jueves, 8 de mayo de 2014

Marcos


AGARRATE FUERTE. Marcos
agarrate fuerte esta vez.
No te sueltes (por favor)

Escondete
para que no te descubran y te maten.

Resiste
como no resistió Víctor Jara.

No te muestres
que no vean tu rostro todavía.

Contené la respiración.

No te sientas solo
ni se lo cuentes a nadie.

Confía en mí.

lunes, 3 de marzo de 2014

Cadáveres


Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay cadáveres

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay cadáveres

Era: “No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan cuenta”
O: “No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a pecho”
Acaso: “No te conviene que lo sepa porque te amputan un teta”
Aún: “Hoy asaltaron a una vaca”
“Cuando lo veas hace de cuenta que no te diste cuenta de nada…
y listo”
Hay cadáveres

en “Cadáveres” de Néstor Perlongher
(Cadáveres: ¿Por qué? Porque en realidad todo poeta es un autor de cadáveres, el poema es letra muerta, cadáveres, hasta que el lector los revive –para que su lectura, cerrado el libro, el poema vuelva a ser cadáver, a la espera de otro lector que emprenda la resucitación-)

No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay
Respuesta: No hay cadáveres

sábado, 1 de marzo de 2014

Catalina sur


¡ESPERO QUE DUERMAS BIEN esta noche!
Y las próximas.
Y las próximas.

Acurrucada en mantas con aguayos,
envuelta en mandalas
de sedas brillantes
de color azul.

Una mariposa hoy
me siguió todo el día,
como si me quisiera decir algo.
Revoloteando mis hombros.

Suspiros de tarde
con olor a eucalipto
llegan por el aire,
soplando ventanas
desde Catalina sur.

Mientras tanto, sonrío.
Abro la ventana.
Respiro profundo.
y hasta me parece sentir su olor.



viernes, 28 de febrero de 2014

El rojo amanecer de Willy Oddo


HABIA UNA FAMILIA que mantener y por eso estaba trabajando. No tenía tiempo para conversar del ayer, y menos para escuchar canciones de protesta. Se lo dijo:

Y él pareció no escucharla.
Y ella amurrada, tragó saliva.
Y él miraba afuera como si lloviera.
Y ella insistió con lo de la plaza.
Y él se río, pensando que no era por eso.
Y ella quiso bajarse del auto.
Y él la sujetó del hombro.
Y ella apretó algo en su cartera.
Y él solo quería abrazarla.
Y ella no entendió el gesto.
Y él estiró el brazo.
Y ella hundió el puñal en la axila del Willy

Porque nunca quiso matarlo
       

                                     en “Loco Afán” de Pedro Lemebel
(porque las lecturas de sus crónicas de estos años me empujaron a escribir)

A escondidas


ACASO de haberlo dicho en lugar de escribirlo hubiera sido más honesto. Aunque lo haya sentido, aunque ese sentimiento fuera mío y haya llorado por lo mismo más de una vez. No me da derecho a hacerlo.
Yo no escribo delante de ella, delante de un paisaje, delante de mis ojos, ni siquiera delante de los distintos verdes que acaricia un jardín mojado por la lluvia.
Lo hago a sus espaldas, a escondidas, encorvado, solo, triste, abandonado.

En un acto, por lo menos cobarde.

Los diferentes sonidos del agua


ES DESOLADORA la lluvia que cae hace varios días por la canaleta y golpea el piso, y golpea el piso. Gota a gota, incesantemente, tristemente, lo golpea.
Dolido de pena, me retuerzo en la alfombra, me arrastro, me castigo, me culpo.
Tirado en mí cuarto sin poder moverme, temo levantarme y volver a escucharla.






Río seco


CON DESMESURADOS ademanes
se perdió en medio de la noche
como un loco.

Parecía que se la pasaba coleccionando estrellas.

Mis ojos no paran de llorar desde entonces,
pero mis lágrimas
no sé de donde salen.

Las detengo por un instante,
las aparto,
las confundo con la lluvia.
Aparento limpiarlas
con pañuelos viejos
que guardo por si acaso
en algún cajón.

Pero jamás podré secar el río
que me corre por dentro,
su torrente infinito
al recordar.