viernes, 16 de octubre de 2015

Toda la voz de América en mi piel. La crónica: un género baldío para un cronista adjetivo, Pedro Lemebel. Anexo (o lo que las crónicas nos dejaron hacer) 15 arriesgos sobre la crónica: Sin cadáveres ni alambres que demarquen al género (o el agua barrosa del Mar de Ansenuza) 2da. La crónica es un freak


2da. La crónica es un freak.

La crónica es un fenómeno (freak), extraordinario, fabuloso y es absolutamente sonora. (Baigorria, 2010). (Todo es cierto). Crónica: término castellano de siete letras, como nirvana, de la cual Borges decía que le parecía imposible que una palabra tan sonora y tan enigmática como la crónica no incluyera algo precioso. Y Guerriero (2006), a su vez afirma, como ya dijimos, en coincidencia con Idez (2011): que nadie sabe bien qué es y que no es crónica. Pero qué lo que define al género cambie con el paso del tiempo y los distintos análisis de los diferentes autores no significa que nadie sepa qué es y qué no es crónica al momento en qué se la analiza y qué textos son considerados así y cuáles no. Y que sea preciosa y enigmática -para muchos de nosotros- tampoco la constituyen en género. Lo cierto es que sí, como afirma Juan Villoro, “la crónica no es otra cosa que un híbrido y una encrucijada entre dos economías: la ficción y el reportaje” (2005:12), en sus palabras “el ornitorrinco de la prosa”[1] (2005:14). Pero no solo entre estas dos economías, sino entre muchas otras (algunas tentativas, como ya vimos: autobiografía, cartas, cuadernos de notas, ensayos, testimonios, confesiones, memorias, etc). No siempre es escrita bajo presión y si fuera escrita de ese modo no la haría menos literatura.
Villoro, entonces, lo que hizo fue sintetizar poética (tal vez biológicamente, por lo de ornitorrinco)  “al cruce de registros que propone la crónica, en el que se intersectan registros informativos, narrativos, descriptivos y argumentativos con préstamos a los géneros noticioso, novelesco, poético y ensayístico” (2005:14).
A lo que Ariel Idez agrega al respecto: “se puede pensar a la crónica [también] en la dialéctica negativa benjaminiana entre información y narración” (2011:4), (o reportaje y ficción en Villoro), en la que la crónica recuperaría aquella: “forma similarmente artesanal de la comunicación que no se propone trasmitir, como lo haría la información [el “puro” asunto en sí, el parte, sino el aparte] en donde la huella del narrador queda adherida a la narración, como las del alfarero a la superficie de su vasija de barro” (Benjamín, 1999:119).
Porque  el valor de la crónica descansa (mayoritariamente) en su voluntad de escritura, en el estilo de su escritura. Porque su escritura no se apoya (exclusivamente) en el referente o en la anécdota como hace la información que suministra la noticia, ni debe ser (fehacientemente) verificada por alguien, ni debe reflejar alguna “realidad”. Si no que la crónica, en cambio, en tanto narración, sobrevive a todo, porque no se agota en el acontecimiento y la novedad como le pasa sí a la información que da la noticia, (ni espera por esto recompensa y mucho menos al instante), sino que se despliega en el tiempo y hasta mucho tiempo después (Benjamín, 1999), (“y después...” como dice la canción).
Por eso se puede pensar la crónica como un “retorno de lo reprimido” en la noticia convencional (Idez, 2011:5). La construcción de una mirada –el punto de vista en Caparrós (2007), como ya vimos: una mezcla en proporciones tornadizas de mirada y escritura, la temporalidad, el enfoque, la primera persona, el trabajo sobre el lenguaje –el estilo-, la narración –“la construcción del in situ” (a través de estrategias qué hacen creer lo que quieren hacer creer), que el autor (presenció /conozca) los argumentos que narra. Además como advierte Idez:

Como un tipo de discurso referencial que no se atiene a los criterios de noticiabilidad que priorizan la novedad, el acontecimiento y la actualidad, si no que habilita una lectura (una escritura) distinta de los mismos acontecimientos, que puede sostenerse en el tiempo más allá de la caducidad de esos hechos en tanto acontecimientos noticiosos (2011:5).

Por eso se puede pensar la crónica en tanto su valor literario, como un discurso verosímil que pretende dar cuenta de un referente “real”. Y si atendemos a la particular negociación que entabla la crónica entre las economías de la información y de la ficción –aunque falten otras- (y ya la encrucijada reportaje / ficción (Villoro), sufrió modificaciones y derivó a información / narración (Idez), y ahora volvió a cambiar a información / ficción (Idez), habrá que pensar, entonces, en un régimen específico de construcción de la verosimilitud de su discurso.

Para decirlo en otras palabras: ¿Por qué una crónica será leída como un texto que trata sobre acontecimientos reales tramados con recursos propios de la ficción sin que esos recursos se deslicen al referente y éste sea leído [luego] cómo ficcional? (Idez, 2011:5).

Y la respuesta está en el contrato de lectura (Idez, 2011). Porque es en el contrato de lectura como bien lo formula Eliseo Verón (1985): un nexo sostenido en el tiempo entre un soporte mediático (autor) y su receptor (lector), que ésta relación se articula en el plano de la enunciación, en las modalidades del decir del texto, que si bien como afirma Kristeva (1972) es sabido que “no es verdadero, sería el discurso que tenemos, (que al menos) se asemeja a lo real”.

Era como un Cristo

TOME, le extendí la cajetilla, pensando que yo conocía dónde iba a terminar la historia, lo imaginaba. Pero no entendía por qué me lo contaba a mí, y en un lugar tan solo, tan oscuro, y con ese nerviosismo que a ratos me tenía aterrado. Siga, le pedí.
Le decía que yo estaba acostado y él se sentó en la cama y se puso a hablar de varias cosas. De lo difícil que era la vocación. Pero había que confiar en el Señor. De las tentaciones que nos acechaban siempre. Pero debíamos ser fuertes. De los problemas de la carne, sobre todo a mi edad. Pero tenía que ser célibe y puro. Fuerza hijo, me dijo de pronto apretándome el pie. Fuerza y el espíritu en calma, me repetía mientras su mano subía por mi pierna. Yo estaba tieso, no podía decir nada. No tiene que contestarme, me decía, y su mano palmoteó mi rodilla. No diga nada, ni una sola palabra. Solamente tenga fe en su corazón. Y sentí que me tocaba los genitales. Yo cerré los ojos, Tranquilo, está bien así, tranquilo, tiene que cegarse a la tentación, me decía. Yo voy a ayudarlo de esta manera, porque usted es especial para mí. Igual como yo soy de especial para usted. Será un secreto entre los dos, murmuraba metiendo los dedos bajo las sábanas hasta tocarme el pene, y lo tomó con sus dos manos y lo puso en cruz: en su frente, en sus sienes y en su boca, ahí lo besó y empezó a mamarlo hasta que eyaculé.

                                     en “Háblame de amores” de Pedro Lemebel.
                         Ufff, ¿y usted no decía nada?, pregunté respirando hondo.
Él para mí era como un Cristo, entiéndame. Qué le iba a decir. Además, eran otros tiempos. Yo lo acompañaba a los campamentos, movilizábamos a la gente, hacíamos barricadas. Y él se arriesgaba a todo por nosotros, los jóvenes de izquierda,
los perseguidos. Como lo iba a denunciar […] ¿No le quedó resentimiento?
No, por nada, yo también lo pasaba bien. Lo sigo admirando y le tengo cariño. Y entiendo a las personas como él… y como usted. Sí, pero yo no soy cura, le contesté riendo. Claro que no, por eso me dio confianza. Me lo dijo de una manera extraña, mirándome entre seductor y criminal (2013:146-148).

Yo le puse esmoquin a la noche

AUN ASÍ, negó con rabia la pregunta sobre su homosexualidad que el periodista insistía en enrostrarle. Con esa cara, con esa nariz operada como cola de ganso, y con esa vocecita y gestos de señora pirula, la pregunta estaba de más. Aunque apareciera con su bella esposa, una ex alumna con quien se había emparejado en los tristes años de anciana soledad. En la entrevista se notaba en ella un amor sublimado por la gran admiración al maestro. Tanto amor, que incluso le permitía al coreógrafo tener la calavera de su madre. Fetiche necrófilo que el abismante Edipo de Paco había rescatado del cementerio para que lo acompañara frente a su cama en el sueño final.
Casi en su último, una tibia tarde agosto, entrando apurado en la gran casona de Radio Tierra, me crucé con Paco en uno de los pasillos y le pregunté: ¿Aún te gustan los milicos, niña? Él se descolocó un momento, y con un alivio estilo de gran duquesa me contestó mirándome hacia abajo: Esas son cosas del ayer, no hay para que revolver las aguas.

                                     en Serenata cafiola de Pedro Lemebel
           (2008:97-98).




[1] Ornitorrinco: es el único mamífero que pone huevos en lugar de crías vivas, es venenoso: los machos tienen un espolón en las patas posteriores que libera un veneno capaz de producir un dolor intenso a los humanos, con hocico en forma de pico de pato, cola de castor y patas de nutria. Cuando los naturalistas europeos se lo encontraron por primera vez creyeron que se trataba de una falsificación. Sus características únicas lo convierten en importante sujeto de estudio en el campo de la biología evolutiva. Hasta principios del siglo XX se lo cazaba por su piel, pero actualmente está protegido en todo su hábitat de distribución. A pesar que es una especie vulnerable a los efectos de la contaminación, no se considera que se encuentre bajo amenaza inmediata. -Sus características con la de la crónica se parecen-.

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