domingo, 2 de febrero de 2020

La loca del chango

De verla continuamente en las calles de Alsina con la mirada perdida empujar el chango, con su frazada marrón como vestido y su figura flaca y desgarbada de modelo mendiga y detener el tránsito. Provocando a tanto policía. Cuando se quitaba la ropa en las esquinas y mostraba su encanto. Y tal vez por eso desapareció un día. Y después el rumor del embarazo.
Pasaron dos años. Solía caminar la calle Taxot, de Tuyutí a la Avenida. De su pasado no había rastro. Parece que ella era de La Perla, Témperley, y no de Valentín Alsina, y vivía con su tía, que la había abandonado. O se escapó. Al hospital a recibir violencia obstétrica.
Seguro la culparon por los golpes en la cara y en los brazos. En los muslos. Por haber tomado alguna que otra pastilla y por sus dieciséis años. Por la mirada perdida. Por estar acompañada por un policía todo el tiempo y por el chango. Apenas saber sin seguridad lo que me dijo un cronista que estaba investigando el caso. Que por ahí, por la calle Tuyutí había regresado.
Y su silueta desgarbada con frazada marrón volvía a romper la lógica de tantos autos. Porque ya no miraba a nadie, ni esperaba ser mirada y lo único que quería era empujar el chango. Lavar la mamadera del bebé, aceptar lo que le daban, doblar la mantilla con cuidado y cuidar su espacio en la vereda por si acaso.
Ya no quería caminar ni provocar a tanto policía ni mostrar sus atributos ni cortar el tránsito. Quería que a diferencia de ella, el niño no llorara tanto.
Por eso le prometió que lo llevaría a la placita de enfrente cuando cumpliera los dos años. Había que cruzar la rotonda por la calle Taxot hacia Remedios de Escalda de San Martín, pero el miedo la tenía titubeando. Pero se armó de valor y cruzó. Tal vez atraída por el cartel que decía: “Los únicos privilegiados son los niños”, de la plaza. Y se lanzó a la aventura de cruzar la calle con el niño en brazos.
A la loca del chango se le cayeron las cosas por cruzar tan rápido. Tanta porquería de las que fue juntando. Y entonces se le cae la caja de un muñeco que se había robado. Un bebé hermoso todo blanco. Y se le caen también un trapo sucio, unas escarapelas, un sachet de leche, un autito roto y unas botellas de vidrio que se rompen a pedazos.
Iban a jugar en la hamaca, en la calesita, en el sube y baja, en el tobogán. En todos los juegos. Iban a pedir sándwiches de miga en la panadería de enfrente, y se iban a reír los dos, comiéndolos en el pasto.
Eran las tres de la mañana cuando cruzó con el chango porque había menos autos. No había cumplido el niño todavía los dos años.
Pero se adelantó. Tal vez porque los padres queremos lo mejor para nuestros hijos y lo mejor estaba cruzando los autos. Las luces encendían la plaza más que de costumbre. Las estrellas brillaban como rayos. La panadería a esa hora estaba cerrada y no iban a comer sándwiches de miga, los dos, en el pasto. Un agente de policía que estaba de guardia escuchó el ruido a vidrios rotos y por supuesto, paró el tránsito.
Es que la plaza estaba tan linda, los juegos, las hamacas, la calesita, el sube y baja, el tobogán, el pasto. Eso decía cuando la atraparon. Esquivando el ojo abusador del policía que la había violado. Del que la había violado, no. Del que la llevó al hospital por pedido de su tía que vivía en La Perla y que a su modo se hizo cargo.
Por entonces, cerca de los tres meses la loca del chango perdió el embarazo. Las hemorragias eran fuertes, los dolores, las contracciones que no había, el llanto. Después fue internada en el hospital para hacerse un raspaje y ser atendida. Y después terminó en la casa de su tía, que nunca quiso mantenerla cuando se murió su madre y otra vez se le escapó.
Y otra vez se fue tan lejos. Y una vez más del Chino casi esquina Tuyutí, en Valentín Alsina, robó el chango. Y otra vez la llevó hasta allí el compañero del policía que abusó de ella, vecino del barrio. Que sabía perfectamente lo que había pasado. Si incluso fue él quien le pidió a los dueños del supermercado de la vuelta que no la denunciaran, que él mismo le pagaría el chango y la leche que llevó. Y alguna otra cosa que se hubiera robado.
Lo de la mantilla para el bebé, la mamadera, la ropa sucia, la frazada, eran donaciones de los vecinos o cosas que encontraba a diario. Se las dejaban en el umbral de una casa abandonada, sin que nadie se acercara demasiado. Excepto el policía que la abusó, que creyó ver mientras dormía con el bebé. Por eso cruzó apurada a las tres de la mañana con el chango. Y se cayeron las botellas de vidrio que la delataron.
Había una denuncia en su contra por el robo de un muñeco en una juguetería. Cuando le preguntó el policía qué tenía en el chango. Casi ni contestó. Congelada para la foto del cronista que investigaba el caso. Y entregó el muñeco como si devolviera un juguete perdido. Apenas si lo despidió con un beso y le puso la mamadera llena de leche para que no tuviera hambre entre los brazos. Tampoco lloró. Y a pesar que el policía que la detuvo y que conocía, la miró con ternura. Cuando le remarcó varias veces que la estaba ayudando. Sabiendo lo que venía después, se tapó el cuerpo con la frazada marrón, porque le estaba mirando los pechos demasiado.





miércoles, 29 de enero de 2020

La literatura Argentina en el Siglo XXI

Los cambios culturales en Grecia, Roma, Edad Media, Renacimiento, Romanticismo, se producían hasta el siglo XIX, en división de periodos, teniendo en cuenta que consumían uno o varios siglos. A partir del siglo XX, los acontecimientos fueron más cortos, conglomerándose estas divisiones en décadas.
El siglo XX ha sido el siglo de las catástrofes y, el siglo XXI parece mantener esa vocación para el desastre, salvando que en el siglo anterior las tragedias eran colectivas y, en la actualidad, el cambio cultural se plantea como una tragedia individualista, dando lugar a la narración en primer plano, en primera persona, en lugar de la tercera, usada anteriormente.

A la literatura del siglo XXI se la conoce como “Remodernismo”, es decir, es la superposición cultural de la cultura libresca con la cibercultura.
Este proyecto remodernista de la era digital, tiene como característica destacada la ausencia de una crítica exterior a la obra. Hoy en día, muchas obras literarias y/o artísticas, que son colocadas por una cadena de factores entrelazados, legitimados por las redes sociales, entrevistas a autores, presentación de libros, etc.
En el plano narrativo y poético contemporáneo, a principios de este siglo, la tecnología se mezcla con el modo de relato y el discurso digital, dando forma a la representación de los mismos a través de los medios multimedia, con las variables de texto, sonido, imagen y videos interactivos.

Los escritores del siglo XXI construyen sus textos en otro tipo de interiores. Ya no destacan el exterior (la calle, la política, lo público) sino que cambia el escenario teniendo en cuenta las cosas que les suceden a los narradores o a sus personajes (la habitación, la casa, el patio, sus emociones). Es decir, que eligen el “YO” para enunciar sus relatos; como un pasaje de lo público a lo privado, del exterior al interior.
Este rasgo vigoriza la escritura desde una posición intimista de su obra; incluso, en la poesía, muchas veces pueden leerse como “testimonios” que conllevan procesar situaciones vividas, alternando las subjetividades con lo preciso de una situación que se intenta expresar.
                            
Haciendo historia: Siglo XX, en la Argentina.
Antes de entender por si solo el desarrollo de la literatura en el Siglo XXI, en la Argentina, hay que comprender que causas fueron las que llevaron a distinguirse o separarse de la visión mundial, señalando como una de las fuentes principales es poder separarse de la literatura que provenía de Europa, con mayor precisión de Francia y hacer lugar a los personajes autóctonos de los circundantes años 20 de la época moderna.
En esa época, surge la polémica de aquella disputa denominada Grupo Florida-Boedo. El Grupo Florida estaba compuesto por  personajes de la élite económica, con base en la calle Florida; mientras que el Grupo Boedo, ubicada en el sur de la Capital, sobre la calle homónima, se proclama “anti vanguardista”, más ligados a los problemas sociales y económicos de las clases trabajadoras, influidos por el modelo realista de la literatura rusa, que proclamaba Roberto Arlt, aunque éste se mantuvo al margen del Grupo Boedo. La polémica Florida- Boedo,​ además de poseer carácter económico, refleja modos diferentes de concebir la literatura y la escritura; esto incluye las temáticas tratadas, el lenguaje utilizado, la función social que cada grupo le asigna a la literatura y los modelos literarios a seguir.
Durante la era modernista del Siglo XX, se destacan escritores como Leopoldo Lugones quien fue el máximo exponente del modernismo argentino y una de las figuras más influyentes de la literatura hispanoamericana. Tras algunos empleos menores, llegó a la dirección de la Biblioteca Nacional de Maestros; obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1926 y en 1928 fundó la Sociedad Argentina de Escritores. Se destaco como poeta, quien luego de conocer a Rubén Darío realizo un cambio de registro poético para adentrarse en la exaltación de su gente y su tierra. Su apoyo al golpe de Estado de 1930, la posterior desilusión que éste le produjo y quizás una profunda crisis sentimental lo llevaron a una depresión que culminó en su suicidio.
La idea de esta descripción es destacar que se inició como un firme partidario de la ideología socialista, sin embargo, poco a poco, fue absorbiendo posturas más conservadoras, inclinándose al pensamiento liberal, decididamente hacia la derecha y acabó convertido en uno de los principales exponentes del fascismo argentino. Años después, ya consagrado como una de las cabezas pensantes del movimiento reaccionario austral, colaboró activamente con el golpe de estado militar del general José Félix Uriburu.
Como narrador, Lugones sobresalió principalmente por sus relatos fantásticos que pueden considerarse precursores de los mejores relatos de algunos de los más grandes cultivadores de este difícil género, como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges (uno de los mayores admiradores de Lugones) y Julio Cortázar.
Como novelista tuvo trabajos esplendidos como la “La guerra gaucha” que fue objeto de una versión cinematográfica convirtiendose en uno de los principales referentes del cine argentino de su tiempo.
También brilló en su condición de ensayista, y conferencista sobre el Martín Fierro de José Hernández, constituyendo un hito en la interpretación de la literatura gauchesca.
A la poesía suntuosa de Lugones, sigue la "sencillista", de poetas como Baldomero Fernández Moreno y Evaristo Carriego.
También hay que destacar a Alfonsina Storni, por sus poesías con toque feminista. De esta poeta puedo citar una frase del libro “Mundo de siete pozos” donde en 1934, le dedico a su hijo Alejandro:

Gimen porque nace el sol.
Gimen porque muere el sol…
Todo está allí, apretado en la cuenta,
donde, pájaro quieto, aguarda.

En la década del cuarenta aparece una nueva vanguardia de la mano de Juan-Jacobo Bajarlía,  junto a Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado entre otros. Al mismo tiempo, se afirma la figura de Borges, cuestionada por su presunto «cosmopolitismo». Ernesto Sabato publica su primera novela, El túnel, elogiada y premiada en Europa. Leopoldo Marechal publica varios libros de poesía.
 Julio Cortázar edita sus primeros cuentos en los años 1950, el primero de ellos por gestión de Borges, y se autoexilia en París.

El Boom latinoamericano fue un movimiento literario surgido entre los años 1960 y 1970, cuando el trabajo de un grupo de novelistas latinoamericanos relativamente joven fue distribuido en todo el mundo, preferencialmente en Europa. El boom está más relacionado con los autores Gabriel García Márquez de Colombia, Julio Cortázar de Argentina, Carlos Fuentes de México y Mario Vargas Llosa del Perú. Era un movimiento considerado "de vanguardia" por ser estos escritores quienes desafiaron las convenciones establecidas de la literatura hispánica. Su trabajo fue experimental y, como consecuencia del clima político de Iberoamérica en la década de 1960, también muy político.

Aparece el Centro Editor de América Latina que se convertirá en el centro intelectual de muchos de los principales escritores y críticos literarios de Argentina, abarcando a la generación de intelectuales provenientes de 1950 hasta 1980, permitiendo no sólo el desarrollo intelectual de muchas generaciones de jóvenes que se iniciaban en la carrera académica, sino que además fue clave para difundir la literatura argentina a los lugares más recónditos del país, alternando entre clásicos como el Martín Fierro de José Hernández y obras un poco menos tradicionales.

Después de la dictadura militar (1976-1983), se destacan nombres como los de Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Manuel Puig, entre otros. Muchos de estos autores habían comenzado su actividad en los años anteriores a la dictadura; otros aparecen en los ochenta y noventa para reanudar la discusión literaria. El tono de parodia de algunos de ellos, la ironía, la fantasía, el realismo y la épica, la gravedad o la liviandad, el minimalismo y la lírica intimista y feminista indican las tendencias y tensiones del momento histórico.
Expresaba Manuel Puig, en “Boquitas pintadas” en 1969:
En esa calle de Buenos Aires los arboles crecían inclinados, tanto por el día como por la noche. Que inútil humillación, era de noche, no había sol ¿Por qué inclinarse? ¿Habían olvidado esos árboles toda dignidad y amor propio?

Durante el gobierno de Carlos Saúl Menem (1989-1999), surgen nuevos grupos de autores, alrededor de núcleos de autogestión. Se organizan lejos del circuito tradicional en galerías, y comienzan el uso de centros culturales barriales y discotecas. Publican en editoriales pequeñas, revistas independientes y en la Red. Se destacan autores como Juan Desiderio, Washington Cucurto y  Daniel Durand. Después del colapso económico y financiero de 2001 y 2002 aparecen e intensifican las actividades auto gestionadas.

El Remodernismo
Como explicaba al inicio de este texto, el Remodernismo es una fuerza heredada del siglo XX, operando bajo las formas del siglo XXI, seguida por un grupo de artistas, críticos, escritores internautas, que continúan leyendo textos de la modernidad imperante en el siglo XX.

En la segunda mitad de la década de 2000, se consolida una nueva generación de escritores, al mismo tiempo que surgen nuevas voces con escrituras más breves, experimentales y publicadas algunas a través de Internet, en coincidencia con la aparición del formato del blog. A este movimiento se lo denominó Nueva Narrativa Argentina y comienza a tomar notoriedad pública a partir de 2005, con la publicación de la antología La joven guardia, que significa la primera publicación que conglomera una buena cantidad de nuevos autores y la presentación en sociedad de una generación caracterizada por la autogestión y la organización de lecturas públicas, reivindicando el rol de la literatura como un acto colectivo, consagrándose nombres como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Patricio Pron, Pedro Mairal, entre muchos otros.
Para destacar la diferencia marcada de esta época, como ser la escritura expresando el interior, mostrando sentimientos que la embargan haciendo el texto con una propuesta de intromisión personal, cito a Samanta Schweblin, donde en el 2002, en “El núcleo del disturbio” describe:
No hay remedio que incentive la alegría cuando todos se han rendido, cuando cada uno, borracho, recorre una calle diferente, sintiendo que de los hombros cuelgan brazos pesados y de las manos dedos cuyas puntas parecieran arrastrarse sobre el cemento áspero de una ciudad que ninguno de ellos ha elegido.

Tras la crisis de 2001 y la impronta nacionalista y populista del Kirchnerismo, esta nueva generación parece haber dejado atrás algunas de las temáticas más marcadas de la literatura post dictadura, aunque todavía mantiene un hilo vincular con la generación de los '90.
Con los cambios positivos económicos, surge el mercado de editoriales pequeñas. El abaratamiento general de los costos debido a los cambios tecnológicos y un cierto recambio generacional y de perfil de editor dejando atrás el paradigma del editor como gerente de marketing, para ocupar el rol de editor culto, arriesgado e inquieto. Con el armado de muy buenos catálogos con un alto nivel de profesionalidad: libros bien hechos, bien distribuidos, con mucha presencia en la prensa y las librerías e, incluso esas pequeñas editoriales argentinas, comienzan a tener presencia en España y en el resto de América Latina. Son beneficiados autores jóvenes, pero también los hay consagrados.
Hacia el 2011, la publicación “Los prisioneros de la torre”, ensayo de Elsa Drucaroff sobre la literatura argentina post dictadura, significa la primera legitimación académica de los narradores de La joven guardia y del movimiento literario que generó, dando lugar a la existencia de una nueva generación: la "nueva narrativa".

Esta "nueva narrativa", se presenta como un movimiento colectivo y de participación donde la influencia de la dictadura parece haberse reducido dando lugar a una literatura con un compromiso político renovado; destacándose con fuerza temas como la autobiografía, la influencia de los medios de comunicación, el uso de drogas, el fuerte vínculo con las redes sociales, la adaptación a las nuevas tecnologías y una mirada lúdica acerca de la realidad, dentro de un marco crítico pero sin la desesperanza que teñía el espíritu de las generaciones anteriores.
Entre los autores más relevantes de la actualidad destacan nombres como Selva Almada, Oliverio Coelho, Gabriela Cabezón Cámara, María Moreno, Ariana Harwicz,  Federico Falco, Fernanda García Lao, Luciano Lamberti. La literatura del interior es tan antigua y prolífica como la literatura de Buenos Aires, con la diferencia que los escritores provincianos, por su acceso restringido​ a las grandes editoriales y a los medios de comunicación masivos, son mucho menos conocidos que los escritores metropolitanos como es el caso del santafesino Juan José Saer; María Gainza, Ricardo Piglia, Samanta Schweblin, César Aira, Juana Bignozzi y Rafael Spregelburd.

Dando testimonio propio de esta vuelta de rosca de la ciber literatura, puedo citar grupos de escritores que se abren camino divulgando su trabajo de la manera que se presente: invitaciones en las redes de comunicación, paginas sociales, participando Festivales, antologías; colectivos de escritores y bares literarios exponiendo sus obras entre colegas independientes, participando activamente en Encuentros y Concursos tantos nacionales como internacionales; auto editando sus propios libros. Uno de esos grupos a la cabeza del escritor Juan Botana, Lidia Putterman, Liliana Fresco, Gabriel Díaz, María Eloísa Arguello, Raúl Ezcurra, Pablo Funes y yo, Susana Rebequi, entre otros, trabajamos para hacernos escuchar, y exhibir nuestra obra a la valoración de nuestros pares y público en general.
Por ejemplo, en el Gran Buenos Aires, se formo “Colectivo de Poetas” cuyo fundador es Juan Botana, vamos llevando la nueva narrativa a aquellos lugares donde nos habiliten. Como este caso, existen muchísimos más que se distribuyen a través de todo el país.
Les comparto un texto de este escritor del sur del Gran Buenos Aires:
"Banfield es una esquina, una historia de tantas. De amor y de engaño, de horror tal vez. Desolada, triste, perdida. Que me cuesta contar. Porque hay historias que uno lleva mordidas en la garganta y las lleva durante mucho tiempo, hasta que un día siente que las debe escribir, aunque al hacerlo traicione el relato prestado de los retazos de vida de muchos conocidos, aunque les cambie los nombres".

Me tomo el atrevimiento de colocar un texto propio, escrito en una tarde desolada dentro de las cuatro paredes de mi hogar:
“Sola, en el comedor, tomando mate frío, a media luz, con la tele de fondo y los pensamientos volando; dando rienda suelta a no sé qué, pero recorren el espacio a puntillas, como para no despertarme en este reposo de ansiedad que socavo despacio...” (Susana Rebequi)

Cerrando el tema, el Remodernismo no es más que reminiscencias culturales del modernismo incorporado a la habilidad de proyección que posee el ciber espacio y sus programas multimedia, para administrar las relaciones y la difusión masiva de aquello que se quiera dar a conocer pero trabajando la postura en primera persona, con demostraciones constantes de nuestro interior más que de la coraza exterior que la ornamenta, teniendo en cuenta que  hoy, el escritor, en el género en que se mueva, debe generar la  autosuficiencia para buscar los nexos para hacerse conocer.

El rol de la escritora argentina del Siglo XXI

Dentro del Siglo que estamos transitando, las mujeres han surgido mas allá del ámbito domestico, buscando igualar su condición social en un ambiente preparado solo para el sexo masculino.
De la mano de movimientos feministas, la mujer mostro la faceta intelectual que posee, desmitificando el modo en que la familia, el Estado, las religiones, los medios de comunicación siempre intentaron naturalizar la jerarquía a favor del hombre, quitándole visibilidad al aporte femenino; aporte que aun sigue pidiendo espacios en algunos sectores, como ser el cuidado familiar, la sexualidad, la violencia de género, el empleo.
Estoy en condiciones de citar a la escritora Selva Almada. Ella en el 2012, cobra gran prestigio con su primer novela “El viento que arrasa” (obra que fue traducida a varios idiomas), donde argumenta la sugerencia a los silencios. También en “Chicas muertas” (crónica de no ficción), la autora describe varios femicidios ocurridos en distintas provincias argentinas.
Almada en “El viento que arrasa” cita lo siguiente:

“…y esos errores volvían de vez en cuando, la perseguían como una ligera y persistente nubecita de moscas zumbonas...”

En el caso de Claudia Piñeiro en su novela policial “La viuda de los jueves”, se atreve a hablar de la decadencia social que arrasa con los estilos de vida en la actualidad. Se lo puede conceptualizar en uno de sus párrafos:

“…error de muchos de mis vecinos fue creer que se podía vivir eternamente gastando tanto como se ganaba…”

Dentro de las obras de la autora Luciana Peker quien, en su primer libro “Soy Sabrina, soy Santiago” se especializa en género o, en “la revolución de las mujeres” hace mención a la violencia de género y el “ni una menos”. En el primer texto citado nos cuenta:

“…me dicen SaSa porque no me siento ni Sabrina ni Santiago: no soy ni hombre ni mujer...”

Dentro de mi categoría, pudo auto citarme en el poema “Como él”, cuyo relato es describir la posición de mi padre con respecto al rol de la mujer y el trabajo, mitificando que por serlo, no todos los empleos estaban justificados.
Quería aprender lo que hacia él,
de la misma manera,
tan detallista y certero.
pero me dijo que no,
que no era trabajo para una mujer.

Muchas veces le pedí que me enseñara
a utilizar la dobladera, el telar, el cartón
y la tela que usaba para enlomar.
Me mando a estudiar.
dijo que no era tarea para mujer.

Yo quería ser como él.
y darle forma a esas hojas
que se fusionaban en libros.
hacer las tapas de cuero, dorar a la hoja,
curar las páginas rotas.
Pero no, no era trabajo para una mujer.

Simplemente lo miraba
encuadernar lo que fuera,
sea fascículo, tesis o agenda
y estudiaba sus movimientos
porque no me explicaba nada.

Yo quería ser como él.
Pero eso él, no lo deseaba.
y se fue sin enseñarme su arte.
Yo quería ser una artista
con las manos, como lo era él.
Pero Papá dijo que no;
no era trabajo para una mujer.

Por ende, todas estas situaciones aun signadas de conflictos, siguen buscando conquistar su lugar, en un futuro inmediato, con carácter igualitario a favor del sexo femenino.


Susana Claudia Rebequi, Buenos Aires _Argentina

domingo, 18 de noviembre de 2018

La vida de un pueblo

LA VIDA DE UN PUEBLO
se parece a la mía.
Una vida tranquila,
De mochila al hombro,
de salir a la ruta
y escribir la vida.

Un perro que ladra,
la gente que pasa,
la iglesia y su esquina.
Un banco de plaza,
El centro cerrado,
se pasan los días.

La vida de un pueblo
se parece a la mía.
Una vida distinta.
De mate en la mano,
de salir a la puerta
y escuchar que silban.

Un tren que no sale,
la barrera baja,
la siesta de tarde,
un cine teatro,
la murga que ensaya,
¡Buen día vecina!

La vida un pueblo
se parece a la mía.
De calle empedrada
y sin autopista.
De puertas abiertas,
de vuelta al trabajo
y otra vez sin prisa.

Una comida rica,
el amor para siempre
el sol que ilumina.
De andar casi ciego,
como el perro del Cholo,
que ve si lo miran.

domingo, 9 de julio de 2017

Hojas en otoño (o parque)

¿Qué cosas son estas?
Las de leer un poema
una tarde de sábado
a una chica en un parque
que nunca besé.

La de hacerlo por meses
y seguir haciéndolo.
Incluso la tarde
que mirando al lago
me dejo de ver.

¿Qué cosas son estas?
Que hacen que un poema sea más que uno.
Y confunda con lágrimas
las letras azules
que tiene un papel.

Como si la memoria 
borrara el recuerdo.
Y se lleva los besos
en las hojas que caen
de otoño otra vez.

jueves, 11 de febrero de 2016

Le gusta


LE GUSTA escuchar mi amor,
una canción,
el silbido del aire,
nadie.
Antes de dormirse escuchar mi voz.

Le gusta.

Le gusta escuchar mi olor,
el sabor a la leche,
el agua que cae,
Male.
Antes de despertarse,
saber que estoy.

lunes, 8 de febrero de 2016

Los árboles


Habla con el cielo,
las flores, el árbol.
Habla por sus sueños
todavía sin miedo.
Habla como puede
con apenas un año.
Habla como quiere "toe"
todavía sin riesgo.
Leve,
como una nube
de sombra y silencio.
Leve;
como el perfume;
como un molino,
como las hojas
sacuden al viento.

sábado, 30 de enero de 2016

Senegal


¡ÉL NO ERA ALEGRE! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegales de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y le compro todos los relojes que llevaba en la valija, y como le pareció insuficiente el dinero que le cobraba, le pidió que fuera a buscar más. Y Handré salió corriendo hasta el quiosco de flores donde escondía la mercadería por si de improviso caía la brigada y le levantaba el puesto (aunque éstas cosas se avisan), y le vendió la mercadería de tres valijas no de una. ¡De tres! Poco más que la abrazó, se persignó y se arrodilló ante ella, y como si se tratara de un ángel salvador venido del cielo le besó las manos. Basilia le pidió que por favor no lo hiciera, que no sea loco, que estaban en la calle, que los estaban mirando, que no hacía falta, que ella no tenía nada que ver. Que la mandó su patrona a comprarle los relojes. Que quería ayudarlo. Handré ahora sí la abrazó agradecido, y sin contar el dinero lo guardó en la riñonera y se fue de raje a rendirle cuentas a su jefe Lourenco, contento y cantando en perfecto francés cuando de pronto se le escapó un: “Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café” y se echaron a reír los otros vendedores ambulantes de cuanta cosa se les ocurra ocupando las veredas de Av. Pueyrredon y Av. Corrientes en la zona del Once.
Handré era alto y flaco, tenía físico de deportista y de haber tenido chances hasta podría haber sido modelo, pero no. Tampoco tenía un oficio del cual jactarse, aunque sabía algo de plomería, un poco de electricidad y algo de albañilería pero nada más (se las rebuscaba como quien dice). La suerte en cambio lo trajo a la Argentina por un aviso de una ONG que buscaba jóvenes emprendedores con ganas de trabajar en ventas en el país, y una vez en Buenos Aires, después de un curso de español de casi tres meses que le dieron, se topó con Lourenco.
Lourenco Balscez era paraguayo de nacimiento, pero se crió al sur de Brasil y era una mezcla rara de Triple frontera. Macanudo sólo por las buenas. Chanta por donde lo mires. Pícaro y entrador por demás. Supo hacer plata trayendo mercadería desde Uruguayana en los años 80 de muy joven; y ahora ya grande hace lo propio desde Ciudad del Este. Hace treinta y cinco años más o menos se estableció en la Ciudad de Buenos Aires en la zona del Once, Almagro y Villa Crespo y no se fue más. Esto desde que se casó con una argentina que conoció un verano trabajando vendiendo remeras de Bob Marley y de Peter Tosh y escribiendo tu nombre en un grano de arroz en Barra da Lagoa en Floripa, y agarró sus cosas que no eran muchas y se vino para acá. Nunca fue muy apegado a su familia natal y no era mucho de extrañar, y como siempre estaba en busca de nuevas aventuras, qué más daba; aunque ahora no tanto. Actualmente es un empresario que maneja locales en galerías cerradas que se arman al estilo saladita, pero la plata grande la gana con la venta ambulante, dando trabajo principalmente a inmigrantes peruanos y ahora africanos, desde que se le ocurrió esta genialidad de poner una aviso en una ONG medio turbia que trae gente de Senegal. Y por supuesto, arreglando con la cana y con migraciones.

-¡Señor Lourenco! ¡Mire! Toda esta plata la gané para usted.
-Ya te dije, Handré, lo que ganes es para vos. No para mí. Para vos. ¡Vos trabajá para vos! ¡Para vos! Yo ya estoy hecho. Yo te doy la oportunidad. Nada más que eso. A mí no me debés nada.
-Vendí las tres valijas que tenía con relojes. ¡Las tres! En una mañana.
-¿Pero cómo hiciste? Si hace tres semanas que te puse en esa esquina y hasta ahora te habían comprado nada más que 10 relojes. ¡Eso sí! Las minas te miran todas y encima vos les ponés carita de tímido para conquistarlas. Pero comprar…, lo que se dice comprar, no te compran un puto reloj las guachas. ¿Contame cómo fue?
-Hay una mujer rubia, muy buena, de ojos muy claros, que se llama Basilia. Me parece que es paraguaya, así como usted.
-¡Hermosa mujer entonces!
-De unos sesenta y pico de años, que trabaja se ve en la casa de alguna mujer de plata y me dijo que me quería ayudar. Había venido otras veces, siempre por la mañana, y yo le conté un poco acerca de mi país, la République du Senégal. Le conté que su nombre se debe al río Senegal, que marca la frontera este y norte del país, que limita con el océano Atlántico al oeste, con Mauritania al norte, con Malí al este, y con Guinea y Guinea-Bisáu al sur. Gambia, en cambio, es otra cosa, forma un enclave virtual dentro de Senegal, siguiendo el río Gambia durante más de 300 km tierra adentro. Las islas de Cabo Verde se encuentran 560 km mar adentro, frente a la costa senegalesa. La población del país se estima en aproximadamente 13 millones de personas. El clima es tropical con dos estaciones, una seca y otra lluviosa. En cambio acá, el clima es más húmedo.

-¡Paraá… Handré, que no te estoy escuchando! ¿…Qué me dijo señor? -Si venden jueguitos de Play 2-. SI, claro, en el local 4. Igual recorra toda la galería que tenemos también ropa deportiva Nike, Adidas, Columbia, The North Face, lo que quiera. Todo para la dama y el caballero. Por si quiere hacer algún regalito, o para usted le digo. ¡Entre, entre! Con confianza, sin miedo. No sea tímido.
Perdoná, Handré, ¿qué me estabas diciendo?
-…Que el clima acá es más húmedo. Que Dakar es la capital de Senegal y que yo vengo de allí y es la que le dio el nombre al Rally que ahora se corre en la Argentina y Bolivia.
-¿De qué estás hablando, Handré?
-Lo que le contaba a la señora Basilia. La que me compró todos los relojes. De eso estoy hablando.
-¿Eso le contás a los clientes? Por eeso no vendés un joraca. ¡Los aburrís!
-¿Pero a ésta le vendí?
-Eso es verdad, ahí me cagaste. Dividamos la guita y a seguir vendiendo que parece que hoy es tu día de suerte y hay que aprovecharlo. Quién te dice. Vamos, llevate otras tres valijas, como te gusta decirle. Yo los llamo portafolios. Todo primeras marcas, observá: Gucci, Rolex, Tag Heuer, Bulgari, Breitling, Calvin Klein, Cartier, Chanel, Tomy Hilfiger, Michael Kors. Nada de relojes cualunques: Omega, Adidas, Nike, Tressa, Casio, Seiko y Citizen, que esos los vende cualquiera.
¡Vamos, Handré, andá! ¡Boas ventas!
-Muchas gracias, Lourenco, nos vemos mañana. “Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café”, se fue cantando. Y se paró otra vez en la esquina de Pueyrredon y Corrientes, con la mirada menos baja ahora.

Pasó una semana y el golpe de suerte que supo tener parecía no volver a repetirse, no había vendido más que unos 15 o 16 relojes durante esos días (aunque fueran todos de primeras marcas) y la ganancia que recibía a cambio no alcanzaba para la comida, darle la viva que le correspondía a Lourenco y pagar la pieza que regenteaba Jose, el Tiburón, un peruano de rulos parecido a Dieguito Maradona cuando era joven, que andaba siempre vestido con buzo y pantalón de gimnasia del equipo de Boca y que se dedicaba principalmente a la venta de cds y dvd truchos por el Bajo Flores, también amigo de Lourenco. El mismo que le ofreció ponerle un puesto en la feria de Castañares a unas cuadras de Carabobo saliendo de la villa. Pero Handré no mordía la mano al que le daba de comer y era fiel a Lourenco, y a esa esquina de sol y gente que lo miraba más por su aspecto parecido a Usain Bolt o a Michael Jordan que para comprarle un reloj. Hasta que se acercó una mujer de no más de cuarenta y cinco años, rubia, fina, muy mona, vestida con ropa de gimnasio, pelo planchado, zapatillas originales, no como las que él usaba y se vendían en la calle o en las saladitas, y le dijo:

-Acercándose despacio a su oído le dijo: ¿Parlez-vous francois?
-Bien. Trés bien, contestó.

Y al ver que se ruborizaba temió incomodarlo y fue más directa: “Necesito los mejores relojes que tengas. Todas primeras marcas. Son para regalar como souvenir en una fiesta que voy a dar el sábado en mi casa”.
-¿Pero cuántos?
-No importa tanto eso. Los que te entren más o menos en tres ataches como éste que tenés acá. Andá a buscarlos que te los pago ahora, que tengo 15 minutos antes de ir a mi clase de pilates a un departamento a unas pocas cuadras de acá. Iba a enviar a mi empleada, Basilia, pero esta vez preferí venir yo, hoy, personalmente, para conocerte.

A Handré no le daban las piernas para ir a buscar los relojes. Y otra vez hasta el quiosco de flores donde los guardaba. Y otra vez cantando el: “Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café”. Y otra vez ganarse la confianza de su jefe Lourenco y el respeto de todos. Y otra vez pagar las deudas. En portuñol otra vez: “Boas ventas”.

-Con guiño de nariz le dijo: ¡Chauu, Handré! ¡Graciaas!
-¿Sabe mi nombre?
-Y que sos de Dakar también. Basilia, me contó. Nos estamos viendo. “Mercy… Au revoir”

-¿Su nombre es?
-…Andrea. Andrea es mi nombre.

¡Andrea, Andre…, Handré!, quedo regulando. En el suspiro húmedo de un beso en la mejilla como despedida que inflama, como la alergia que dejan los nogales. Pasaron los días y no volvió a verla. Las mañanas lluviosas. Hasta que uno de esos días en los que el cielo se te pone negro de pronto sobre la cabeza y te nubla, se le apareció Basilia diciendo que su patrona estaba muy enojada con él, que muchos de los relojes que le había vendido no andaban y que por tal motivo quedó pésimamente con muchos de sus invitados que se llevaron como obsequio un reloj de la fiesta que había dado el sábado pasado en su casa. Handré no sabía dónde meterse. Decía que no podía ser. Que la mercadería era de primera. Que Lourenco la entraba vía Paraguay, pero que la importaba directo de China y Sri Lanka. Que eran los mismos fabricantes que confeccionan para las mejores marcas.
En ese momento lo único que quería era disculparse con Andrea. Handré sintió un nudo en la garganta que ató su sonrisa tímida al verla a Basilia. Entonces perdió toda verguenza. Iba repitiendo a gritos que los relojes andaban, que tenía que creerle. –No te preocupes, Handré. No te pongas mal. Mi patrona dice que vayas esta tarde a la casa, que te va a estar esperando y que con una explicación sincera se soluciona todo-. Por supuesto que iré, le dijo. –Acá tenés la dirección-.  Después, estando solo, y cuando Basilia ya estaba lejos. Todavía lo repetía: “los relojes andaban”. Jamás tuve una queja. ¡Jamás!

Caminando derecho apurado por Av. Pueyrredon después de doblar por Av. Alvear, llegó hasta Posadas casi esquina Schiaffino como le había indicado la señora Basilia, a metros del Palais de Glace. Creyendo que la distancia de Av. Corrientes hasta Recoleta era incluso más cerca. Mientras el sol del otoño después de la lluvia intensa transpiró de blanco su camisa violeta. Tocó el timbre con miedo, tuvo que pasar una cámara y una garita de seguridad para recién después ingresar a la casa. En su vida había estado en una casa tan grande, tan segura, tan fina, tan alta, tan linda. Llevo una valija con relojes de repuesto por si tenía que cambiarlos y herramientas para arreglarlos por si fuera necesario. Bajo ningún concepto quería quedar mal con su mejor clienta. ¡Andrea, Andre…, Handré!, balbuceó su boca ni bien le abrió la puerta. Ni siquiera se animó a saludarla. Bajó la mirada como habitualmente hacía ante quien es blanco y le paga. Temía que aquel: ¿Parlez-vous francois? tan suave, que escuchó de su boca, no volviera a repetirse en su oído. Tomó los relojes que no funcionaban y comenzó a revisarlos uno por uno cuidadosamente. Lo tranquilizó saber que de los 600 apróximadamente que le había vendido, no eran más que unos 30 los que no funcionaban.

- Yo mientras hago mis ejercicios de pilates, le dijo. ¿No te molesta, no?
-No, para nada, contestó Handré, sin sacarle por un segundo los ojos de encima a los relojes.
-Me quito la remera para estar más suelta. ¿Te incomoda?
-(…)
-¿Está bien el aire acondicionado así en 24° o querés que lo baje?, murmuró.
-Así está bien, respondió, sin siquiera saber lo que estaba diciendo.
-¿Hiciste alguna vez pilates?, le dijo.
-No
-¿En tu país no lo hacen?
-Ummm… No sé.
-Tenés miedo de mirarme ahora. Estás avergonzado por lo que pasó con los relojes.
-Un poco.

-Pero para mí andaban.
-Puede ser… Jamás los probé. Quería que vinieras.

-Ayudame con este ejercicio que no puedo sola. Acercá tu pecho a mi espalda. ¡Estás todo sudado! Sacate la camisa si querés. ¡Qué calor, no! Pasá tus brazos por debajo de los míos y sosteneme como si fuera una toma. Ahora incliná tu cuerpo hacia atrás y llevame con vos hasta tocar con la punta de tu cabeza la colchoneta. Ahora muy despacio balanceate hacia adelante. ¡Despacio, Handré! ¡Más despacio, sabés! No te preocupes si me rozás los pechitos. Es normal exitarse con estos ejercicios.

Mientras la cara de Handré comenzó a ponerse cada vez más pálida por los nervios y el roce. Y ella no pudo mirarlo porque estaba de espaldas.
Y él comenzó a calentarse. Y ella que ya un poco lo estaba.
Y le pidió que repitiera el ejercicio unas cuantas veces casi como una orden. Y él insitió otra vez con el tema de los relojes.
Y ella le dijo que no importaba. Que era mentira que no andaban. Que quería que viniera. Que era por eso. Que se relajara.
Y él no podía escucharla con la música tan fuerte y le pidió que la bajara.

-¿Qué? ¿No te gusta? Si es la canción de tu país: “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal. Diz pováo Senegal regiáo”, le canturreó al oído. No sabés como la bailaba cuando tenía más o menos tu edad en un pub de Belgrano. Es de Olodum, un grupo brasilero. ¡Bailemos!
–No lo conozco-
-Pero a mí sí me conocés. ¿O querés conocerme mejor?, preguntó.

Y ella se dio vuelta de golpe y le clavó la mirada, y siguieron haciendo, el mismo ejercicio, mirándose a la cara. Hasta que el calor fue más que sofocante y él no aguantó no besarla. Y cerró sus ojos negros con miedo sumiso esperando el sopapo.
Y ella tardó unos segundos, lo miró otra vez fijo y le dio una cachetada. Y cuando él: con vergüenza morena quiso separarse y bajó la mirada. Ella empezó a besarle el cuello acaloradamente y después los pectorales y terminó en la espalda. En la cintura ya estaba. Y sin dejar de hacer nunca el ejercicio, besándolo, le quitó la ropa que para entonces sobraba.

Handré se fue de la casa con los 600 relojes recuperados que le había vendido. Andrea, se los devolvió. –Tomá. Son tuyos, le dijo. Yo no los necesito. Llevalos como agradecimiento o algo así-. La historia se repitió por unas cuantas semanas. El iba siempre con la excusa de realizar algún arreglo en la casa. La idea tenía algo que lo perturbaba.  No. Sí, se preguntó varias veces.
Iba Basilia al puesto por la mañana una vez por semana. Le compraba tres valijas repletas de relojes. Después Handré visitaba a Andrea en los horarios que ella le indicaba, generalmente de tarde, cuando no estaba el marido, y se volvía luego con los mismos relojes. Lo hacía como agradecimiento o algo así. El problema es que Lourenco creía que efectivamente los estaba vendiendo, y cada vez más entusiasmado con esta situación, no paraba de darle más portafolios de primeras marcas a su vendedor estrella. Y ya no sabía dónde mierda meterlos. Los guardaba en la pensión debajo de la cama. Con lo que Handré tenía más relojes de los que efectivamente podía vender. Y no sabía qué hacer. La idea tenía algo que lo perturbaba. Decí que por suerte en el mundo de los negocios y la venta ambulante, la lealtad se paga igual que se gasta, taca taca; y la fidelidad que decía jurarle a su jefe Lourenco se fue como un polvo de tarde de abril casi esquina Schiaffino por la Recoleta, cuando le ofreció el Tiburón un localcito en la feria de Castañares los fines de semana en el Bajo Flores. -Nada de estar en la vereda. Te hablo de una estructura armada; bien; adentro, en la feria; con media sombra y todo. En el mismo lugar donde paran los puestos de comida peruana, las peluquerías, las tiendas de zapatos, los electrodomésticos, la bijou. Te va a ir muy bien. ¡Vas a ver! Ahí no te jode la cana ni nadie. Está todo arreglado. Te movés como local. Yo te cubro. ¿Me entendiste, no? En la feria oficial, no en la paralela que se monta en la calle, te digo. ¿Qué me decís? ¿Aceptás o no? Si la mercadería ya la tenés. Y este laburo no es con stock. La merca que no se vende, quema. ¿Qué me decís? ¿Aceptás?-
Sí. No, se preguntó varias veces. Hasta que aceptó. Si podía trabajar en los dos lugares y ya no sabía qué hacer con tantos relojes.

-Hola Andrea. Soy Handré. Pero no me están dejando pasar- La notó, rara, o a lo mejor: nerviosa. Como queriendo que se fuera. Pensó que a lo mejor llegó de improviso su marido y por eso la forma. A lo mejor le molestó que la última vez que estuvieron juntos tenía más ganas de conversar que de hacer los ejercicios de pilates para terminar en la alfombra. Que siempre se la cogía igual y se había aburrido. Que ya no quería gastar tanta plata en relojes. Que efectivamente volvieron sus hijos de las vacaciones.
Cuando el seguridad de la casa le entrega una nota con un pedido celoso manuscrito por ella y debía cumplirlo, indicándole que fuera de inmediato a una dirección a unas pocas cuadras de allí.
Handré bajó la mirada como habitualmente hacía ante quien es blanco y le paga. Sobre la calle Quintana altura 223 entre Rodríguez Peña y Montevideo, con balcón terraza, en el último piso.

-¡Aló, Adriana! Ahí te lo mandé, no sabés, es un bombón Handré. A ver si se te va un poco esa angustia eterna que te tiene penando. ¡Ponete linda, sabés! Al pedo, te lo digo. Porque vos más linda no podés ser. Y no entiendo cómo con tus 27 años te las pasás llorando que todavía no tuviste hijos y que tu marido no está casi nunca en tu casa. Si desde que se metió en la política se la pasa de reunión en reunión, y ahora resulta que se van con el mío que le maneja la seguridad a Humahuaca al cierre de campaña de Mauricio. ¿A vos te parece? Que tendría que decir yo. Si tampoco lo veo mucho. Salvo cuando voy a buscarlo rara vez al trabajo y me saca de su oficina lo más rápido que puede. Si siempre llega tarde a la noche y se va temprano a la mañana y casi que tampoco lo veo. Y mis hijos peor: ya no me dan ni bola, excepto para pedirme plata rara vez, porque para eso lo tienen al padre. Todavía viven en casa pero es como si no lo hicieran. Delfi se la pasa con su exitosa carrera de modelo, y Agustín entre la facultad y el rugby está más en casa de amigos que en la mía. Vamos a ver hoy a la noche cuando vuelvan de vacaciones de Cariló si se dignan a preguntarme como estoy.
Pero lo que importa ahora sos vos, linda. El moreno es un sol. ¿No sabés? Es senegales. Te cuenta un poco de su país, pero vos lo cortás y listo; medio de memoria lo cuenta, porque se ve que todavía muy bien el castellano no lo habla. Es de pocas palabras y parece tímido o se hace, pero cuando lo franeleas un poquito es un fuego. ¡Qué querés! Tiene 22 años. Está más para vos que para mí. ¡Aah… y cuando te coge, no sabés; aaah, te hace ver las estrellas! Te pinta el cielorraso como dicen los grasas. ¡Je, je! ¡Qué rea me salió! Es que te pone así. Tenés que probarlo. Cometelo por mí, que yo ya no puedo.

-A-dri-a-n-a! Soy Handré. Me mandó Andrea. Me dijo que necesitaba algo. No sé.
-Hola! ¿Cómo estás, Handré? Le digo al encargado que te haga pasar enseguida. Subí por favor por la puerta de servicio. Por seguridad claro.
-Mercy.

-¿Hablás francés?-. Fue lo primero que le dijo ni bien le abrió la puerta. Después lo saludo con un abrazo y un beso en cada mejilla. Bien parisino. Y casi que le da otro al costado de la boca. Es que nunca había podido dominar sus impulsos. Y hace tanto que no lo hacía. Pero ya Handré no se ponía blanco de vergüenza cuando una mujer hermosa y con plata lo avanzaba al mirarlo, apenas un poco colorado, no más. Y se quedó mirándola, como si fuera mentira. Era preciosa y lo estaba observando, de arriba abajo, con mirada perdida, y se dejo mirar sin bajar la mirada. Y por eso bajó la cabeza para no tentarse.
Pero me parece que este caso no se parecía en nada al anterior. Le gustó más a él conocerla que a Adriana, o ella lo disimulaba mejor, concentrada en cumplir al pie de la letra con el pedido de Andrea. Que por supuesto era mayor que ella y un poco la aconsejaba y otro poco la manejaba, quizá.

-¿Hablás francés?
-Oui. Digo, sí. Pero ya me manejo bastante bien con el español.
-Yo hablo bien el inglés.
-¡Qué bueno! Yo no.
-Sos senegales, me contó Andrea.
-Sí.
-¿Qué sabés hacer?
-Vendo relojes.
-¿Y algún oficio? ¿Plomería?, ¿algo?
-Sí, en la escuela de oficios en mi ciudad aprendí un poco de plomería, otro poco de electricidad y trabajé como albañil varias veces.
-De ahí el cuerpo que tenés.
-No sé, puede ser. Me contaron que mi papá era así también. Pero no lo conozco.
-¿Y tu mamá?
-Vive en las afueras de Dakar con mis tres hermanos. Yo les envío dinero desde acá y me gustaría traerlos, pero por ahora no puedo. Trabajo a la mañana en la venta de relojes en una esquina del Once para un tal Lourenco. Es paraguayo como Basilia, la mujer que ayuda en la casa de Andrea. Le pedí de traerlos pero me dijo que todavía no se puede, porque son menores y mujeres ya grandes es más difícil hacerlo. Aunque mi mamá no es tan grande, tendrá unos 50 años. Es muy famoso, Lourenco. ¿No sé si lo conoce?
-Noo, no lo conozco.
-Y los fines de semana trabajo para Jose, le dicen el Tiburón. Es uno petisito, anda siempre vestido de Boca, en una feria del Bajo Flores sobre Castañares, me dio un puesto muy lindo. Él es el que me alquila la pieza sobre la Av. Belgrano y la calle Matheu donde vivo. Y por las tardes la ayudaba con la clase de pilates a Andrea o algo así. Pero, no sé, hoy me dijo que viniera para acá. A verte a vos. Me pidió eso. No me dijo porqué.
-Sí, me contó.
-¡Le contooó! ¿Qué le contó?
-¡… Todo me contó…!
-¿Cómo que todo le contó? ¡Se volvió loca!
-Tranquilo. No te asustes. Todo no me contó. Igual hay absoluta confianza. Somos muy compinches. Me dijo que hiciéramos así: Basilia va a seguir yendo por la mañana una vez por semana a comprarte como siempre las tres valijas de relojes. La diferencia es que en vez de llevárselas a Andrea me las va a traer a mí, y vos en vez de ir a lo de Andrea por las tardes, te venís para acá, a mi departamento, en el mismo horario que lo hacías con ella. Nada más que eso.
-¿Pero usted no hace pilates? Ni parecen interesarle los relojes. ¿Quiere ver alguno, le muestro? Hoy tengo: Chopard, Tissot, Gucci, Citizen, Rolex, Cartier, Chanel, Guess. Todas primeras marcas como dice Lourenco.
-¿Entonces no voy más a lo de Andrea?
-Mejor no. Porque a la noche vuelven sus hijos de las vacaciones y cuando están los chicos el marido suele estar más tiempo en la casa y puede ser peligroso si se entera lo de ustedes.
-¿Y usted no tiene marido?
-Sí, pero no me da bola. Yo todavía no pude tener hijos. Entonces tengo más tiempo libre. A lo mejor por eso. Él ahora se está dedicando a pleno a la política y el esposo de Andrea le maneja la seguridad. Son amigos. Y en eso las dos estamos igual, cada vez los vemos menos.
-… Está bien…
-Ok, entonces, te espero mañana. Besito, sos un sol, nos vemos mañana, ¡Chaucito!

Adriana hizo lo imposible para cumplir con el pedido de Andrea y evitó en cada gesto, cada ademán, cada insinuación, no poder tocarlo, cuando estaba claro que se hubiera dejado. Que se diera cuenta que le había gustado. ¡Handré era un bombón: tímido (aunque cada vez menos), comestible como una fruta silvestre a punto de caerse al pasto o a la alfombra. Elástico, en palabras de Andrea para hacer los ejercicios de pilates: un fuego. Pero ella no quería un amante de tarde ni de cuarentena en otoño. Ella quería que alguien la quisiera deberas. Que le calentara el oído no la concha. Que la respetara. Que la tuviera sobre todo en cuenta. Que la escuchara, y si no lo hacía durante todo el tiempo al menos no darse cuenta. Si hasta dejó su carrera de modelo en Córdoba para venirse a vivir a Buenos Aires con Augusto, diez años más grande que ella, y mirá como le fue. Está más aburrida que un hongo la pobre, y se deprime cada vez que su marido le dice que le salió otro viaje para acompañar a Mauricio. “No puedo negarme repite hasta al cansancio”. -¿Qué querés que haga? Si me prometió un ministerio en la nación y va a ser seguro el próximo presidente. Y después sí. Habrá más tiempo para disfrutar. Nos vamos a Miami o a Aruba. O a Punta Cana como tanto te gusta. Si en política se trabaja más en la campaña que cuando sos gobierno-.

La historia se repitió por unas cuantas semanas, pero un tanto cambiada. Lo que es peor, que cada tarde que se iba, cada lluvia secada, cada ventana baja, cada puerta cerrada, creía dejarla con el corazón vacío en la garganta por contenerle el llanto. Por mirarla. Por mimarla tanto. Entonces le dieron ganas de decirle lo que había estado pensando toda la tarde.
Nada.
Un día ella se encerró en la pieza como si fuera a llorar. Y él de un salto de atleta se levantó del sillón del living a buscarla. Y golpeó la puerta y la abrió de un golpe y también de golpe entró a consolarla. Y ella no pudo mirarlo a la cara porque estaba de espaldas.
Y él tartamudeó y comenzó a disculparse. Y ella que no lo miraba. Y le pidió por favor que no repitiera lo que había dicho.

Apenas el espejo le devolvía la imagen un tanto cambiada. Y él insitió que no le importaba, ni la plata, ni Andrea, ni Basilia, ni los relojes, ni las tardes, ni nada. ¡Mentira…! Qué… Las tardes sí.
Qué sólo le importaba …. –No lo digas- …Qué… las tardes sí.
Y ella le dijo que no le importaba. Que no sentía lo mismo. Que entre ellos no había pasado ni iba a pasar nada. Que quería que se fuera ahora. Que era por eso que esta vez lloraba. Que no la consolara más. Que se fuera. Que estaba cansada.
Y él no podía escucharla con el corazón latiendo tan fuerte. Hubo un silencio muy tenso, cargado de mimos que no estaban.
Nada... Las tardes sí le importaban.

“Del otro lado del mundo el amor es posible para crear nuevos silencios”, le dijo.
-¿Y eso?
-No sé, lo escuché.
-Vendrá o no vendrá pero siento que me está siguiendo.
-¡Quién? ¿Tu marido?
-No, Augusto no va a venir.
-¿Yo?
-Nooo. Vos sos lo mejor que me pasó en estos días.
-Entonces…
-El amor.

-Te dejo ir hoy para verte mañana.

Y ella se dio vuelta de golpe y le clavó la mirada, y siguieron soñándose otra vez cara a cara. Hasta que el calor sofocante los encontró en la cama. Y él no aguantó no besarla. Pero ella sí y lo echó.

Estaba perdidamente enamorado de Adriana, y aquel día sufrió de todos su mayor desengaño. Después hubo otros, pero de otro tipo. Ni siquiera se acordó de llevarse los relojes. “¿Y para qué cree usted que volví?”, le dijo enojado al encargado del edificio de la Av. Quintana. -La señora Adriana ni su marido necesitan que le haga ningún arreglo en la casa- “Ya lo sé”, contestó. Y se quedó regulando: ¡Handré, Handré, Adriana! “Te amo… y vos también me buscabas”. -¿Por qué me echaste? ¿Por qué?-

Unos días más tarde atardeció de golpe como en un derrumbe. De modo que su cuerpo parecía chocarse contra un grito de: “Hay vienen, hay vienen. Levantemos”. Handré parecía dormido y tardó en hacer caso. Las palabras que pronunciaron sus compañeros de esquina las escuchó más tarde como si vinieran de lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por tres de la brigada. El sol del ocaso desoló la acera de Pueyrredon y Corrientes como un día de lluvia en domingo, la vereda desierta de ventas y su mar de gente que seguía paseando cada vez más lejos, más lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por los tres de la brigada a los costados, después que vino Basilia a traerle las tres valijas con relojes y la plata que le adeudaba Adriana (justo en ese momento), y cuando quiso ponerlos en el quiosco de flores donde habitualmente los guardaba, no tuvo tiempo ni nada, no pudo. Y la historia una vez más le volvía cambiada.

-No puede ser. Lourenco no me dijo nada-. Además en el puesto de flores tenía toda la mercadería, también la que guardaba debajo de la cama de la pieza, porque ya no tenía pieza ni nada y el dinero que juntaba lo traía encima, con el riesgo que eso significa. Si hasta el Tiburón le dijo que ya no lo necesitaba, que lo apretaron para que lo hiciera, que se fuera a otro lado, que no volviera por Castañares ni por la pensión por un tiempo, y que por favor no preguntara nada más. “No sé, andate a Constitución, a Solano, a la Av. Avellaneda. A Liniers, o a la Salada. Qué sé yo, le dijo”. -Donde quieras, que no sea Once. Con esa facha vas a conseguir laburo enseguida. Vendiendo ropa en un shopping por ejemplo, algo más legal. En el de Haedo están pidiendo gente y en el de Catán también. Acá no te quiero más. Disculpame, Handré, pero no te puedo explicar más nada. ¡Perdoname! Ya vas a entender-.

Los policías bajaron del móvil: bolsas grandes y precintos y le decomisaron toda la mercadería. Tampoco le dieron tiempo a descartar el dinero, ni aceptaron una coima como arreglo como habitualmente hacen. La orden de levantarlo era estricta. Y tuvo que llevárselo con él a la comisaría, con el riesgo que eso significa. Sabiendo que se lo iban a sacar. Era senegalés, y la documentación precaria que le consiguió Lourenco quien sabe si se encontraba al día. –Qué se yo, estas cosas pasan-.

-Para mí que se enteró y me mandó a voltear por la cana, porque se dio cuenta que lo traicioné. Qué se yo, estas cosas pasan, se saben.
-¿Quién?
-Lourenco. A lo mejor Lourenco se enteró, o le contó el Tiburón que tenía más relojes de los que podía vender y que los estaba ofreciendo en un puesto a todo culo en la feria de Castañares los fines de semana.
-¿Pero no me dijiste que esos dos eran amigos?
-Sí.
-Entonces… tenía que saber.
-¿Y vos porque decís eso?
-No sé, me lo imagino. Así que te sacó toda la guita el rati, Betún; no te molesta que te diga Betún; antes de meterte en este calabozo de mierda conmigo.
-(…)
-No te la dan más, ¿sabés? ¿Y era mucha la plata?
-40.000 pesos y 500 dólares. Y los relojes también. Todas primeras marcas como decía Lourenco. Que deben valer otras 30 lucas más o menos, como dicen acá.
-¿Hablás bien castellano, vos, che? Digo…, bastante bien.
-Me enseñaron en la ONG que me trajo a la Argentina antes de presentarme a Lourenco. Y tres veces por semana me siguen dando clases. Gente muy seria es.
-¿En serio? Tanta mosca se mueve con la venta ambulante. ¿Y este Lourenco que nombras tanto se llama, la debe tener toda junta?
-Él sí, Pero si sos empleado no.
-¿Y el Tiburón?
-Supongo que menos.
-¿Y vos como hiciste la que tenés?
-No te digo. Vendiendo relojes en el Once y en la feria de Flores. Y también gracias a Basilia, una mujer rubia, muy buena, de ojos muy claros, que venía al puesto de Corrientes y Pueyrredon por la mañana una vez por semana a comprarme tres valijas de relojes; y a cambio yo ayudaba a su patrona, Andrea, a hacer sus ejercicios de pilates en su casa por las tardes y terminábamos en la cama o en el sillón o en el piso o en la ducha o donde ella tuviera ganas ese día. Era un soldado del amor o algo así. No sabés cómo se calentaba conmigo y lo buena que estaba para su edad, ¡es una diosa!, y la casa que tiene, y encima me devolvía siempre los relojes que me compraba y yo así los podía volver a vender. Pero un día se cansó, de mí supongo, y con la excusa de que volvían sus hijos de las vacaciones, me mandó a hacer lo mismo al departamento de una amiga de ella, Adriana se llamaba, siempre por las tardes también, pero con Adri no hacíamos ni pilates ni gimnasia.
-¡Así que… Adri!
-Era o había sido modelo, ¡preciosa!, tenía unos pocos años más que yo nada más y me enamoré como un loco. ¿No sabés? Sufría porque el marido no le daba ni pelota y porque no podía tener hijos. Era político o algo así. Augusto, me dijo, se llama. Todavía conservo su perfume en mi boca.
-¿No me digaas que te las garchabas a las dos?
-(…)
-¡Naaaah…! ¡La cara que poneees, chabón! ¡… Campeón mundial sos vos!, me parece. O me equivoco.
-Nooo… pará. Con Adriana no pasó más de unos besos. ¡Ojala! No te digo que me enamoré y hasta me le declaré y le regalé una cadenita de oro que era de mi abuela y todo, una tarde. Y para mí que a ella le pasaba lo mismo, por eso me echó. Hacer el amor con ella hubiera sido otra cosa, no hacer pilates.
-¿Pero a la veterana, SÍ te la garchaste?
-Sií. Y no sabés como le gustaba la pija.
-No te digo. ¡Campeón mundial sos vos, Betún! Cuando nos saquen de esta celda de mierda te invito una cerveza y un churro. El mejor: ¡Flores te voy a dar! ¿Probaste alguna vez?
-(…)
-El mejor para vos entonces. ¡Vas a ver cómo te deja! De la cabeza, papá.
Lo mío claramente no son las minas. Yo en cambio caigo siempre por falopa. Por gil. Porro vendo. ¡Pero bueno, bueno! Nada del que venden en la villa 1.11.14, o el que van a buscar los chetitos de Palermo o Belgrano a la Fraga ó a los edificios de Lugano. Pero vos sabés que tengo la yeta que se me da por pedirle prestada la campera de cuero a un amigo. Una bien piola, aviadora, color marrón. Alta facha. Y el pelotudo tenía un pelpa en el bolsillo, y ahora a estos ratis se le metió en la cabeza que ando vendiendo frula también. ¡Total, pégenle al negro! ¡De no creer! Aunque vos sos más negro que yo. ¡Je, je!
-(…)
-No te enojés papá. Fue un chiste, perdoná.
-(…)
-No te digo. Me dieron vuelta como una zapatilla estos cobanis, y me apretaron para ver si tenía más merca.
-Pobre. ¡Qué cagada!
-Ya pasó. Ya fue. Hablemos de otra cosa.
-(…)
-No te digo: ¡mirá, mirá, Betún! Lo buena que está esta guacha.
Vení…, deja de hacerte el dormido, querés. ¡Esta es la jermu del comisario! Están todos calientes acá con esta mina. Debe tener unos 45 pirulos o más, pero la rompe. Lo viene a buscar una vez cada tanto, acá, a la taquería, siempre a la mañana temprano y él ni pelota que le da. Yo la veo a veces porque más de una noche me la paso acá. El chabón se ve que no va a dormir mucho a la casa, porque en este negocio la guita se hace de noche.  Debe ser por eso. Yo sé porque caigo en naca cada dos por tres y me conozco todos los movimientos de esta comisaría. Si no vendiendo en la calle mucho no podría sobrevivir. Sé a qué hora vienen a pagar los transas, los que manejan las putas, los travestis, todo. Cuando salen a hacer la recorrida por los cabarulos, los quioscos de flores donde se vende falopa, las estaciones de servicio, los drugstores 24 hs, todo. La mayoría de los cyber son una pantalla, ¿sabés? Todos.
Y a éste para mí le gusta más la guita que el dulce de leche. Si no no se entiende. Por eso se queda laburando. Porque acá, cocodrilo que se duerme lo hacen cartera y te caga el negocio el milico de otra seccional. En cambio a mí, ¡cómo me gustaría garcharme a esta mina mientras el gil éste hace que labura! Sueño con eso. Todas las noches. ¡No sabés las pajas que le dedique a esta yegua! Los puñetes que me hice en su nombre. ¡Cayos me van a salir si sigo así! Porque vos me decís: ¿alguien se tiene que coger a esta puta? ¡Mirá las tetas que tiene! Está mina no está sola.
-(…)
-¡Vení, te digo. Dejate de dormir y mirá el lomo que tiene, Betún! Si hasta desde estas rejas de mierda se le vé el totó. ¡Mirale la boca! ¡Mamaaá…! Se nota a la legua que le gusta la pija.
¡Lo pienso y me vuelvo loco, Betún! No puedo dormir.
-(…)
-Vení…, dejá de hacerte el dormido. Mirá lo buena que está.
-(…)
-No te digo: ¡Dejá de dormir que te hacen cartera, papá! Decime que te parece: ¿está mejor o peor que la que vos te garchabas para que te devolviera los relojes?
-(…)
-¡Muucho mejor capáz, no te parece! ¡Mirala bien!
-(…)
-Me vuelvo looco.

Handré bajó la mirada al verla, como habitualmente hacía ante quien es blanco y le paga. Hace ya unos minutos que la había visto y prefirió hacerse el dormido. De todos modos, ella, de ninguna manera podía verlo a través de las rejas, ni miraría para allá.

-¡Naaaah…! No me digas que vos te garchabas a eesta. Me quiero mataar…
-(…)
-¡Mirá la cara que ponés, Betún! ¡Sos un hijo de puta!

-Es Andrea.

-No te digo. ¡Campeón mundial sos vos, Betún!
-(…)
-¡De ooro la debés tener! Al final es verdad lo que dicen de los negros. ¡Sacala ya que te la chupo sin preservativo! ¡De no creer! Me vuelvo looco.
-(…)
¡Te cogías a la mujer del comisario…!
-(…)
-Por eeso estás acá.

No pasaron más de 15 minutos de lo sucedido, cuando del hall central de la comisaría se presenta en el pasillo el cabo primero y grita: “Handré Etó Sissus: te podés ir”. –Dale, apurate chabón antes que se arrepientan estos canas de mierda. ¡Andá! Te llamo al teléfono que me dejaste. ¡Vos sos como yo: andás siempre con el celu prendido, por si las moscas, ¿no? Por si llama un cliente ó ¡cli-en-taaa! ¿No? Te llamo: así me seguís contando mientras nos tomamos una cervecita negra y nos fumamos un churro. ¡Suerte Betún!–
-¡Y mis cosas?- No preguntés negrito, ya te va a explicar el oficial que te tomó los datos. -¿Pero el tipo se fue, yo lo vi, no está más?- ¡Bueeno…! El que esté en su reemplazo entonces. Es lo mismo. ¡Caminá!

-Handré: ¿cómo estás?, ¿alguna queja?, ¿estás bien?, ¿te trataron bien?
-¿Usted quién es? ¿Y mis cosas?
-Tus cosas puede que no aparezcan. Mi nombre es Julián Aguirre y soy uno de los abogados de la ONG que te trajo a la Argentina. Vine lo más rápido que pude, ni bien me avisó Lourenco. El tema es así: acá hay que arreglar. La plata es muy difícil que la recuperemos y la mercadería menos que menos, aunque en estos casos nunca se sabe. Pero es difícil. Porque esta vez la orden vino de más arriba. En el peor de los casos, nos dan tu documentación y nos vamos calladitos. ¡Vos tranquilo! El trámite no debería demorar más de unos 10 o 12 minutos. Sentate y esperame acá por favor. Tomá este vaso de agua mientras tanto y comete estas galletitas.
-¿Y mi plata…?

-…Acá estaá tu plata…

-Acercándose despacio a su oído le dijo: ¿Parlez-vous francois?
-¡Andre…Andrea!
-¡…Handré!. Hablame en francés mejor para no levantar sospecha. Es todo lo que te conseguí: 500 dólares. ¿Tenías más…? El resto no sé. ¿Conment ca va?
 -Bien. Trés bien, contestó.
-Seguí, seguí hablándome en francés. No pares.
- Je m´ appelle Handré Etó Sissus…
-Pensé que nunca más te iba a ver.
-Yo también.
-Seguí, seguí hablándome en francés.
-… Je suis du Senegal… Je suis né á Dakkar…
- Me tengo que ir. No me puedo quedar más.
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-Au revoir.
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-¡Te extraaño! Cuando pueda nos vemos.
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“Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal. Diz pováo Senegal regiáo”
-¿Y Adriana?- Me lo preguntó como necesitándola. Era al mismo tiempo una mirada imperiosa y una apagada súplica cuando me lo dijo. Pensé entonces que la mejor manera de terminar la conversación era como la empecé: “Acá está tu plata”. Además ya eran muchos los que nos estaban mirando.

-¿Qué te decía esa mujer, Handré?
-Nada.
-Es la mujer del comisario, ¿sabés? ¿Por qué se pondría a hablar con vos?
-No sé. Se dio cuenta que era senegalés y quería practicar el francés supongo.
-Raro, ¿no?

-¿Qué te decía ese muchacho?
-Nada.
-Te dije mil veces que no quiero que hables con los detenidos, que cada vez que se te ocurre venir a buscarme al trabajo, armás algún lío y me alborotás la seccional.
-¡Ay… Fran…cosita, no te pongás así! Era senegalés el chico y me parecía una buena oportunidad para practicar mi francés.
-¡Para eso te pago la Alianza!

--¿Y mi plata…?
-¿Qué? Lo que te decía. No te explicó Lourenco. En este negocio como en todos, pero en éste más, a veces se gana y otras veces se pierde. Y esta vez nos tocó perder. Pero no tanto. Aunque no te parezca el arreglo fue bueno. Conseguimos que no te abrieran una causa y eso es vital para continuar tu estadía en la Argentina. Además te querían dejar algunos días adentro y darte un escarmiento parece por alguna cosa que hiciste. Y si estás manchado después es muy difícil conseguir tu radicación definitiva.
-(…)
-Y vos te querés quedar en el país, ¿no? Además, Lourenco, me pidió que te tramitara lo más rápido posible un registro de conducir. ¿Sabés manejar, no?
-Sí, se manejar. ¿Por qué?
-Buenísimo. Porque lo de la venta ambulante en tu caso lo vamos a parar por un tiempo. El comisario no te quiere ver por Once ni aledaños ni en figuritas. Te quiere bien lejos de acá. Lo apretaron al Tiburón y te tuvo que entregar. Eso pasó. Y no te apretaron a vos, porque nos movimos rápido, si no te comías unos cuantos días adentro y la ibas a pasar mal. Por eso no te tocaron. ¡Te salvo ser inmigrante del África!
La idea de Lourenco ahora es que hagas algo más legal. Parece ser que reflotó algunos contactos en Brasil, y piensa importar la gaseosa Guaraná. Pero la original. Porque dice que la que comercializa Antártica acá parece Amargo SerranoTerma. La están haciendo muy aguada o con poco gas y para él así no va a pegar en la Argentina.
Vas a andar en una camioneta de reparto, por eso lo del registro, y te vas a mover en principio por la zona de Ramos, Castelar, Parque Leloir. Zona oeste. La mayoría de las personas a las que le vas a tener que vender son mujeres adultas que están en la casa. Por ahora va a ser a particulares no a negocios. ¡Y con la facha que vos tenés te va a ir muy bien! ¡Vas a ver! Y a lo mejor, quién te dice, hasta podemos traer a tus hermanos y a tu vieja con este negocio.
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-Vamos que nos está esperando Lourenco en el Bar Imperio de Corrientes y Canning.
-¿Dónde voy a vivir?
-Lourenco te consiguió un lugar.

-Raro, ¿no? Este abogado que vino.
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-Vamos mi amor…, que a media cuadra tengo el auto.
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-Al final con estos negros tenés que andar con pie de plomo. No los podés tocar. Decí que ahora cuando gane Mauricio se van a meter en el culo este versito de los derechos humanos. Los detenés por vender mercadería en forma ilegal en la vía pública y te cae: migraciones, la embajada de su país, alguna asociación en defensa de no sé qué poronga y se los lleva. Y poco más que después tenés que pedirle disculpas.
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-Igual la idea era que saltara más su jefe y se lo llevara de la zona que otra cosa. Queríamos pegarle un buen susto. Si lo hubiéramos podido tener detenido unos días, se lo dejaba a Sánchez y no sabés como lo hacía bailar. “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal”, como dice esa canción brasilera que tanto te gustaba a vos.
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-¿Te acordás?
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-Me tienen podrido estos senegaleses vendiendo en el Once. Encima hasta parece que se hicieran los lindos. Con esas remeras y esos jeans ajustados y esos relojes de fantasía.
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-La gente y los comerciantes nos piden a gritos que los saquemos. Y cuando lo hacés haciendo cumplir la ley. ¡Zas! Te aparecen éstos bogas.
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-Yo te quiero mucho, Andreíta. Pero sabés que no me gusta que me vengas a buscar a la seccional y menos sin avisarme. Cada vez que venís me revolucionás la tropa y me armás un alboroto bárbaro. Encima con esas calzas que te ponés fucsia, se te marca todo el culo. ¡Tapate mi amor! Me hacés el favor.
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-Mejor te cubro yo con mi saco.
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-¡No te des vuelta que te están mirando todos.
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-¡Sabés como son de babosos los poli! Y los reclusos ni te digo.

De repente, en la mañana húmeda, pasó su brazo derecho por arriba de sus hombros. Aún podía escucharse la respiración de cuando recibió el llamado en su oficina de que un senegalés de unos 22 años estaba frecuentándola. Le soltó el pelo para que cayera como flecha, rubio y planchado por la espalda. El golpeteo de un cenicero en un espejo que no estaba bien sujetado a la pared, se oyó. En vez de bajarle más el saco, prefirió levantárselo, para que los canas babosos que estaban amontonados en la puerta de la comisaría la vieran mejor de atrás y se calentaran un poco. Con carpa milica comenzó a apretarle el cuello con la mano cada vez más fuerte. Claro qué, tal como se presentaban las cosas esa mañana, lo mejor era ir considerando la posibilidad de tomarlo en serio. “Me estás lastimando, Fran”, le dijo. Francisco le levantó el saco una vez más para que le vieran el culo mientras acercaba su boca a la oreja de Andrea, y su boca de ahogada ingresaba al auto apretándole el cuello con la cabeza baja para que se lo vieran de nuevo. -No quiero que hagas más esas cosas, Andreíta- “… Queé…”, casi ahogada lo dijo. -De presentarle morochos de Senegal a Adriana. A lo mejor vos no lo entendés, porque sos mujer y son otros los códigos. Estos son favores que nos hacemos entre los hombres. Más en la política. “Ah sí”, exclamó con más aire. -SI… Sabés que pasa. No quiero que piensen que Augusto es cornudo-.