervioso que me puse cuando se me salió la venda que me  cubre el drenaje, ¿por qué vos sabes que yo tengo un drenaje? y me patearon la venda para que no la alcanzara y me pusiera más nervioso todavía. ¿Te acordás no? Como no te vas acordar. ¡Hijo de puta!

Porque fue el bueno de Sergio el que armó este entuerto:
Porque fue él el que encaró a Sorín ni bien terminó el torneo de ajedrez conociendo los resultados y después volvió a hacerlo la mañana siguiente de la misma manera, para provocarlo un poco más. No fuera cosa que su plan no saliera tal cual lo había planeado.
Porque fue él el que corrió la voz para empujar a Sorín al desafío y  lo dejó lo suficientemente cebadito como para que viniera a buscarme.
Porque fue él el que fue a ver a mi padre a la clínica en la que estaba internado y le contó la historia y se rieron juntos.
Porque fue él el que le llevó los recortes del diario con las últimas partidas de Ariel para que las estudiara y me jugara toda la noche como jugaba el campeón juvenil sudamericano a punto de ser maestro internacional, porque sabía que mi papá hacia ese tipo de cosas, que estudiaba a los rivales y me jugaba como ellos para que yo los conociera de memoria al momento de enfrentarlos. Pero no me lo decía, por temor a que me sintiera usado y me enojara, porque eso hacía siempre, porque eso hizo con los pobres viejos que jugaban en el Parque Rivadavia antes de llevarme, porque eso hizo con los tipos que jugaban en Barrancas de Belgrano pero esa vez no le salió como el quería porque yo me la pasé toda la semana previa andando con la patineta nueva de fibra de vidrio que heredé de mi primo Gastón y no practiqué una mierda y encima jugué desconcentrado y por eso perdí o simplemente me deje ganar.
Por eso se aseguró que yo fuera esa tarde a visitarlo.
Porque sabía que si tocaba alguna fibra íntima en mí, era mejor que cualquiera, y más si me sabía acompañado por mi padre, porque a mí nunca me interesó el ajedrez, pero si prolongar el vínculo con mi padre el mayor tiempo que me fuera posible, y el ajedrez durante mucho tiempo fue la excusa que utilizamos hasta que dejó de serla, ¡claro!, porque al otro sábado cuando volví a ir a la clínica a visitarlo le conté la historia que ya le había contado el bueno de Sergio, pero a la que le faltaba el final, y mi padre reía como un loco mientras la escuchaba y se regodeaba por la manera en que le gané al campeón sudamericano juvenil a punto de ser maestro internacional de ajedrez. Y me pedía que se la repitiera una y otra vez, y reía más fuerte, porque él si me había preparado para competir aunque no me lo dijera. Siempre lo hizo.
Porque el guacho de Sergio armó todo y como él sí se metió, aunque sea de reojo en el mundo del ajedrez profesional cada vez que tuvo oportunidad le decía a todos, en el contexto que fuera, que un tal Juan Botana, porque sabía que no me gustaba que me llamaran Juan Carlos, que fue íntimo amigo de suyo, le había ganado a Ariel Sorín, que actualmente era Campeón argentino y sudamericano en adultos, maestro internacional y quien sabe cuantos títulos más supo cosechar después.
Porque el guacho de Sergio armó todo y escribo este cuento porque me llegó la noticia hace unos años que murió a causa de esa enfermedad que tenía que le hacía agrandar la cabeza, que se recibió de ingeniero en sistemas y que nunca triunfó en el ajedrez realmente, pero llegó a ser profesional y que siguió contando esta historia mientras pudo, que Ariel Sorín compite en Europa y prácticamente reside allá, que se la pasa más meses del año en Amsterdam, Holanda que acá, que me llevó a Torre Blanca y le dijo a su entrenador que yo era mejor que él y me insistió para que jugara profesionalmente. Sergio nunca se hubiera animado a eso y más después de la muerte de mi padre.
Que yo…nunca más jugué al ajedrez y que no puedo terminar el cuento…
¿Y saben por qué?
Porque me pareció tener otra vez a mi padre frente a frente y volver a contarle la historia tal cual fue, con lujo de detalles, con precisión matemática como la planeó el bueno de Sergio.
Porque a decir verdad, yo nunca fui campeón de ajedrez (salvo ese partido), ni de nada, pero pude haber sido. ¡De querer, claro! De no ser por esas pastillas de mierda que nos ponían nerviosos a los dos y nos tenían a mal traer hasta que dejamos morir el vínculo que nos unía sin jaque ni mate que anticipara el final.
Porque a mí sí me gustaba un poco el ajedrez y a lo mejor, fue una de las pocas cosas en las que fui bueno de verdad.
Porque me levanté una noche sin que nadie me escuchara: agarré una banqueta para llegar más alto, de lo contrario no hubiera podido, me acerqué al placard ubicado en la pieza donde guardamos las cosas viejas, estiré el brazo derecho…, con el izquierdo me dediqué a quitar suavemente la tierra que había por encima del mueble, con una franela naranja que saqué de la cocina, después estiré el brazo derecho un poco más y recién ahí pude alcanzarlo, tuve que correr unas carpetas negras que había para poder hacerlo, lo limpié despacio, como acariciando otra vez el vínculo que nos unía con mi padre y abrí la caja donde guardaba el ajedrez de madera tallada con el que jugábamos de chico. Lo llevé en mis brazos hasta la mesa del comedor, corrí el mantel, había dejado algún que otro plato de la cena anterior para montar la escena y me dije:

-¿Con qué piezas jugás, Juan Carlos?
-¿Blancas o negras?
-Blancas papá, blancas, contestaba.
Y la partida empezaba.
-Peón, cuatro rey, movía yo.
-Peón, cuatro reina, movía él, planteando el desafío.
(Y esperé en vano sin dormir la jugada maestra que anticipa el final y canté para adentro la canción de Divididos que tanto me identificaba)

“Vengo a velas con el mal del cagón,
 me tropiezo con mis piernas…

Porque en algún recoveco de mi estúpido ser, hay un chico que cada tanto me pide que vuelva a jugar al ajedrez, aunque tan sólo el acto cobarde de escribir, me conduzca a decirlo y no a hacerlo. Aunque esta vez no fuera con mi padre y lo hiciera a destiempo.

…gambeteando gente vengo

del placard de otro”.